
El análisis de autoanticuerpos -anticuerpo desarrollado por el sistema inmunitario que actúa directamente en contra de uno o más antígenos del propio individuo- contra antígenos asociados a tejidos reveló asociaciones con características clínicas específicas y gravedad de la enfermedad. La explicación a las secuelas duraderas post-COVID podría estar en nuestro propio organismo y en la defensa que nuestro cuerpo genera y así lo determina el avance de un estudio de la Universidad de Yale. “Los anticuerpos son la inmunidad humoral que funciona en nuestro organismo ante cualquier sustancia extraña que pueda surgir en nuestro interior”, indica el doctor Lorenzo Armenteros, presidente COVID-19 de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG).
El informe estableció que estos autoanticuerpos perturban la función inmune y deterioran el control virológico al inhibir la señalización de inmunorreceptores y al alterar la composición de las células inmunes periféricas, descubrimos que los sustitutos murinos de estos autoanticuerpos exacerban la gravedad de la enfermedad en un modelo de ratón de infección por SARS-CoV-2. Ese elemento vuelve a introducirse en nuestro cuerpo y de esa manera ya tenemos una defensa contra él, pero el problema está cuando el cuerpo genera un tipo de anticuerpos erróneos, y es entonces cuando se produce una lucha interna, porque de manera equivocada atacan partes del organismo en lugar de atacar al virus. “Se ha comprobado que aquellos que han tenido un coronavirus más grave tenían más autoanticuerpos y que a mayor nivel de gravedad, más probabilidad de que existan secuelas”, mencionó el miembro de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia.
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Fue así como se estableció que estos autoanticuerpos perturban la función inmune y deterioran el control virológico al inhibir la señalización de inmunorreceptores y al alterar la composición de las células inmunes periféricas, descubriendo que los sustitutos murinos de estos autoanticuerpos exacerban la gravedad de la enfermedad en un modelo de ratón de infección por SARS-CoV-2, advierte la investigación. El COVID-19 se manifiesta con un amplio espectro de fenotipos clínicos que se caracterizan por respuestas inmunes del huésped, exageradas y mal dirigidas. Si bien la activación inmunitaria innata patológica está bien documentada en la enfermedad grave, el impacto de los autoanticuerpos en la progresión de la enfermedad está menos definido.

Para ello se utilizó una técnica de descubrimiento de autoanticuerpos de alto rendimiento llamada perfilado rápido de antígenos extracelulares para analizar una cohorte de 194 pacientes con COVID-19 infectados con SARS-CoV-2 y trabajadores de la salud en busca de autoanticuerpos contra 2770 proteínas extracelulares y secretadas. Los pacientes contagiados expusieron aumentos en las reactividades de los autoanticuerpos en comparación con los controles no infectados, con una alta prevalencia de autoanticuerpos contra proteínas inmunomoduladoras, incluidas citocinas, quimiocinas, componentes del complemento y proteínas de la superficie celular. El problema es que aún no se sabe porqué hay personas que acaban siendo pacientes graves y otros solo sufren síntomas leves o incluso son asintomáticos.
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6 meses de anticuerpos
La inmunidad frente al SARS-CoV-2 -virus responsable de causar la enfermedad por COVID-19- es, casi un año después de los primeros casos confirmados, todavía una gran incógnita. No todos los pacientes generan anticuerpos y, los que lo hacen, no tienen la certeza de que sean de larga duración. Ahora, personal investigador del Instituto de Investigación del Sida IrsiCaixa, centro impulsado conjuntamente por la Fundación “la Caixa” y el Departamento de Salud de la Generalitat de Catalunya, España, confirmó que los pacientes recuperados por el nuevo coronavirus generan anticuerpos neutralizantes −capaces de bloquear el virus y, por tanto, con efecto protector− durante un mínimo de seis meses desde el momento de la infección.
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Estos anticuerpos se mantienen en niveles estables tanto en los pacientes asintomáticos como en los que han requerido hospitalización, tanto en leves como en moderados o graves. Para obtener estos resultados, el personal investigador siguió durante estos últimos seis meses a 210 personas infectadas por SARS-CoV-2 y las ha agrupado según la gravedad de la enfermedad que sufrieron.
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