
Grupos paraestatales, represión ilegal, muertes, presos políticos. La condena sobre las graves violaciones a los derechos humanos en Venezuela, que remiten a prácticas de terrorismo de Estado, no debería generar debates. Las diferencias y las discusiones dentro y fuera del Gobierno podrían quedar, por ejemplo, para el ajuste más fino de la estrategia regional. Pero no es así: asomó con más crudeza que en otros casos la tensión interna en la coalición de gobierno. Y desnudó otra vez la disputa por la centralidad del poder, con efectos riesgosos en medio de la crisis económica y social agravada por la cuarentena.
Las internas del oficialismo vienen exhibiendo como características un común denominador y un ingrediente original en cada entrega. El elemento repetido es el costo autoinfligido pero de proyección amplia, porque alimenta la conflictividad política y agrega incertidumbre. Y el elemento específico, en este caso, es la puesta en foco de una política exterior sin estrategia sólida a la vista y hasta contradictoria.
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El impacto del caso Venezuela es tal que en estas horas desplazó del temario público otras cuestiones forzadas -ajenas a la crisis o peor, extemporáneas- como la ofensiva judicial, compartida por Alberto Fernández y extremada por Cristina Fernández de Kirchner, al punto de reescribir el proyecto de reforma de la justicia federal. También opacó el quiebre de la relación con la oposición en todas sus líneas, expresada sobre todo en la escalada del recorte de fondos a Horacio Rodríguez Larreta.
Ayer mismo, alguna frase de Santiago Cafiero contra Juntos por el Cambio careció de volumen para correr por un rato el eje de la tensión política. El jefe de Gabinete advirtió a la oposición que iba camino a ser una expresión de “ultraderecha antidemocrática”. Curiosidades del día: el kirchnerismo duro castigaba al Presidente por derechizarse y transitar el mismo camino que el macrismo frente a Venezuela. Lo de Cafiero apenas si provocó algún ruido menor en el Senado.
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La magnitud del caso Venezuela puede ser advertida con sólo observar los escenarios y la velocidad de los acontecimientos. Hace apenas una semana, el representante argentino ante la OEA, Carlos Raimundi, le daba oxígeno al régimen de Nicolás Maduro y buscaba relativizar las violaciones a los derechos humanos. Hace un par de días, Argentina rectificaba la posición pero en otro ámbito internacional, apoyando el informe de la Alta Comisionada para Derechos Humanos de las Naciones Unidas, Michelle Bachelet.
La OEA y la ONU. No fueron declaraciones de entrecasa. Pero tuvieron esa lectura inicial. Raimundi está alineado directamente con CFK. Y el respaldo al informe Bachelet transitó por el andarivel presidencial y fue canalizado por el canciller Felipe Solá. Con todo, semejante rectificación no corrió en paralelo con cambio alguno en la representación ante la OEA. Inentendible en términos de política exterior, peor si la lectura externa lo asimila como un mensaje alarmante de disputa de poder irresuelta.
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En el paño de las relaciones internacionales no es el único punto de difícil explicación, aunque este sea significativo y ruidoso. Y no debería ser entendido como un gesto hacia Washington, porque en rigor no describía una estrategia antes ni la expone ahora.
Vale un ejemplo: las dificultades para hacer funcionar en la práctica la alianza con el mexicano Andrés Manuel López Obrador. Esa sociedad fue difundida como la clave estratégica que ponía fin a la etapa macrista en política exterior. Sin embargo, no funcionó a fondo cuando Alberto Fernández disputó la presidencia del BID para Gustavo Beliz. Y expuso diferentes posiciones frente al informe en la ONU sobre derechos humanos en Venezuela. México se abstuvo.
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En función de ese supuesto nuevo eje, y por cuestiones hasta de consideración personal en lugar de privilegiar razones de Estado, la gestión de Alberto Fernández descuidó y mantiene tensiones con los vecinos del país. Esa lista comienza con Brasil, socio mayor del bloque regional más allá de las consideraciones sobre Jair Bolsonaro. Pero también alcanza a Uruguay y Paraguay, al punto tal de generar una situación muy crítica en el Mercosur, parcialmente salvada.
Por supuesto, el tablero de la política exterior es sensible y complejo. No parecen razonables las posiciones cerradas. Entran en consideración la región, como primer y vital apuesta, pero además la relación con Estados Unidos, el papel de China, los vínculos con la Unión Europea, Rusia. Son atendibles algunas razones domésticas, pero el punto central es la línea que articula esa política. Lo contrario, es la mirada interna con parcelación en función de tales espacios, sin unificación del trazo principal. Raimundi es un ejemplo. Otro, Alicia Castro, que renunció a su postulación para la embajada en Moscú –de hecho, debilitada- en rechazo de la posición frente a Venezuela.
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El gesto de Alicia Castro fue una expresión de los crujidos domésticos. Expuso su decisión en una larga carta –muy difundida en el circuito kirchnerista- y destacó allí su alineamiento con CFK, antes que con el Presidente. En la misma línea crítica y de malestar abierto se anotaron Hebe de Bonafini, Luis D’Elía, Juan Grabois y referentes de sectores internos que reportan al Instituto Patria. Con poco o mucho peso personal, dejaron planteado el mensaje del kirchnerismo duro.
El episodio no estaría terminado. Pero alcanza para agregar fatiga a algunos funcionarios y potenciar el pésimo mensaje externo. Externo en sentido amplio: impacta fuera del oficialismo, fuera del ámbito restringido de la política –porque es a la vez un factor de peso en el plano económico- y fuera de los límites del país.
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