
Desde el psicoanálisis, entendemos que la identidad se construye a través de la mirada del Otro. Un niño ya posee una identidad antes de nacer. Su familia ha imaginarizado su apariencia, sus gestos, hasta su forma de ser, por la manera en que patea dentro de la panza, o los antojos de su mamá, y hasta se le asigna un nombre que será también parte de su filiación a esa familia y no a otra. El cachorro humano llega al mundo identificado por el Otro: “Este sos vos”.
Es imposible imaginar la formación de la subjetividad sin el encuentro con los demás, ya que estas significaciones forjan humanidad. En la etapa en la que el niño comienza a construir su identidad, el “Otro” se manifiesta en sus padres o cuidadores primarios, quienes lo introducen en el lenguaje, por ende, en el mundo. La madre es quien interpreta sus llantos o gestos mediante el lenguaje, es quien le da un sentido a sus necesidades: “Tenés frío“, ”Tenés hambre”, anticipando y moldeando la manera en que el bebé comprenderá sus propias sensaciones y emociones.
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A medida que crece, su entorno se expande y otros referentes—como hermanos, parientes, amigos, maestros e incluso figuras sociales más amplias—se integran en el proceso de constitución del yo. Cada interacción con estos Otros aporta matices distintos en la construcción de la subjetividad.

El desarrollo del psiquismo no se define únicamente a partir de las expectativas y fantasías familiares, sino también por la impronta que cada niño va forjando en la intersección entre lo innato y lo adquirido, y por la diversidad de miradas y juicios que recibe desde un entorno social más amplio. Este cúmulo de influencias le permite integrar diversas voces en lo que podríamos llamar su discurso interno.
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Pero, ¿qué sucede cuando esa mirada fundacional, desde muy pequeños, se multiplica en miles, en millones, en un enjambre anónimo que observa, opina y juzga desde una pantalla?
Habrán visto a los bebés comiendo absortos frente a las pantallas, narcolepsiados por la música vibrante, la prisa y los constantes movimientos, sin saborear, ni mirar aquello que se les arroja en la boca cual buche, sin sentir cuando se sacía el hambre, lo que está ocasionando, por otro lado, problemas alimentarios desde la más temprana infancia.
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Del mismo modo, a medida que crecen, la influencia de las redes sociales sigue siendo magnética. La necesidad de pertenecer, de estar presentes, de publicar la foto perfecta, de salir a pasear o de elegir cierta vestimenta para destacar en Instagram o en los challenges de Tik Tok, ilustra cómo este magnetismo se impone en sus vidas.

Las infancias de hoy crecen expuestas a una mirada masiva y permanente. Antes de hablar, muchos ya tienen un registro digital con ecografías, fotos, videos y comentarios publicados por sus padres, su identidad digital, imborrable, que los acompañará el resto de su vida.
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Se llama Sharenting y a pesar de que los expertos hemos señalado sus consecuencias hasta el agotamiento, sigue ocurriendo, en el que se ha dado en llamar la era del espectáculo. Quizá es mucho pedir o es demasiado tarde para seguir insistiendo, cuando la crianza en línea es parte de nuestra cotidianeidad.
Luego, en la adolescencia, cuando la construcción del yo requiere de nuevos apoyos y la validación, además de pasar por la mirada familiar y escolar, se traslada a un público incierto, anónimo que premia y castiga en tiempo real, la cuestión puede complicarse. La tiranía del like o las View tiene a la infancia y adolescencia en jaque permanente.
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Un niño que crece bajo la exigencia de una madre perfeccionista o de un padre insatisfecho desarrolla una hipervigilancia constante: teme decepcionar, busca aprobación, vive en alerta. ¿No es acaso esta la misma lógica que rige el mundo digital? ¿No son las redes sociales una gran figura parental que observa, evalúa y sanciona y pocas veces gratifica?

Los niños y adolescentes que hoy habitan este ecosistema digital están expuestos a una exigencia impersonal pero feroz. Publican sus vidas en busca de aprobación y se exponen a la crítica despiadada de los “haters”, que hacen las veces de una especie de superyó, quizá más cruento: el que señala, humilla y castiga, pero de manera permanente.
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En este escenario, el amor por uno mismo puede tambalearse y la identidad vacilar sobre un terreno inestable, donde la mirada del Otro puede dar sentido o destruir con la misma velocidad con la que se desliza un dedo sobre una pantalla, porque en el mundo digital no existen los procesos, todo es líquido e inmediato.
La salud mental infanto-juvenil está en juego cuando los niños y niñas crecen sometidos a la lógica de la interpelación y la mirada “aesthetic” constante.
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No hay espacio para el error, para lo que se considera “no bello”, diferente, para la intimidad, para el silencio. Cada gesto se expone, se mide, se califica a través de los corazones de las redes, que no laten al ritmo del amor, sino todo lo contrario.

Estudios recientes han señalado que los niños y adolescentes que pasan más de tres horas al día en las redes sociales enfrentan el doble de riesgo de sufrir problemas de salud mental, incluidos síntomas de depresión y ansiedad. Además, se ha observado que el uso excesivo de las redes puede desplazar otras actividades importantes, como reunirse de forma presencial con amigos, hacer deportes, visitar familiares, o dormir lo suficiente, lo que también afecta su bienestar.
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La infancia debería ser un espacio de exploración y juego, así como la adolescencia, un deambular por fuera de la mirada familiar, donde equivocarse y aprender formen parte natural del crecimiento, sin la presión de alcanzar una perfección inalcanzable, a través de poses infatuadas.
Creo que las familias debemos animarnos a limitar el uso de las pantallas y a eliminarlas en la primera infancia, para liberarnos de ese vacío atrapante, rescatarnos y rescatar a nuestros niños y niñas de la influencia del gran Otro digital, cuya hegemonía se mantiene porque, de manera alienante, hemos aceptado sus dictámenes como si estuviésemos influenciados por el síndrome de Estocolmo.
* Sonia Almada: es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy y La niña del campanario.
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