
El frente de la producción exhibe tensiones a veces no imaginadas. Nadie diría que el Gobierno está viviendo una etapa de plena paz con el sindicalismo, pero sí existe una moderada satisfacción por el modo en que se han ido aislando los sectores más duros, con Hugo Moyano a la cabeza. El problema saltó ahora en la otra vereda. Desde el círculo presidencial aclaran que no hay ofensiva alguna contra los empresarios, aunque sí reconocen algunos malestares. La percepción es recíproca.
Esa sabido que, transcurridos los primeros meses de gestión, Mauricio Macri comenzó a expresar entre sus allegados una desazón creciente por lo que consideraba falta de compromiso –efectivo, no retórico- del empresariado y en particular de la dirigencia industrial con la nueva etapa política del país. Algunos lo tradujeron de manera exagerada como un sentimiento de ser traicionado, y los menos enfáticos prefirieron hablar de decepción.
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En las últimas horas, para encauzar el tema salió a hablar Marcos Peña. El jefe de Gabinete dijo que "no existe enfrentamiento con los empresarios".

La frase, breve y sin vueltas, fue acompañada sin embargo por una elegante referencia a los reclamos de ese sector que considera por lo menos contradictorios, sobre todo en cuanto a la protección y a la vez garantía de negocios privados por parte del Estado. "Hay muchos que quieren que les den todo servido", dice sin eufemismos una fuente del oficialismo.
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Por supuesto, la tensión no parece desbordar los límites razonables. Ayer mismo, por la tarde y antes aún de que hablara Peña, ya se habían cruzado llamadas para ponerle fecha a un encuentro de la conducción de la UIA con el jefe de Gabinete y el ministro de Producción, Francisco Cabrera.
La idea de acordar esta cita había circulado desde el ámbito empresarial apenas se hicieron visibles las últimas chispas.
Junto con las señales para evitar una escalada, desde el Gobierno aclaraban al menos un par de puntos. Decían que los jefes de la UIA se dejaron llevar por el impacto mediático de los trascendidos sobre la última reunión de gabinete, pero no los desmentían. Tampoco eludían el respaldo presidencial a Cabrera ni lo descalificaban por sus dichos, es decir, las declaraciones que dispararon el intercambio público.
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El ministro de Producción, como se sabe, había respondido con acidez a las críticas expresadas por la conducción de la Unión Industrial, con eje en los niveles de consumo y el impacto de las importaciones en ciertos rubros de la economía.
"Dejen de llorar y salgan a invertir", fue la reacción de Cabrera que descolocó a los jefes de la UIA. Nadie diría que los sorprendió el sentido de la respuesta, sino las palabras y el hecho de que fueran públicas.
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Miguel Acevedo, titular de la UIA, prefirió no polemizar demasiado y sólo aludió irónicamente a las "susceptibilidades" del poder. Y otro dirigente, José Urtubey, uno de los hermanos del gobernador salteño, subió el tono –habló de "bravuconadas"– luego de la referida reunión de gabinete. Los dos, por supuesto, fueron enfáticos en destacar el camino del diálogo. Después, los llamados a celulares siempre abiertos alcanzaron para concertar la cita del lunes que viene.

De todos modos, desde el Gobierno no ahorraron mencionar su malestar por lo que consideran falta de correspondencia empresarial –en rigor, dicen, del nivel de dirigentes- con el "compromiso" del Gobierno en materia productiva.
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Señalan, por ejemplo, la reciente reforma tributaria y el acuerdo con los gobernadores –para darle además mayor sustento político- y la baja de aranceles para bienes de capital o la mejora en los trámites de importaciones, además de las leyes destinadas más específicamente a las pymes.
Por supuesto, el impacto de las importaciones en algunos rubros de la producción, la presión tributaria, la inflación y los niveles aún pobres de consumo aparecen en el listado de los jefes de la UIA.
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Poco se habla de inversiones, es decir, de lo propio, que es el punto más cuestionado por el Gobierno. El temario siempre es difícil, entre otras razones por las disímiles realidades de los distintos segmentos de la producción y también, no siempre dicho abiertamente, por los reparos sobre el gradualismo en materia económica.
En el Gobierno, de todos modos, creen que la tensión de estos días es manejable. "Lo que dijo el ministro está dicho", dice una fuente. No es un gesto de resignación. Más bien transmite que no hace falta repetirlo; tampoco, corregirlo.
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Sí, en cambio, el tono se hace más grave, y uniforme, entre los funcionarios a la hora de hablar de un punto realmente conflictivo: la difícil y dura negociación por el precio de los medicamentos con las cámaras que reúnen a los laboratorios.
Esta vez, el Gobierno decidió unificar la posición del Estado como un solo negociador, aunque involucre a más de un organismo, entre ellos y en primer lugar, el PAMI.
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Existe una línea única que incluye a la jefatura de Gabinete, al ministro de Salud, Adolfo Rubinstein, a las autoridades de la gigantesca obra social y a la Superintendencia de Servicios de Salud.
El PAMI y los técnicos de la jefatura de Gabinete llevan la carga de la negociación. El objetivo central es, más allá de la fórmula, lograr una baja sensible de los precios –con el consiguiente ahorro presupuestario y mejora para los propios jubilados-, haciendo pie en que el Estado es el principal comprador individual de productos farmacéuticos.
Las tres cámaras que nuclean a las empresas del sector rechazan, por supuesto, los argumentos y también la baja demandada.
Rubinstein, que se ha ganado cierto lugar como interlocutor del Presidente, arrimó además de datos y cifras comparativas sobre precios, argumentos referidos a las políticas públicas de sanidad. Otros, en la misma línea, agregan consideraciones que hacen la dureza de la negociación. "Si ellos actúan de forma cartelizada, bueno, nosotros podemos hacerlo casi como un monopolio comprador", dice otra fuente del Gobierno.
Las conversaciones empezaron en enero. Y son en sí mismo una señal, inesperada si se quiere, que proyecta alguna inquietud en ambientes empresariales. Como sea, es un dato de la realidad. ¿Hasta dónde y hasta cuándo pueden extenderse las negociaciones?
En principio no se hablaba de fechas, lo cual era interpretado como un síntoma de posible dilución del tema en el tiempo. Sin embargo, existirían plazos por razones de convenios vigentes: hacia fines de este mes o principios de abril debería estar saldada la pulseada. Otro ingrediente para un arranque de año muy intenso.
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