
Primero, la noticia. Lo lógico. Lo normal. Lo propio de la relación primaria medio-lector.
La agrupación política Frente Patriota Bandera Vecinal recibirá del Estado (de todos nosotros, por si algún ingenuo supone que el dinero baja del cielo) casi 20 millones de pesos para imprimir sus boletas electorales de candidatos a diputados y senadores nacionales por la provincia de Buenos Aires.
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Pequeño detalle. Casi soslayable. La cifra es casi igual a lo que recibirán –¡juntos!– los partidos Cambiemos, Unidad Ciudadana, 1País, y el Frente Justicialista.
Hace ruido, digamos.
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Como se usa decir ahora.
Porque el susodicho Frente… etcétera, salvo error u omisión, no figura en el podio de los pesos pesados.
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Ni siquiera entre los diez primeros.
¿Cómo es posible? ¿Alguien apretó mal la tecla de la computadora, se cayó el sistema, o el operador anduvo de noche y entre copas?
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Pues no, dignísimo ciudadano que cumple hasta con las leyes de tránsito y es capaz de pagar el Impuesto al Idiota el día en que lo inventen…
Se trata de… la letra chica de las PASO.
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Según esos pequeñuelos caracteres, el Frente… etcétera inscribió una lista a diputado nacional encabezada por cierto señor Alejandro Biondini… pero seis listas de candidatos al Senado de la Nación.
Además, para que el horror sea perfecto (como escribió Albert Camus en el final de su inmortal novela El Extranjero), el 14 de julio de 2015 la Corte Suprema resolvió que el Estado debe financiar el costo de una boleta por elector para cada uno de los precandidatos que compitan dentro de un mismo frente. Sean dos… ¡o catorce!
Un bello, luminoso, ecuánime ejemplo de democracia.
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¡Aplausos!
Gracias a ese toque de varita mágica… el Frente cobrará dinero suficiente –y tal vez sobrante– para imprimir cerca de siete juegos de… ¡12 millones de boletas! (la cantidad de electores de la provincia de Buenos Aires). Es decir, discretamente… ¡84 millones de papeletas!
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Publíquese y archívese.
Pero hay un problemita. Nada serio.
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¿Quién es el señor Alejandro Biondini (60), líder del Frente… etcétera.
Digamos que no es necesario un carpetazo para desenmascararlo.
Vamos al grano: Alejandro Biondini es nazi.
Mala palabra: en Alemania está prohibida de por vida en su Constitución y sus leyes.

No hace mucho –en 2009– su partido Nuevo Triunfo se esfumó detrás de la Corte Suprema de Justicia, que lo acusó de promotor del nazismo y antisemita convicto y confeso.
En menos palabras: lo prohibió.
Y no era para menos. El nazi Alejandro Biondini era parte del peor folklore político del país.
Además de su figura con la mano en alto y rodeado de símbolos del muerto y enterrado Tercer Reich, dijo en público más de una vez:
–Nosotros reinvindicamos a Adolfo Hitler.
Pero, aunque repudiado por la comunidad judía y por todo ser humano bienpensante, la generosa República Argentina (acaso como recuerdo y nostalgia de su protección a los peores criminales nazis después de la victoria aliada), la justicia lo premió en el 2014 –gobierno de Cristina Kirchner– con la piedra libre: personería jurídica para su grupo Bandera Vecinal.
A muchos argentinos, judíos o no, se les heló la sangre en las venas, como dijo un sobreviviente de la masacre AMIA… aun sin castigo.
Por supuesto, en tiempos modernos, Biondini dice que ya no se inspira en Hitler… sino en Perón… y defiende a Donald Trump "por su nacionalismo".
¿Faltan algunos caramelos en su frasco?
En cuanto a la profusa colección de fotos que lo muestran con el brazo levantado (¡Heil Hitler), se defiende con la misma estupidez de cuanto nazi he conocido:
–Es un antiguo, milenario saludo romano.

¡Y uno cree que pasados los 70 años lo ha visto todo!
Séame permitido un comentario sin la menor intención insidiosa.
He leído que el actual gobierno nacional, después de las PASO, se propone reducir ministerios y otros gastos asfixiantes: una trampa mortal crónica de estas pampas.
No está mal. En los años 80, una revista política que codirigí, investigó los gastos superfluos del Estado. El trágico y crónico despilfarro de un país que gasta más de lo que gana desde hace siete décadas.
Sólo me detendré en un detalle. Para muestra basta un botón. La República Argentina tenía y pagaba, entre toneladas de oneroso peso… ¡un salón de baile en la provincia de Corrientes!
Dejo la reflexión –presente y futura– a cargo del lector.
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