
Actividades como caminar o nadar no solo favorecen la salud física, también generan cambios neurofisiológicos en el cerebro que benefician las funciones cognitivas clave para el desarrollo del lenguaje en los niños.
“El ejercicio físico tiene un impacto neurofisiológico directo, ya que promueve el flujo sanguíneo cerebral y la formación de sinapsis, lo que favorece el aprendizaje y las funciones cognitivas”, explicó Llorenç Andreu, catedrático de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) e investigador del eHealth Center en un artículo de la universidad.
Gracias a esos efectos también podría ayudar en los casos de Trastorno del Desarrollo del Lenguaje (TDL), una condición que afecta al 7 por ciento de los niños.
“El TDL se manifiesta tanto con dificultades para entender y para hablar, como solamente para hablar”, explicó en una nota reciente, en Infobae la doctora Verónica Maggio, directora de la Diplomatura en Trastornos del Lenguaje Infantil de la Facultad de Ciencias Biomédicas de la Universidad Austral, quien agregó que cada vez se reciben más consultas por dificultades en la comunicación y en un aula de 30 chicos, entre 2 y 3 presentan este trastorno.

“En cuanto a su origen, es un trastorno de base neurobiológica que puede ser heredado o que también se presente aunque no haya nadie en la familia que lo tenga. No poder hablar o entender repercute en muchos otros aspectos de la vida diaria, como la socialización, la conducta, la inteligencia y el aprendizaje”, señaló la experta y destacó que la principal recomendación es "consultar a tiempo y, una vez diagnosticado el trastorno, tener continuidad con las terapias".
Los beneficios del ejercicio físico
Además de la estimulación fundamental del habla, el ejercicio físico puede contribuir al desarrollo de las habilidades lingüísticas y cognitivas.
Un estudio de metaanálisis de la Universidad de Kentucky encontró que las intervenciones de ejercicio aeróbico llevan a mejoras significativas en el rendimiento académico en niños en edad escolar; por ejemplo, en el promedio de las calificaciones y en el rendimiento en matemáticas, lectura, ciencias e inglés.
Según la Asociación Americana de Pediatría, las actividades aeróbicas son aquellas que aumentan el ritmo cardíaco y hacen que la respiración sea un poco más difícil. Algunos ejemplos de actividades aeróbicas son: caminar, trotar o correr, andar en bicicleta, nadar, remar y patinar.

Según Andreu, “la actividad aeróbica tiene un impacto directo en el cerebro, puesto que fomenta el desarrollo de conexiones neuronales nuevas y mejora la plasticidad cerebral”. “Estas actividades están asociadas con mejoras en la atención, la resolución de problemas y la función ejecutiva”, señaló el experto.
Otro estudio de la Universidad de Delaware halló que nadar mejoró la capacidad de los niños para aprender palabras.
Sin embargo, no todos los tipos de actividad física conducen a este aumento del rendimiento, “ya que solo el ejercicio aeróbico (pero no el anaeróbico) mejoró la capacidad de los niños para adquirir nuevas relaciones palabra-objeto”, dijeron los investigadores.

Ejemplos de los ejercicios anaeróbicos son los que se hacen en las máquinas de gimnasio y los de levantamiento del peso corporal.
Según expresó Llorenç Andreu en la UOC, estos beneficios están respaldados por mecanismos como un mayor flujo sanguíneo cerebral, que favorece la liberación de neurotransmisores esenciales; la formación de conexiones neuronales y neuronas nuevas, y cambios en la estructura del sistema nervioso central, que refuerzan la capacidad del cerebro para adquirir nuevas habilidades lingüísticas. Incluso las sesiones de actividad física breves tienen efectos inmediatos en el aprendizaje y aumentan la retención de palabras.
“Los estudios no indican una pauta terapéutica específica para la actividad física”, señaló Andreu, “pero hacer ejercicio aeróbico moderado entre tres y cinco días a la semana sería muy adecuado”, concluyó el experto de a UOC.
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