
A más de un año de la pandemia de coronavirus, los padres ven a sus hijos transitar por un camino cada vez más resbaladizo hacia una vida digital que lo consume todo. Cuando se produjo el brote, muchos relajaron las restricciones en las pantallas como una forma provisional de mantener entretenidos y comprometidos a los niños frustrados e inquietos. Pero, a menudo, los límites restantes se han evaporado a medida que las computadoras, tabletas y teléfonos se convirtieron en la pieza central de la escuela y la vida social en tiempos de SARS-CoV-2. Según la directora ejecutiva del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, Henrietta Fore, “bajo la sombra del COVID-19, la vida de millones de niños y jóvenes ha quedado limitada a sus hogares y sus pantallas. Para muchos, internet se convirtió rápidamente en la única forma de jugar, socializar y aprender”.
Lo que observa UNICEF es que si bien la tecnología y las soluciones digitales ofrecen oportunidades considerables para que los niños sigan estudiando y se mantengan entretenidos y conectados, estas mismas herramientas pueden aumentar su exposición a numerosos riesgos. En el caso de los niños que ya padecen distintos tipos de sufrimiento tanto en internet como en el mundo real, pasar más tiempo delante de las pantallas podría haber agravado su situación. El cierre de las escuelas, el distanciamiento físico, la disminución de los servicios disponibles y la creciente presión que soportan las familias vulnerables han alterado y reducido algunas de las medidas de protección con las que contaban, asegura Henrietta Fore.

Antes estas situaciones extraordinarias que empujaron a los niños a un uso extremo de las pantallas, muchas veces agravado por la imposibilidad de los padres de asumir sus propias responsabilidades, cada vez son más los expertos que señalan que muchos menores han podido desarrollar el síndrome de adicción a las pantallas y que, una vez que el coronavirus vaya perdiendo terreno y podamos ir recuperando la vieja normalidad, nos vamos a enfrentar a una desescalada de pantallas que no va a resultar sencilla. El profesor Keith Humphreys, experto en adicciones, profesor de psicología en la Universidad de Stanford y ex asesor principal del ex presidente Barack Obama alerta que habrá un período de abstinencia épico cuando los jóvenes intenten mantener la atención en las interacciones normales sin obtener una recompensa cada pocos segundos. La adicción a las pantallas no es metabólica, como la de las drogas, sino psicológica, pero eso no impide que pueda producir un síndrome de abstinencia muy parecido al que provocan éstas.
Sin embargo, la doctora Jenny Radesky, una pediatra de la Universidad de Michigan especializada en el uso de tecnología móvil en niños, afirma que si hubiera sabido cuánto durarían estos bloqueos, su consejo habría sido diferente. “Probablemente habría alentado a las familias a apagar el wi-fi, excepto durante el horario escolar para que los niños no se sientan tentados en todo momento, día y noche. Cuanto más tiempo hayan estado mirando sus pantallas, más difícil será romper el hábito”, enfatizó Radesky.
Al mismo tiempo, el trabajo realizado por UNICEF indica que la salud física y emocional de los niños es cada vez más preocupante, y existen pruebas que sugieren que pasar más tiempo en internet conlleva realizar menos actividades al aire libre, reduce la calidad del sueño, aumenta los síntomas de ansiedad y fomenta hábitos de alimentación poco saludables. A medida que nos adentramos en el segundo año de la pandemia, no cabe duda de que internet y las tecnologías seguirán desempeñando un papel importante en la vida de millones de niños. Un estudio de Qustodio que analiza el uso de dispositivos por parte de jóvenes de 4 a 15 años y que cita datos de Estados Unidos, Reino Unido y España señala enormes incrementos en el tiempo dedicado por los menores ante las pantallas. Los resultados advirtieron un incremento del 45% del tiempo que los menores pasan con las aplicaciones de juegos.

Los niños recurren a las pantallas porque no tienen actividades o entretenimientos alternativos, es decir, socializar y compartir con amigos asistiendo al colegio, y es allí donde las plataformas tecnológicas se benefician al seducir la lealtad a través de tácticas como recompensas de dinero virtual o beneficios de “edición limitada”. Para el doctor Dimitri Christakis, director del Centro de Salud, Comportamiento y Desarrollo Infantil del Instituto de Investigación Infantil de Seattle, el costo correrá a cargo de las familias, porque un mayor uso en línea se asocia con ansiedad, depresión, obesidad y agresión, “y la adicción al medio en sí”, asevera el especialista.
Muchos científicos dicen que el cerebro de los niños, hasta la adolescencia, se considera “plástico”, lo que significa que pueden adaptarse y cambiar a circunstancias cambiantes. Eso podría ayudar a las personas más jóvenes a encontrar nuevamente satisfacción en un mundo fuera de línea, pero se vuelve más difícil cuanto más se sumergen en la estimulación digital rápida. En este sentido, Henrietta Fore de UNICEF, alerta que “para los propios niños y los jóvenes, prepararse para un mundo posterior al COVID-19 más amable y conectado, implica tratar de encontrar el equilibrio entre internet y el mundo real, promover relaciones seguras y positivas con las personas que los rodean y contar con acceso a la ayuda que necesitan”.
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