
Durante el último año, Alberto Fernández debió dar dos peleas: contra la pandemia del coronavirus y contra la interna del Frente de Todos. Cuando Cristina Kirchner lo bendijo como candidato a presidente se interpretó como una maniobra audaz porque era la llave para lograr la unidad del peronismo y que se plasmara en las urnas algo que comenzó a plantarse en el 2015 y se terminó de cosechar con la derrota de 2017: con Cristina no alcanzaba, sin ella no se podía.
Luego de importantes desencuentros entre el jefe de Estado y su socia, que incluyeron meses sin hablar y reproches de la ex presidenta en público o a través de cartas, Alberto Fernández cumplió con una regla no escrita que es cada vez más común en los discursos del primero de marzo en años electorales: atacar y polarizar con la oposición.
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Este cambio discursivo fue interpretado como un giro al kirchnerismo duro por parte del Presidente, algo que fue sustentado por el contenido de su alocución: ataques a la Justicia -anunció la intención de crear un nuevo tribunal que limite a la Corte Suprema-, judicialización de la política -una denuncia contra el macrismo por el acuerdo con el FMI- y fuertes críticas a los medios.
Todo esto abrió un interrogante en el Gobierno de cara a las elecciones legislativas: ¿pierde Alberto Fernández el atractivo que tenía para el sector de la sociedad que lo votó en 2019 justamente por representar una versión moderada del peronismo, alejada del kirchnerismo?
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No son pocos los que creen que si el Presidente se radicaliza, el Frente de Todos se aleja de su esencia que ayudó a conquistar a una masa de votantes que estaba desencantada con Juntos por el Cambio pero que no veía en Cristina Kirchner y La Cámpora la respuesta.
Algunos de sus colaboradores más cercanos se refugian en la idea de que Alberto no es el candidato este año y que esta lógica no aplicaría. Sin embargo, los comicios de medio término siempre actúan como plebiscito de la gestión presidencial y, además, se descuenta que el jefe de Estado deberá acompañar a los candidatos a lo largo del país y sobre todo en la provincia de Buenos Aires, bastión electoral por excelencia del kirchnerismo.
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Sumado a esto, en el armado oficialista no desconocen que el Presidente sigue siendo el único dirigente con mayor imagen positiva que negativa y, por ende, deberá cargarse la campaña al hombro.
Mientras tanto, en Casa Rosada aún no están pensando en posibles candidatos, o al menos eso responden. Lo cierto es que el Gobierno está más cerca de la antigua hipótesis kirchnerista de que “el candidato es el proyecto” que de los nombres propios porque, coinciden, si no avanza el plan de vacunación y no repunta la economía va a ser muy cuesta arriba lograr una buena elección que le permita alcanzar el quórum propio en la Cámara de Diputados.
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En Balcarce 50 dan por descontado un triunfo de Juntos por el Cambio en la ciudad de Buenos Aires. Por eso todos los esfuerzos estarán puestos en lograr un buen resultado en territorio bonaerense. Una victoria escueta no entraría en estos parámetros, más teniendo en cuenta que en 2019 Axel Kicillof le ganó por casi 15 puntos a María Eugenia Vidal. Por eso, una “kirchnerización” de Alberto Fernández no es mal vista por un grupo de dirigentes que entiende que la figura de Cristina Kirchner es muy fuerte en el Conurbano y, en contraste, la oposición no logra hacer pie.
“Si logramos vacunar a buena parte de la población más un crecimiento en ciertas áreas y la inflación comienza a tener una tendencia a la baja, deberíamos ganar en distritos en los que históricamente hacemos buenas elecciones. Y la provincia de Buenos Aires es uno de ellos, aunque hemos perdido alguna vez”, resumió un dirigente con despacho en la Casa Rosada ante la consulta de Infobae.
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A pesar de todo, en el Gobierno el pensamiento general es que para la sociedad están lejos las elecciones y que está pensando en poder vacunarse, cuidar el trabajo y llegar a fin de mes. A la par de esto, hay cierto optimismo sobre lo que viene, mayormente volcado a la posibilidad de crecimiento.
“Tenemos que apuntalar a los rubros que vuelen, empujar a los que estén más o menos y sostener a los que no mejoren. Cerca de la votación la gente va a hacer un balance del último año y medio pero si la situación repunta vamos a ganar la provincia de Buenos Aires”, explicaron cerca de Alberto Fernández.
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Bajo la incertidumbre sobre si habrá Primarias -deben celebrarse el 8 de agosto según el calendario vigente- las últimas estadísticas no favorecen al peronismo en PBA, en donde perdió en 2009, 2013 y 2017, aunque en esos tres años solo en 2017 no se impuso a nivel nacional. Por ahora en voz baja, en el Gobierno hay quienes ven como un buen dato la dispersión de la oposición y el recuerdo fresco del paso del macrismo, al menos para pasar los comicios de medio término. En 2023 la discusión será otra.
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