
No caben dudas: la chicharrita hizo estragos. El agro argentino vivió una transformación radical en la campaña de maíz 2023/24, impulsada por la presencia del insecto Dalbulus maidis. Esta plaga, capaz de alterar el rendimiento del cultivo, generó un aumento en el uso de insecticidas, con un salto del 99% en su aplicación, especialmente en los maíces tardíos.
Este fenómeno no solo reflejó la urgencia de redoblar esfuerzos en el control de plagas, sino que también evidenció un cambio profundo en los usos tecnológicos del campo, llevando a los productores a adoptar nuevas herramientas y estrategias.
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Según el informe de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires (BCBA), este salto en el uso de químicos y tecnología refleja una transformación profunda en las estrategias de cultivo y manejo del maíz que marca un antes y un después en la forma de cultivar y redefine la manera de abordar el agro en el país.
Tecnología al servicio del maíz
En medio de este escenario, la tecnología se consolidó como un aliado clave para los productores. Según el Relevamiento de Tecnología Agrícola Aplicada (ReTAA), elaborado por la Bolsa de Cereales de Buenos Aires, un 62% del maíz se cultivó bajo un nivel tecnológico medio, mientras que un 34% adoptó paquetes de alta tecnología.
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Este uso intensivo de herramientas avanzadas subraya el compromiso del sector por maximizar rendimientos y enfrentar adversidades climáticas y biológicas.

Una batalla en los surcos: el protagonismo de los insecticidas
La aparición de la chicharrita del maíz (Dalbulus maidis) marcó un punto de inflexión. Este famoso insecto, vector de enfermedades como el achaparramiento, disparó la demanda de insecticidas, especialmente en los cultivos tardíos. En comparación con la campaña anterior, se registró un incremento sin precedentes en el uso de estos productos, con un promedio de 1,33 aplicaciones por hectárea en maíces tempranos y 0,98 en tardíos. Aunque las aplicaciones fueron menos frecuentes en estos últimos, el volumen total aplicado fue considerablemente mayor.
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Siembra directa y densidad: adaptarse para avanzar
Por su parte, la adopción de siembra directa alcanzó el 94% del área sembrada, consolidándose como una práctica dominante en la agricultura nacional. Este método, que reduce la erosión del suelo y optimiza la retención de humedad, mostró mayores niveles de adopción en el centro-norte de Córdoba, mientras que las zonas del norte santafesino registraron menores porcentajes.
En cuanto a la densidad de siembra, los cultivos tempranos promediaron 64.700 plantas por hectárea, con un máximo de 78.200 en el núcleo norte. Por su parte, los maíces tardíos registraron densidades más bajas, en línea con las limitaciones hídricas y nutricionales características de estas fechas de siembra.
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El desafío de la fertilización
A pesar de los avances tecnológicos, la campaña evidenció ajustes en el uso de fertilizantes. Mientras que la dosificación de nitrógeno se mantuvo estable, la aplicación de fósforo registró una disminución en comparación con ciclos anteriores. Este cambio coincidió con una reducción del 8% en los análisis de suelo previos a la siembra, una práctica que sigue siendo esencial para optimizar el uso de insumos y garantizar la sostenibilidad del sistema productivo.
Sigue teniendo la corona
Nadie se la saca: el maíz sigue siendo el rey de las gramíneas, con un 22% de participación en la rotación de cultivos. Sin embargo, los desafíos impuestos por la chicharrita y otras adversidades han dejado una lección clara: la innovación tecnológica no es una opción, sino una necesidad.
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Desde el uso de herramientas digitales hasta la incorporación de nuevas prácticas agronómicas, el sector continúa evolucionando para garantizar la competitividad y sostenibilidad de uno de los cultivos más emblemáticos del país.
Fuente: BCBA
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