Perdón con restitución: el mensaje de la Iglesia a los comuneros de Catacaos

La Iglesia Católica en el Perú ha retomado un camino de reparación frente a los execrables abusos de quienes, tentados por el “dios dinero”, permitieron el derramamiento de sangre inocente.

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Obispos peruanos piden perdón de rodillas en Catacaos por despojo, criminalización y hostigamiento ligados al Sodalicio
Obispos peruanos piden perdón de rodillas en Catacaos por despojo, criminalización y hostigamiento ligados al Sodalicio

Guadalupe Zapata Sosa tenía tan solo 26 años cuando fue asesinado en 2011 por defender sus tierras. Junto a él, los comuneros Cristino Melchor Flores y Luis Pasache Zapata también corrieron la misma trágica suerte en esta larga lucha por la justicia. Para honrar sus vidas, este último fin de semana, siguiendo el llamado del papa León XIV a una paz desarmada y desarmante, los cardenales Carlos Castillo y Pedro Barreto, junto a los obispos de Piura, Trujillo, Chulucanas, y el Comisario Pontificio Mons. Jordi Bertomeu, llegaron al corazón de Catacaos para celebrar una Misa de exequias en sufragio por las víctimas.

Durante la Eucaristía, hubo un signo que conmovió profundamente a la comunidad campesina San Juan Bautista de Catacaos: todos los concelebrantes, Obispos, Cardenales y sacerdotes, se arrodillaron en el acto penitencial para suplicar perdón a nombre de la Iglesia por los actos cometidos por un grupo católico que uso su condición de grupo eclesial durante años para arremeter, expropiar, apoderarse e intentar destruir a esa comunidad campesina.

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Obispos peruanos piden perdón de rodillas en Catacaos por despojo, criminalización y hostigamiento ligados al Sodalicio
Carlos Castiilo

«Hemos llegado tarde. Pedimos perdón a nombre de la Iglesia», expresó Bertomeu. Era la primera vez que miembros de la jerarquía eclesial y un enviado de la Santa Sede acudían al encuentro del pueblo Tallán para rezar por sus difuntos, haciendo eco de la voz alentadora del papa Francisco: «Defiendan la tierra, no se la dejen robar».

Consternados por el gesto, los campesinos, entre lágrimas y abrazando a sus hijos, agradecieron este gesto y estas palabras que nacen de una sincera solidaridad de la Iglesia. Junto a este pedido de perdón, el Cardenal Carlos Castillo recordó que el perdón debe ir acompañado de una «restitución infinita», citando a Bartolomé de las Casas.

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Obispos peruanos piden perdón de rodillas en Catacaos por despojo, criminalización y hostigamiento ligados al Sodalicio
Obispos peruanos piden perdón de rodillas en Catacaos por despojo, criminalización y hostigamiento ligados al Sodalicio

Este hecho no puede quedar como una anécdota, ni como una simple fotografía para las redes sociales. En el texto del Evangelio de Juan para la Fiesta de Pentecostés, Jesús da el Espíritu Santo a sus discípulos y los envía a “perdonar” y a “retener”. Dios perdona porque ama a todos sus hijos y quiere que vivan en ese amor, pero también espera que, cuando el culpable se resiste a pedir perdón, recapacite y restituya. Del mismo modo, la víctima ha de perdonar profundamente: reteniendo, llamando insistentemente a recapacitar y reparar el daño. Así, cuando el culpable acepta el perdón de una víctima, se ha de corregir restituyendo. Esa actitud aún no se ve en el grupo Sodalicio, que a través de continuos litigios se resiste a la reparación integral, postergando la justicia que las víctimas reclaman. El Primado del Perú lo ha dejado claro: «Moralmente, éticamente, cristianamente, todavía se debe pagar restituyendo y recuperando, ayudando a levantar al pueblo maltratado».

Por otro lado, el gesto de ver a los ministros revestidos de rodillas ante las víctimas no constituye un “desorden de la sagrada liturgia”; manifiesta, en realidad, el sentido más profundo de la liturgia: salir de ella renovados después de haber recibido el amor de Dios. Así sucedió cuando Jesús visitó a Zaqueo, el recaudador de impuestos que al convertirse comprendió que debía restituir lo despojado al pueblo, o como cuando cada Jueves Santo el celebrante, imitando a Jesús de rodillas, se inclina para lavar los pies a personas que representan a los discípulos, recordando que Dios mismo se abajó para mostrar el rostro amoroso del Padre en los crucificados de nuestra historia.

Obispos peruanos piden perdón de rodillas en Catacaos por despojo, criminalización y hostigamiento ligados al Sodalicio
Familiares de las víctimas

Inclinarse ante el pobre y el que sufre es testimoniado, incluso, por los papas como Paulo VI o Juan Pablo II, que solían besar la tierra bendita de los pueblos que visitan. O del propio Francisco, que besó los pies de los líderes de Sudán del Sur para rogarles que mantuvieran el acuerdo de paz y evitaran una nueva guerra civil.

De esta manera, la Iglesia Católica en el Perú ha retomado un camino de conversión y reparación frente a los execrables abusos de quienes, tentados por el “dios dinero”, y amantes del poder de dominio, antepusieron intereses corporativos y permitieron el derramamiento de sangre inocente. Solo Dios devolverá la vida a los caídos, pero esta actitud de “anonadamiento” ha sembrado una semilla de reconciliación que nos recuerda que los puestos jerárquicos en la Iglesia están para servir y no para ser servidos.

Este principio de responsabilidad y restitución adquiere una urgencia vital de cara al complejo panorama político y social que atraviesa el Perú. Cuánta falta hace que nuestras autoridades políticas reconozcan sus errores y enmienden todo el daño causado por leyes que vulneran los derechos humanos y el bien común: desde las normas que promueven la impunidad en crímenes de lesa humanidad, hasta la ley antiforestal que depreda la Amazonía favoreciendo las actividades ilegales, promoviendo normas que obstaculizan la lucha contra el crimen organizado o las reformas que afectan la calidad universitaria.

En estos casos, el perdón dado o recibido implica una eficaz restitución; el perdón no es un ejercicio espectacular para las pantallas ni para el cálculo de quienes aspiran un lugar en el poder. Estamos llamados a ver más allá de toda mezquindad y propiciar el bien común del pueblo peruano.

Esta necesidad de justicia y reconciliación en el norte del país es una realidad que la Santa Sede sigue de cerca, y que el propio León XIV conoce muy bien tras haber dedicado más de treinta años de su vida pastoral en nuestra patria.

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