
El cuerpo “pide” comida varias veces al día, pero ¿siempre realmente tiene hambre? En momentos de estrés, cansancio o ansiedad, muchas personas comen sin preguntarse si hay una necesidad fisiológica real detrás.
Distinguir entre el hambre que surge de una necesidad biológica y el impulso de comer para calmar emociones puede ser clave para construir una relación más saludable con los alimentos.
PUBLICIDAD
Qué diferencia al hambre real del emocional

“El hambre real responde a necesidades fisiológicas. Por ejemplo, cierto tiempo después de haber comido, los niveles de glucosa en sangre descienden y se activan señales en el organismo, mediadas por hormonas, que despiertan la necesidad de comer”, explicó a Infobae la médica pediatra especialista en Nutrición y vicepresidente de la Sociedad Argentina de Nutrición (SAN) y docente de actualización en obesidad infantil Irina Kovalskys (MN 80.503).
Sin embargo, no todas las veces que una persona come lo hace por esa razón. “Ante determinadas condiciones emocionales (como la tristeza) o del entorno (aburrimiento, soledad, entre otras), el impulso de buscar comida puede no estar relacionado con una necesidad fisiológica real”, precisó la especialista. Esta necesidad aparece incluso en estados de saciedad, poco después de haber comido.
PUBLICIDAD
Según Kovalskys, en situaciones de ansiedad o malestar emocional, “es el cerebro —donde residen receptores y circuitos asociados al placer— quien busca en la comida un recurso para calmar sensaciones de malestar emocional”.
Desde otra perspectiva complementaria, la licenciada en Nutrición especialista en trastornos alimentarios y magister en psicoinmunoneuroendocrinología Agustina Murcho (M.N 7888) señaló: “Desde la infancia, aprendemos a asociar la comida con premios, con frases como ‘si te portás bien, te doy un dulce’, con consuelo (‘vení, comé algo y se te pasa’) o con momentos de celebración. Estos aprendizajes quedan grabados en nuestra memoria emocional y pueden activarse, incluso sin darnos cuenta, cada vez que atravesamos una emoción intensa”.
PUBLICIDAD
Seis señales que indican que no se trata de hambre real

Murcho enumeró seis señales que pueden ayudar a reconocer cuándo el acto de comer está guiado por factores emocionales y no por una necesidad biológica:
- Comer sin hambre real: “La persona ya no siente apetito, pero sigue comiendo. Tal vez algo en ella necesita calmarse, aunque claramente no es el estómago. Puede ser ansiedad, angustia o incluso una sensación de vacío”.
- Buscar alivio emocional en la comida: “Este patrón suele aparecer cuando se ‘baja la guardia’: al volver del trabajo, durante el fin de semana, o cuando se está solo o sola y se busca una forma de relajarse. La comida se convierte en una válvula de escape”.
- Comer sin identificar la emoción: “A veces la emoción no se reconoce con claridad. Puede ser aburrimiento, enojo, frustración, o una mezcla de todo. En lugar de conectar con lo que sentimos, lo tapamos con comida”.
- Sentirse peor después de comer: “La comida no resolvió el problema original, y además dejó una sensación de culpa, bronca o frustración”.
- Necesidad de algo específico: “Muchas personas aprendieron que algo dulce, salado o crocante podía traer consuelo, y ese aprendizaje se activa en momentos de estrés”.
- Imposibilidad de detenerse: “Cuando la comida se convierte en un recurso emocional, no importa cuánto razonamiento se aplique: no se trata de fuerza de voluntad, sino de una dinámica emocional más profunda que necesita ser atendida con compasión y acompañamiento”.
Qué herramientas existen para detectar estos patrones

Según Kovalskys, la detección temprana de estos impulsos debe combinarse con educación nutricional desde la infancia. “Algunos niños nacen con una capacidad innata para autorregular sus necesidades de alimentos, energía y nutrientes, de un modo que podríamos considerar altamente biológico”, señaló. Pero otros tienen más dificultad para reconocer la saciedad o detener la ingesta cuando ya no tienen hambre.
PUBLICIDAD
Entre las estrategias que pueden ayudar a desarrollar una relación más saludable con la comida, Kovalskys mencionó: “respetar los espacios entre comidas, no forzar a terminar el plato, evitar usar alimentos como consuelo ante el llanto o la frustración, no permitir comer frente a pantallas o en el dormitorio, y ofrecer alimentos nutritivos para calmar el hambre”.
Murcho sumó otro nivel de análisis: “Vivimos en una cultura donde la comida está siempre al alcance, y donde se promueve comer por impulso, por ansiedad o por evasión. Publicidades, redes sociales, el ritmo laboral e incluso las reuniones sociales, muchas veces nos invitan a comer sin registro. Recuperar el contacto con nuestras señales internas —como el hambre y la saciedad— implica también cuestionar esos estímulos externos y reconectar con el cuerpo desde otro lugar”.
PUBLICIDAD

Además, Kovalskys recomendó prácticas complementarias para reconectar con el cuerpo: “Existen múltiples técnicas que invitan a la sedación natural y la conexión con la propia fisiología y cuyos mecanismos de acción ya están científicamente evidenciados, como el mindfulness, el yoga o la meditación”. No obstante, aclaró que “son colaboradores de la intervención nutricional y no reemplazan el adecuado psicodiagnóstico o la psicoterapia cuando es necesaria”.
Murcho, por su parte, sugirió repensar el acto de autocuidado: “Cuando el cuerpo pide ‘algo rico’, tal vez en realidad esté pidiendo descanso, ternura, contacto, distracción o simplemente un momento para uno mismo. Explorar otras formas de autocuidado —como caminar, respirar profundo, escribir lo que se siente o pedir contención— puede ayudar a responder a las emociones sin recurrir automáticamente a la comida”.
PUBLICIDAD
Qué son los fenotipos alimentarios y cómo ayudan a entender el comportamiento

Una herramienta que permite detectar patrones repetidos de alimentación emocional es la Escala de Fenotipos de Comportamiento Alimentario (EFCA), validada, entre otros expertos, por la médica especialista en Nutrición, directora del Centro Dra Katz y de la diplomatura de Obesidad en Universidad Favaloro y miembro de la Comisión Directiva de la SAN, Mónica Katz (MN 60164).
Consultada por este medio, la especialista explicó que “la EFCA identifica cinco estilos de alimentación que tienden a interferir con la autorregulación calórica”. Y enumeró:
PUBLICIDAD
- Emocional/picoteador: uso de la comida como respuesta ante emociones negativas o refrigerios frecuentes fuera de las comidas principales.
- Hedónico: ingesta estimulada por señales visuales, olfativas o por pensamientos placenteros.
- Compulsivo: consumo rápido y excesivo en lapsos breves.
- Hiperfágico: consumo de porciones excesivas o múltiples en una misma comida.
- Desorganizado: saltear comidas o pasar largos períodos sin comer.

“La subescala de hambre emocional permite saber si está alta o baja en estos parámetros, y lo informa rápida y claramente”, agregó Katz, quien destacó que esta herramienta “se está usando en países de habla hispana, en España, en Brasil, en Perú, en Ecuador; lo están usando muchísimo”.
El estudio, realizado en 300 personas adultas en Argentina, mostró alta fiabilidad y destacó la correlación positiva entre los puntajes obtenidos y el índice de masa corporal (IMC). Según los autores, esta herramienta puede ser útil como guía diagnóstica y para orientar estrategias terapéuticas personalizadas: “La evaluación periódica del fenotipo de la conducta alimentaria mediante la EFCA podría permitir orientar las estrategias terapéuticas hacia el rasgo conductual predominante que suele funcionar como barrera para la autorregulación de la ingesta calórica”.
PUBLICIDAD
Por qué detectar el hambre emocional puede ser clave para prevenir trastornos

Los tratamientos tradicionales contra la obesidad suelen centrarse en la prescripción de dietas específicas, sin considerar las particularidades conductuales de cada persona. “Una gran parte de los enfoques de tratamiento ignoran la capacidad particular del individuo para autorregular la ingesta calórica”, subrayó el estudio del que Katz fue parte.
Este punto puede ser determinante en el éxito o fracaso de una intervención. Detectar el perfil dominante —emocional, hedónico, compulsivo, entre otros— permite ajustar el tratamiento a la necesidad real de cada persona, tanto en lo nutricional como en lo psicológico.
“Si una persona se siente identificada con estas señales, es fundamental que busque acompañamiento profesional”, aconsejó Murcho, para quien “un enfoque integral, que incluya tanto el trabajo con una nutricionista como con un profesional de la salud mental, puede ayudar a entender el vínculo con la comida, reconocer las necesidades reales y encontrar herramientas para gestionarlas de forma más saludable”.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
Hantavirus en el crucero: expertos cuestionan los protocolos preventivos y evalúan el riesgo de transmisión
La situación obligó a implementar cuarentenas diferenciadas en distintos países y a revisar los procedimientos existentes. Científicos analizaron la respuesta internacional coordinada por la OMS. Las definiciones de dos especialistas a Infobae
Cuentos de terror, monstruos y juegos: el rol clave del miedo recreativo en el desarrollo infantil
Experimentar temor en un entorno controlado permite fortalecer la capacidad de afrontamiento y transformar la angustia en juego

Qué exámenes médicos de rutina en mayores piden evitar los expertos por ser más riesgosos que beneficiosos
Instituciones académicas y guías estadounidenses actualizan recomendaciones y advierten que pruebas y tratamientos rutinarios, como la colonoscopia en mayores de 75 años, pueden ser innecesarios o incluso perjudiciales para la salud

Salud cerebral: el “gimnasio mental” que funciona sin importar los años que tengas
Una investigación analizó durante años los hábitos de adultos mayores y encontró un patrón común asociado con un mejor rendimiento cognitivo en edades avanzadas

Comer fuera está relacionado con el riesgo de obesidad en todo el mundo
Healthday Spanish



