
El complejo de frutas y hortalizas atraviesa un momento bisagra en la Argentina. Así lo plantea un informe elaborado por la Fundación Mediterránea y firmado por Jorge Day, responsable de la sección Regional de la entidad presidida por María Pía Astori. El estudio destaca que estas producciones continúan siendo un pilar económico y laboral en distintas regiones del país, aunque enfrentan un escenario que combina oportunidades y tensiones.
El debate actual, según el análisis, articula tres factores centrales: la fuerte relevancia territorial de estas actividades, una tendencia declinante en varios segmentos durante los últimos años y un cambio profundo en el contexto macroeconómico. Esta nueva etapa, con mayor estabilidad, modifica reglas de juego históricas y obliga a redefinir estrategias productivas.
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En términos regionales, la especialización continúa siendo una fortaleza, aunque también amplifica vulnerabilidades. En Cuyo, el entramado productivo combina uvas y vinos con hortalizas como el ajo, fuertemente orientadas a la exportación. En el NOA, el limón y sus derivados concentran la mayor parte de las ventas externas frutícolas, acompañados por porotos y legumbres con marcada volatilidad productiva. En la Patagonia norte, manzanas y peras siguen siendo cultivos emblemáticos, aunque con mayor peso industrial y menor inserción externa.

Una característica transversal es la combinación entre orientación exportadora y dependencia parcial del mercado interno. En productos ligados al consumo doméstico —como vinos comunes o ciertas frutas— los precios al productor dependen del volumen de cada cosecha. Cuando la producción es abundante, pueden generarse caídas de precios y márgenes que postergan inversiones. En los complejos más volcados al comercio exterior —limón, ajo o porotos— el riesgo proviene de la volatilidad internacional y la competencia global.
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Con una mirada de mediano plazo, el informe advierte una pérdida de dinamismo en los últimos quince años. Se observa una trayectoria descendente en las exportaciones, especialmente en productos frescos, y retrocesos en varios elaborados, con excepciones puntuales como frutos secos y ciertos derivados industriales. La participación argentina en el comercio mundial también se redujo: en peras cayó de 17,5% en 2013 a cerca de la mitad en 2024, y en vinos del 3,3% en 2012 al 2% en 2024.
En este contexto emerge el nuevo régimen macroeconómico. Una economía más estable, con menor inflación y mayor previsibilidad, mejora el horizonte de planificación y reduce riesgos históricos. Para actividades que requieren inversiones de largo plazo —riego, protección climática, frío, empaque, mecanización y trazabilidad— la estabilidad puede transformarse en un activo clave.
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No obstante, el escenario también impone exigencias. Un tipo de cambio real más bajo tensiona la competitividad, especialmente en los segmentos intensivos en mano de obra y logística, como las frutas frescas. Sostener la inserción externa demanda mejoras de productividad, reducción de costos no salariales y avances logísticos que exceden, muchas veces, la capacidad del productor individual.
El artículo plantea además un dilema estructural: los productos frescos pueden capturar precios elevados aprovechando la contra-estación, pero enfrentan mayores costos logísticos por su carácter perecedero. Los elaborados ofrecen mayor estabilidad operativa, aunque compiten en mercados con más sustitutos y márgenes ajustados. A su vez, la estabilidad macro facilita el acceso a tecnología importada y podría mejorar el financiamiento, abriendo una ventana para recomponer capacidades de inversión si existen instrumentos adecuados y expectativas de rentabilidad consistentes.
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Al analizar el impacto de los acuerdos comerciales con Estados Unidos y la Unión Europea, el informe señala que la reducción de aranceles beneficiaría principalmente a productos elaborados —como jugos, aceites esenciales y legumbres procesadas—, mientras que para los frescos el efecto sería más acotado por condicionantes logísticos y sanitarios. En este marco, la Fundación Mediterránea concluye que la estabilidad macroeconómica es condición necesaria pero no suficiente: será clave reducir distorsiones de costos, mejorar infraestructura, asegurar financiamiento de largo plazo y gestionar la apertura comercial sin erosionar mercados estratégicos para que el complejo frutihortícola logre una recuperación sostenible.
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