
El impacto de los trastornos mentales en la población joven aumentó de manera sostenida en las últimas décadas. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), “en todo el mundo, uno de cada siete jóvenes de entre 10 y 19 años padece algún tipo de trastorno mental, lo que representa el 15% de la carga mundial de morbimortalidad para este grupo etario”.
La atención sobre este tema no solo responde a estadísticas alarmantes, como el hecho de que el suicidio representa la tercera causa de muerte en personas de entre 15 y 29 años, tal como divulgó la OMS. También tiene en cuenta la urgencia por visibilizar una problemática que afecta a millones de adolescentes, y que suele recibir una respuesta tardía debido al estigma social y la falta de acceso a servicios de salud adecuados.
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Esta preocupación se instala en el centro de la agenda internacional cada 10 de octubre, cuando el Día Mundial de la Salud Mental convoca a gobiernos, profesionales y comunidades a reflexionar y actuar en torno al bienestar psicosocial.
Primeros años de la adolescencia: una etapa decisiva para la salud mental

De acuerdo con la Organización Panamericana de la Salud (OPS), la mitad de todas las enfermedades de salud mental comienzan a los 14 años. Entre las afecciones más frecuentes se encuentran la depresión, la ansiedad y los trastornos del comportamiento, que figuran como causas principales de discapacidad y exclusión social durante la adolescencia.
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Según la OMS, “el suicidio es la tercera causa de defunción en las personas de 15 a 29 años“. Dicho riesgo se agrava cuando los adolescentes no reciben la atención necesaria, ya que, según enfatiza la organización, “cuando un trastorno de salud mental de un adolescente no se trata, sus consecuencias se extienden a la edad adulta, perjudican la salud física y mental de la persona y limitan sus posibilidades de llevar una vida plena en el futuro”.
Las entidades internacionales coinciden en que el entorno juega un papel determinante: la violencia, el acoso, la discriminación y la pobreza potencian la vulnerabilidad de este grupo. La OPS indica que “cuanto mayor sea el número de factores de riesgo a los que se enfrentan niños, niñas y adolescentes, más profundo es el impacto potencial en su salud mental”.
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Además, aquellas personas jóvenes que atraviesan contextos de discriminación o estigmatización muestran mayor riesgo de ser excluidas socialmente y de carecer del apoyo sanitario al que tienen derecho.

Existe la urgencia de promover políticas basadas en derechos humanos y ampliar los servicios de salud mental en la comunidad, a la vez que se integran estos recursos en el sistema de atención primaria y en las escuelas.
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Los desafíos de la salud mental adolescente en la era digital
El uso de redes sociales, considerado intensivo cuando es superior a tres o cuatro horas diarias, se asocia a un aumento de síntomas depresivos, ansiedad y baja autoestima en adolescentes, según advierten profesionales de la Universidad Hospital Italiano. Esta exposición frecuente genera comparación constante, búsqueda de validación externa y una percepción distorsionada a partir de modelos digitales idealizados.
Damián Supply, psicólogo y coordinador del área de Prevención y promoción de salud en niñez y adolescencia del Hospital Italiano, resalta: “El desarrollo de la autoestima, la personalidad y la iniciación en diferentes experiencias mediadas por estos modelos digitales ligados al consumo, a las modas y las tendencias pone a los y las adolescentes en una posición de especial vulnerabilidad”. El experto señala que la brecha entre la búsqueda personal y los “ideales digitales” potencia malestar y frustración.
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La hiperconectividad favorece la aparición del FOMO (miedo a quedarse afuera), que según Gisela Rotblat, secretaria académica y docente de la Especialización en Psiquiatría Infanto-Juvenil, actúa como amplificador de estrés y ansiedad. Este fenómeno puede alterar el rendimiento académico y la funcionalidad diaria, además de afectar el sueño y el estado de ánimo.

Los especialistas subrayan el papel de las familias y la comunidad educativa para promover una “educación digital” que fomente la autorregulación y la alfabetización tecnológica. Recomiendan limitar el uso de pantallas a hasta 3 horas por día, fortalecer la autoestima de los jóvenes y acompañar desde etapas tempranas con hábitos saludables y actividades presenciales, para reducir los riesgos y potenciar el bienestar emocional adolescente.
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Derrotar el estigma: la importancia de consultar sin vergüenza
El temor a la estigmatización y al rechazo conforma una de las principales barreras para la consulta temprana. La OMS destaca que “la estigmatización afecta a la predisposición de los adolescentes a buscar ayuda” y sostiene que los jóvenes con trastornos mentales son especialmente vulnerables a la exclusión y la discriminación.
Pese a la magnitud del problema, una parte reducida de quienes presentan problemas de salud mental accede a la atención necesaria, lo cual es todavía más agudo entre adolescentes.
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La falta de información y la percepción errónea de que los problemas de salud mental son muestras de debilidad o motivos de vergüenza retrasan el pedido de ayuda. La OPS remarca que “la infancia y la adolescencia son períodos críticos para el desarrollo del cerebro y la salud mental”.
Prevención y desafíos futuros

El desarrollo de la salud mental comienza en las primeras etapas de la vida y debe entenderse como un proceso integral. Tanto la OPS como la OMS proponen políticas que incluyan el fortalecimiento de las capacidades para regular las emociones, la reducción de comportamientos de riesgo y el desarrollo de la resiliencia frente a la adversidad.
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Las campañas de promoción psicosocial en escuelas, la capacitación de docentes y la sensibilización en entornos de la comunidad forman parte de las estrategias recomendadas. El avance también depende de la capacitación de los trabajadores de la salud para garantizar la detección temprana y el abordaje efectivo de los trastornos mentales más prevalentes.
“La calidad del entorno en el que crecen los niños, niñas y adolescentes juega un papel clave en su salud mental, bienestar y desarrollo”, sintetizan desde la OPS. Es por eso que la promoción de entornos protectores y libres de violencia constituye un eje central que puede modificar la trayectoria de vida de millones de personas jóvenes.
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