El balance de los cuatro años de Cristina Kirchner: la furia con la gestión, el intento de asesinato y la incertidumbre por su futuro

La ex presidenta se desligó rápido de las decisiones del saliente mandatario e impulsó una fuerte embestida contra el gobierno. La noche que quisieron matarla y la imposición, sin éxito, de la agenda judicial

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Cristina Kirchner y Alberto Fernández
Cristina Kirchner y Alberto Fernández - Natacha Pisarenko/Pool via REUTERS

Así empezó, en la mañana del sábado 18 de mayo del 2019, después de una larga reconciliación que incluyó decenas de charlas. “Le he pedido a Alberto Fernández que encabece la fórmula que integraremos juntos, él como candidato a presidente y yo como candidata a vice, para participar en las próximas elecciones Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias. Sí, las famosas PASO”, anunció de forma sorpresiva Cristina Kirchner en su redes a través de un video cuidadosamente editado, cuyo contenido conocían muy pocos.

Así terminó, más de cuatro años después. “Mi gobierno del 2015 lo van a recordar (de forma) maravillosa porque por eso ganamos en el 2019. Han sido públicas y notorias las diferencias que hemos tenido (con el presidente), de funcionarios que no funcionan, ya en el 2020, (cuando dije) que era necesario alinear precios, salarios, tarifas, jubilaciones, en fin. No fui escuchada, y en un país de carácter presidencialista como es este el que decide siempre es el presidente, para bien y para mal. Yo creo que mis gobiernos fueron muy bien recordados”, dijo el 22 de octubre, en Río Gallegos, después de votar, cuando un cronista le preguntó por “su gobierno”.

Fue su reproche final, el último de una andanada de críticas y embestidas, públicas y privadas, después de cuatro años de un gobierno traumático que llegó al poder por la construcción política que la ex presidenta ideó junto a su hijo Máximo, Sergio Massa y Fernández, y del que intentó diferenciarse desde el primer año de administración, disgustada con el rumbo que tomaba la gestión del presidente saliente.

La ex presidenta y Fernández terminaron el gobierno como un par de años antes de haberlo empezado: en una pelea sin retorno que, esta vez, pareciera ser definitiva.

CFK y Alberto Fernández (Franco
CFK y Alberto Fernández (Franco Fafasuli)

Un integrante del entorno más íntimo del saliente presidente, que respeta el liderazgo de Cristina Kirchner y que sufrió, como buena parte de los colaboradores de Fernández, la embestida constante del kirchnerismo, ensaya una hipótesis de por qué ella buscó desde antes de las elecciones de medio término despegarse de la Casa Rosada: “Cristina solo es socia en las buenas noticias, nada más”, dice.

Octubre del 2020, aniversario de la muerte de Néstor Kirchner. No había pasado ni un año de gestión cuando la ex presidente publicó su primer reproche público, y patentó una frase que marcaría a fuego el resto del gobierno: “Funcionarios que no funcionan”. Desde esa carta, Cristina Kirchner intentó por todos los medios influir en las decisiones presidenciales, torcer el rumbo de la administración, darle una vuelta de timón a un gobierno que, según ella, no cumplía con las promesas de campaña y defraudaba a su propio electorado. No pudo por las buenas.

Entonces decidió pasar a la acción, y dar un golpe de palacio después de la derrota electoral del 2021: le ordenó a Eduardo “Wado” de Pedro, su delegado político en Casa Rosada, y al resto de los ministros y secretarios K que renunciaran al gabinete, furiosa por la cerrazón con la que Fernández administraba sus decisiones. “Deberíamos haberlo hecho mejor, o diferente“, admitió este viernes el saliente mandatario en su última cadena nacional.

Alberto Fernández y Eduardo "Wado"
Alberto Fernández y Eduardo "Wado" de Pedro

Cristina Kirchner esperó a que el presidente reaccionara. Fernández no lo hizo. No solo que no echó a ninguno de los funcionarios renunciados, si no que corrió a Santiago Cafiero de la Jefatura de Gabinete -era hostigado permanentemente por el kirchnerismo- y aceptó la intervención de su vicepresidenta. Cambiaron nombres, pero la dinámica de la coalición siguió por el mismo curso: la ex presidenta cada vez más furiosa con las decisiones de gobierno. “Amague y recule permanente”, lo llamó.

Ella no supo nunca procesar su rol, y rompió todo. Era muy fuerte ver a Alberto de presidente, indigerible para ella. Y él no activó jamás una decisión política en contra de ella, pero hablaba permanentemente mal de Cristina en privado, y eso la enloquecía. Era un combo explosivo”, recuerda un ex ministro que intentó por todos los medios que Fernández reaccionara.

Para ese entonces, el saliente presidente ya había tenido que desprenderse de Marcela Losardo y de Juan Pablo Biondi, de su riñón, y echado de la oficina de al lado a Cafiero. Después sería el turno, entre otros, de Matías Kulfas y Martín Guzmán, todos bien cercanos. Todos cuestionados por Cristina Kirchner y el kirchnerismo.

A la crisis del programa económico que la ex presidenta juzgó desde adentro hasta tratar de boicotear sobre el final de las negociaciones la renegociación del acuerdo Stand-By del Fondo Monetario con el país -pidió votarlo en contra en el Parlamento-, Cristina Kirchner le sumó su propia impotencia por la parálisis de una agenda judicial que intentó imponer, sin éxito.

Franco Fafasuli
Franco Fafasuli

Primero fueron los traslados de los camaristas Pablo Bertuzzi y Leopoldo Bruglia, después la integración del Consejo de la Magistratura, el avance de sus causas judiciales, la conformación de la Corte Suprema y hasta la condena de Milagros Sala. Fuentes oficiales aseguran que la ex presidenta le pidió a Fernández que ampliara al máximo tribunal a través de un DNU. Y que indultara a la dirigente social jujeña. Mandó emisarios para convencerlo al presidente, para que usara “la lapicera”, como le reclamó a mediados del año pasado en uno de los últimos actos que compartieron juntos, en el aniversario de la estatización de la petrolera YPF. Fernández, según su entorno, instruyó a sus asesores jurídicos a que analizaran algún mecanismo de conmutación de pena de Sala, pero no encontraron ninguna herramienta legal porque no existía ninguna condena federal contra la líder de la Tupac Amaru.

Frente a un gobierno que perdía popularidad a diario, y coalición atravesada por serias tensiones internas, alimentadas desde el Senado y la Casa Rosada, la ex presidenta se dedicó a conducir -con su estilo y a su manera- al peronismo en contraposición al liderazgo escuálido de Fernández, opacado por la centralidad de su vicepresidenta. Hacia el segundo tramo de la gestión, con el saliente mandatario cada vez más desgastado y encerrado en su núcleo más íntimo, no hubo dirigente que no quisiera pasar por su despacho del Senado.

El Gobierno naufragaba. Massa ya se había hecho cargo del Ministerio de Economía, y le había prometido a la ex presidenta que trataría de enderezar el barco y llevarlo a buen puerto, y buscaría dividir a la oposición para intentar llegar con chances electorales a las elecciones. Cristina Kirchner ató su suerte al jefe del Frente Renovador, y decretó la ruptura final de su relación con Fernández.

La vicepresidente de Argentina, Cristina
La vicepresidente de Argentina, Cristina Kirchner sufrió en la puerta de su casa un intento de asesinato en medio de una muchedumbre de simpatizantes.

Enfrascada en los sinsabores de la causa Vialidad que llevó al fiscal Diego Luciani a pedir su inhabilitación perpetua y una condena de seis años de prisión, la ex presidenta se topó entonces con un suceso que la marcaría para siempre, a ella y a su familia, y por el que se volcó mucho más que siempre a la fe: el intento de asesinato por parte de Fernando Sabag Montiel, un joven marginal de “la banda de los copitos” que en la noche del 1 de septiembre del 2022 intentó matarla con una pistola marca Bersa calibre 32 en la puerta del departamento que habitaba en Juncal y Uruguay, en Recoleta, en medio de una multitud de fanáticos. La bala nunca salió. “Estoy viva por Dios y la Virgen”, diría ella después.

Meses atrás le habían apedreado el despacho del Senado, en la previa de la votación parlamentaria por el acuerdo con el FMI.

El episodio renovó su vínculo con el Papa Francisco. Semanas atrás tenía en agenda visitarlo en Roma, en una parada de su viaje a Nápoles que, al final, debió cancelar por la derrota electoral y por el eventual uso del avión presidencial.

El kirchnerismo buscó capitalizar el intento de magnicidio con un operativo masivo para convencer a Cristina Kirchner de que se presente como candidata presidencial, una demanda que ella rechazó con la excusa del “lawfare” y la “proscripción”.

Pudo haber sido eso. También el cansancio. Y la certeza de que, por la crisis del programa económico que la vicepresidenta saliente desmenuzó en sus sucesivas críticas públicas, la coalición de gobierno se encaminaba a una derrota que ella no estaba dispuesta a liderar. Sí trabajo incansablemente para que Fernández no buscara la reelección, y aceptó que Massa centralizara el gobierno y la candidatura, y que ella se recluyera. Admitió que el ex intendente de Tigre debía esconder al kirchnerismo abajo de la alfombra para proponer un “gobierno de unidad nacional”.

Cristina Kirchner se va del gobierno sin hacerse cargo del gobierno. Su balance no es bueno. Más bien, todo lo contrario. En los últimos meses, había avisado puertas adentro que empezaba a retirarse, y que proponía, por eso, un traspaso generacional. La derrota de Massa, el triunfo de Javier Milei y la crisis del peronismo y del sistema político podría hacerle cambiar su parecer. “No me voy a ningún lado, ya saben dónde encontrarme”, avisó en estos días, en su despedida del Senado.

Según dijo, hará base en el Instituto Patria, sobre la calle Rodríguez Peña, a metros del Congreso. El mismo lugar desde el que ideó el Frente de Todos, una experiencia a todas luces fallida.

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