
La violencia sexual infantil no es un crimen aislado, es una pandemia oculta que atraviesa fronteras, discursos y generaciones. Los pederastas son criminales con método que se disfrazan detrás de discursos y prácticas que banalizan la violencia contra la infancia.
En Argentina, casos recientes como el de Eugenia Bosco y un desfile en Lincoln nos recuerdan que esta lucha está lejos de terminar.
En las últimas semanas se conocieron nuevos testimonios de violencia sexual padecida durante la infancia y/o adolescencia, como el de la atleta argentina Eugenia Bosco, que se suma a lo que vivieron figuras como Simone Biles y Johanna Maranhão en el ámbito deportivo. Este es un sector que, hace pocos años, comenzó a alzar su voz, denunciando el abuso sistemático amparado por el silencio cómplice de instituciones y comunidades.
Mientras tanto, en Lincoln, provincia de Buenos Aires, se llevó adelante un desfile donde una de las carrozas exhibía inscripciones como: “Aguanten las menores”, “Si hay pelito, no hay delito” o “Dos besitos porque tres se me para”.

Esta última frase alude a una canción popular que, sacada de contexto, refuerza discursos peligrosos. El Carnaval de Lincoln, una tradición anual, se vió empañado por este automóvil pintado de verde, cargado de mensajes de apología de la pedofilia y la cultura de la violación.
Estas expresiones no son inocuas; legitiman, naturalizan y fomentan prácticas que perpetúan la violencia sexual. Reflejan una estructura social que no solo tolera la violencia sexual, sino que también la reproduce mediante el humor y la naturalización de estas conductas.
Los testimonios recientes también refuerzan la magnitud del problema. Caroline Darian, hija de Gisèle y Dominique Pelicot, declaró durante un juicio público que dejó una frase inolvidable: “Que la vergüenza cambie de bando”. Gisèle fue violada por 72 hombres durante una década, mientras su esposo grababa y almacenaba las agresiones en una carpeta titulada “Abusos”. Caroline y su nuera testificaron contra él, denunciando también sospechas de haber sido víctimas.
Caroline Darian (es un seudónimo) hija de un agresor sexual condenado, está convencida que su padre la violó, así lo dice en la entrevista que le brindó al diario El País y en su libro “Y dejé de llamarte papá“, que se publicó en 2022.

En Argentina, Virginia Starico relató el abuso sufrido por parte de su padre. Cuando lo denunció ante su familia, no solo fue ignorada, sino también despreciada e insultada. Este rechazo la llevó a abandonar su hogar a los 17 años. Su historia es un ejemplo del silencio impuesto por quienes eligen proteger al agresor en lugar de a la víctima.
Estos casos no solo revelan la gravedad del problema, sino también la naturalización de estas prácticas en la sociedad. Ciertos discursos políticos también contribuyen a reforzar conceptos peligrosos y falsos. Según el Programa “Víctimas contra las Violencias”, el 89% de los abusos sexuales infantiles son cometidos por varones heterosexuales en entornos familiares tradicionales. Es decir, los agresores son los tíos, padres, abuelos, vecinos, etc.
Este dato evidencia que los verdaderos problemas están en el seno de estructuras de poder y jerarquías tradicionales que muchas veces funcionan como redes de encubrimiento, incluyendo instituciones religiosas donde el celibato obligatorio, que también ha facilitado abusos. Y sobre este tema el silencio sigue siendo ensordecedor.

En este sentido, el Papa Francisco ha tomado medidas contundentes como el cierre del Sodalicio en Perú, una organización religiosa profundamente cuestionada por encubrimientos y casos de abuso y maltrato contra los niños.
La violencia sexual infantil a menudo se oculta tras un muro de silencio. Como describió Eugenia Bosco, el silencio que guardó durante años era “ruidoso”, un mecanismo para sobrevivir al trauma. Este fenómeno es común: muchas víctimas recuerdan los eventos de manera fragmentada y solo logran procesarlos cuando encuentran un espacio seguro. Eugenia, por ejemplo, desbloqueó memorias reprimidas al ver el documental “Atleta A”, cinco años después de comenzar terapia.
El caso de Pepe Godoy, abusado por su entrenador de fútbol entre los 8 y los 11 años, también ilustra cómo el estigma impide hablar. Godoy permaneció en silencio durante 36 años. Cuando finalmente lo denunció, el tiempo había jugado en su contra: el caso ya había prescrito. Esto demuestra cómo las estructuras legales muchas veces perpetúan el dolor de las víctimas.
El lenguaje también es un arma. Expresiones como “es solo un chiste” trivializan y desresponsabilizan a los agresores, posicionándolos como supuestos “inocentes malinterpretados”. Esta complicidad discursiva refuerza estereotipos que perpetúan la violencia.

No debemos ser ingenuos: la violencia sexual infantil también es un negocio multimillonario que involucra a redes de poder. Reconocer esta realidad no desestima otras dimensiones del problema, sino que enfatiza la necesidad de combatirlo desde todos los ámbitos.
La prevención de la violencia sexual infantil requiere estrategias integrales: educación, protocolos, apoyo terapéutico y legislación. La Educación Sexual Integral (ESI), tan cuestionada en los últimos tiempos, es una herramienta clave para combatir este flagelo. La canción “Hay secretos”, de Canticuénticos, que volvió al contenido escolar tras el clamor popular, ha ayudado a cientos de niños y niñas a reconocer y verbalizar situaciones de abuso.
Hablar de violencia sexual infantil, con datos e información fidedigna, no es solo denunciar: es un acto de reparación emocional.

Dar sentido al dolor, transformar el silencio en palabras y encontrar apoyo en una comunidad son pasos esenciales para que las víctimas puedan sanar y reconstruir sus vidas. ¿Cómo podría un sobreviviente sentirse seguro de develar su dolor si se lo reniega, no se lo escucha o se lo trivializa?
Como dijo Eugenia Bosco: “Hablar libera”. La tarea es colectiva y urgente: proteger a las infancias, desmontar discursos que naturalizan el abuso y desinforman y construir un futuro más seguro para todos.
* Sonia Almada: es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy y La niña del campanario.
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