
Una nueva investigación a cargo de un equipo del Centro de Prevención de la Obesidad de la Fundación New Balance del Boston Children’s Hospital publicada en The American Journal of Clinical Nutrition sostuvo que las causas fundamentales de la epidemia de obesidad están más relacionadas con lo que comemos que con la cantidad que comemos.
Las estadísticas de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) muestran que la obesidad afecta a más del 40% de los adultos estadounidenses, lo que los coloca en mayor riesgo de enfermedad cardíaca, accidente cerebrovascular, diabetes tipo 2 y ciertos tipos de cáncer. Las pautas dietéticas para sugiere la Organización Mundial de la Salud (OMS) indican que además que la pérdida de peso se “requiere que los adultos reduzcan la cantidad de calorías que obtienen de los alimentos y bebidas y aumenten la cantidad gastada a través de la actividad física”.
Este enfoque para el control del peso se basa en el modelo centenario de equilibrio energético que establece que el aumento de peso se debe al consumo de más energía de la que gastamos. En el mundo actual, rodeado de alimentos procesados baratos, muy apetitosos y comercializados, es fácil que las personas consuman más calorías de las que necesitan, un desequilibrio que se ve agravado por los estilos de vida sedentarios actuales. Con este pensamiento, comer en exceso, junto con una actividad física insuficiente, está impulsando la epidemia de obesidad. Por otro lado, a pesar de décadas de mensajes de salud pública que exhortan a las personas a comer menos y hacer más ejercicio, las tasas de obesidad y enfermedades relacionadas con la obesidad han aumentado constantemente.
Los autores de “El modelo carbohidrato-insulina: una perspectiva fisiológica sobre la pandemia de obesidad”, señalan fallas fundamentales en el modelo de balance energético, argumentando que un modelo alternativo, explica mejor la obesidad y el aumento de peso. Además, el modelo carbohidrato-insulina señala el camino hacia estrategias de control de peso más efectivas y duraderas.

Según el autor principal, David Ludwig, endocrinólogo del Boston Children’s Hospital y profesor de la Escuela de Medicina de Harvard, el modelo de balance energético no ayuda a comprender las causas biológicas del aumento de peso: “Durante un período de crecimiento acelerado, por ejemplo, los adolescentes pueden aumentar la ingesta de alimentos en 1.000 calorías al día. Pero, ¿comer en exceso causa el estirón o el estirón hace que el adolescente tenga hambre y coma en exceso?”, se pregunta.
En contraste con el modelo de balance energético, el de carbohidratos-insulina hace una afirmación audaz: comer en exceso no es la principal causa de la obesidad. En cambio, el modelo carbohidrato-insulina atribuye gran parte de la culpa de la actual epidemia de obesidad a los patrones dietéticos modernos caracterizados por el consumo excesivo de alimentos con una alta carga glucémica: en particular, carbohidratos procesados y de rápida digestión. Estos alimentos provocan respuestas hormonales que cambian fundamentalmente nuestro metabolismo, impulsando el almacenamiento de grasa, el aumento de peso y la obesidad.
Cuando se comen carbohidratos altamente procesados, el cuerpo aumenta la secreción de insulina y suprime la secreción de glucagón. Esto, a su vez, indica a las células grasas que almacenen más calorías, dejando menos disponibles para alimentar los músculos y otros tejidos metabólicamente activos. El cerebro percibe que el cuerpo no recibe suficiente energía, lo que, a su vez, conduce a una sensación de hambre. Además, el metabolismo puede ralentizarse en el intento del cuerpo por conservar combustible. Por lo tanto, las personas tienden a permanecer hambrientas, incluso si siguen aumentando el exceso de grasa.
Un modelo, más que dieta

Para comprender la epidemia de obesidad, se debe considerar no solo cuánto se come, sino también cómo los alimentos afectan las hormonas y metabolismo. Con la afirmación de que todas las calorías son iguales para el cuerpo, el modelo de equilibrio energético pasa por alto esta pieza fundamental del rompecabezas.
Si bien el modelo carbohidrato-insulina no es nuevo (sus orígenes se remontan a principios de la década de 1900), la perspectiva de la nueva investigación es la formulación más completa de este modelo hasta la fecha, escrita por un equipo de 17 científicos, investigadores clínicos y expertos en salud pública. En conjunto, han resumido el creciente cuerpo de evidencia en apoyo del modelo carbohidrato-insulina. Además, los autores han identificado una serie de hipótesis comprobables que distinguen los dos modelos para orientar la investigación futura.
La adopción del esquema carbohidrato-insulina tiene implicaciones radicales para el control del peso y el tratamiento de la obesidad. En lugar de instar a las personas a comer menos, una estrategia que generalmente no funciona a largo plazo, el modelo carbohidrato-insulina sugiere otro camino que se centra más en lo que se come. Según Ludwig, “reducir el consumo de los carbohidratos de rápida digestión que inundaron el suministro de alimentos durante la era de la dieta baja en grasas disminuye el impulso subyacente de almacenar grasa corporal. Como resultado, las personas pueden perder peso con menos hambre y lucha”.
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