
¿Cuál era el sentido de que Alberto Fernández le hable a los propios el último miércoles en Morón, cuando endureció su postura frente al FMI? ¿Por qué dirigir el mensaje a un núcleo duro donde debería estar asegurado el respaldo en las urnas? ¿Por qué hacerlo en el tramo final de la campaña cuando lo que necesita el peronismo son votos que estén afuera de la pecera oficialista?
Estas y otras tantas preguntas en clave electoral ya encontraron respuesta en el Gobierno. Es momento de hablarle a los propios por un solo motivo: no está asegurado su voto a favor de la boleta del Frente de Todos. En el oficialismo advierten que el electorado que suele acompañarlos no lo hizo en las PASO y que en este tramo final hay que asegurarse de que lo vayan a hacer.
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Según analizan en la Casa Rosada, aquellos que no fueron a votar, no lo hicieron porque no le dieron importancia a las Primarias, porque estaban enojados por una economía que no despega, porque no se sintieron interpelados por la clase dirigente o porque las restricciones les eliminaron sus libertades. Hay muchos motivos, pero lo que tienen en claro es que a esa gente hay que ir a buscarla.
Falta 15 días para las Elecciones 2021 y en el Frente de Todos existe la sensación de que se perderá ante Juntos por el Cambio por un margen menor. Nadie habla de dar vuelta la elección. A lo sumo se ilusionan con una remontada histórica en alguna provincia, pero no hay más proyecciones positivas que esas. Incluso, piensan con mayor detenimiento en el día después de los comicios.
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Pescar votos afuera de la pecera es una actividad que quedó sepultada algunas semanas atrás. Para lograr ese cometido el Presidente llevó adelante microactividades en el conurbano bonaerense y se propuso escuchar las quejas y reproches de los vecinos. Poner la cara y tratar de decodificar en dónde residía el enojo que el Gobierno no había podido ver con claridad antes de las PASO.
Pero esa etapa ya quedó en el pasado. En el oficialismo creen que a esos votantes hay que volver a buscarlos el 15 de noviembre, el día después de las elecciones, y empezar a trabajar en un nuevo contrato social para fortalecer el vínculo con el electorado en el camino que queda por transitar hasta las elecciones presidenciales del 2023.
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Es decir, dan por perdido una parte del electorado. Lo que pueden sumar para inclinar la balanza son los votantes propios que se ausentaron en las Primarias. Son cerca de 2.000.000 en el conurbano. Una cifra que puede acortar la diferencia con la oposición en la provincia de Buenos Aires.
Por eso desde la cúpula del Frente de Todos hubo un pedido explícito a los intendentes para que busquen los votos casa por casa. Son quienes conocen el territorio y los que tienen en claro en que mesas y escuelas faltaron votantes que suelen respaldar al peronismo. En esta última etapa de la campaña los jefes comunales juegan un rol central.
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Fernández decidió, en base a un acuerdo con el kirchnerismo, poner un tema clave de la agenda de Gobierno en la agenda de la campaña electoral: el acuerdo con el FMI. Lo hizo sabiendo que tenía que dejarle en claro a los propios que su gestión iba a buscar un acercamiento con el Fondo que no implique reducir abruptamente el gasto público.
No quieren un Estado flaco sin capacidad de reacción como consecuencia de un acuerdo asfixiante. El miércoles en Morón decidió kirchnerizar su discurso. “Si todavía no cerramos un acuerdo con el FMI es porque no nos vamos a arrodillar”, aseguró frente a un estadio repleto de militantes. Recibió aplausos de conformidad.
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Fue un grito de guerra que generó confusión dentro de la coalición. El ala que está bajo el paraguas del peronismo más clásico no entendió la decisión de endurecer la postura ante el organismo internacional, cuando la línea del Gobierno, encabezada por el ministro de Economía, Martín Guzmán, es la de lograr un acuerdo. Fue un cambio de rumbo brusco o, de mínima, una nueva contradicción. Una más.
A la mayoría de la sociedad argentina la negociación por la deuda con el FMI no le interesa. No es un tema prioritario. Por eso escenificar la postura en un acto con el núcleo duro solo sirvió para convencer a los propios, que aún dudan sobre si acompañar al Frente de Todos o no. Marcar el rumbo con una postura extrema.
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En el oficialismo hay quienes creen que esa postura pública nada tiene que ver con lo que piensa Alberto Fernández. Es decir, ponen en jaque la credibilidad presidencial porque consideran que el verdadero Fernández es el que impulsa un acuerdo y una negociación que, si bien posee momentos de tensión, tiene como fin último un acercamiento formal de las partes y un acuerdo.
En esa línea de búsqueda de convencimiento hacia los propios va la última medida oficial sobre el congelamiento de precios. Tiene dos aristas. Saben que es una decisión que cae bien en las entrañas peronistas y es una herramienta brutal para poder contener el desmadre inflacionario. Es lo mejor que tienen para mostrar en estos últimos días de campaña electoral.
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Para la recta final el Gobierno tiene pensado profundizar la polarización con la oposición. El contrapunto ya existe y es parte de la dinámica instalada en la escena política nacional. Lo que buscarán en esta oportunidad es apelar a la confrontación con Juntos por el Cambio para asegurarse que quienes nunca votarían a la coalición fundada por Macri, la mejor opción que tienen para elegir es la que hoy gobierna. Votar al resto es un voto perdido. De eso se trata.
Al igual que Cambiemos, en tiempos donde la decisión era polarizar con la imagen omnipresente de Cristina Kirchner, el Gobierno se aferra ahora la táctica de separar los extremos, en un nuevo giro estratégico. Ellos y nosotros. Una vez más. Como si los años no hubiesen pasado.
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Lo que esperan dentro del oficialismo es que Fernández polarice pero sin caer en un discurso extremadamente duro como que utilizó en Morón. Que lo haga con más inteligencia, sin gritos, ni actos multitudinarios, pero con la convicción de profundizar las diferencias con los líderes y candidatos de Juntos por el Cambio. Es el anhelo. No saben si lo podrán cumplir.
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