Durante siglos, Ancocagua existió solo en las páginas de dos crónicas coloniales: un templo sagrado del Imperio Inca, sede de un antiguo oráculo, rico en oro y plata, y escenario de una batalla tan brutal que sus últimos defensores eligieron lanzarse al vacío antes de rendirse a los españoles. Nadie sabía dónde estaba. Ahora, un sitio arqueológico en la provincia cusqueña de Espinar —conocido como T’aqrachullo o María Fortaleza— podría ser la respuesta a ese enigma de 500 años, y un reportaje de la revista National Geographic lo convirtió en noticia mundial.
El hallazgo que cambió todo
La historia moderna de T’aqrachullo comenzó a reescribirse una mañana de septiembre de 2022, cuando el arqueólogo Dante Huallpayunca raspaba tierra dentro de un recinto de piedra en la meseta. Uno de sus asistentes gritó desde un rincón cercano: “¡Jefe! ¡Encontramos algo!” Huallpayunca se rió al principio —su equipo había estado bromeando sobre descubrir un tesoro— pero cuando se dio la vuelta vio el inconfundible destello del oro.
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Lo que emergió del suelo ese día fue un depósito con casi 3.000 lentejuelas de oro, plata y cobre, envueltas en cuero de camélido y cubiertas con restos de pelo animal, enterradas durante más de 500 años. Los análisis posteriores determinaron que databan de inicios del siglo XVI y formaban parte de ornamentos ceremoniales de la élite incaica. “Muchos arqueólogos jamás encuentran algo así en toda su carrera”, declaró Huallpayunca a National Geographic.
El hallazgo transformó por completo el alcance del proyecto de excavación que el Ministerio de Cultura del Perú venía desarrollando desde 2019. Lo que hasta entonces parecía un sitio arqueológico secundario reveló casi 600 estructuras: viviendas, tumbas, santuarios, fuentes ceremoniales y espacios funerarios que apuntan a un centro político, económico y religioso de primer orden dentro del Tahuantinsuyo.
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Tres décadas de exploración: de los pastizales al templo
La historia de T’aqrachullo no comenzó en 2022. En 1990, el sitio era poco más que un pastizal. Los agricultores apacentaban alpacas entre las ruinas y cultivaban papas sobre los cimientos incas. El recinto donde Huallpayunca encontraría el oro servía de corral.
Fue la arqueóloga Alicia Quirita, profesora de la Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco y oriunda de la zona, quien visitó T’aqrachullo por primera vez como estudiante universitaria junto a su colega Maritza Candia. Ambas recorrían en bicicleta los sitios arqueológicos no documentados de la región para su tesis. En T’aqrachullo, Quirita encontró algo inesperado: junto a los artefactos incas, fragmentos de cerámica de los Wari, una civilización que precedió a los incas y que en ese momento no se creía que hubiera llegado tan al sur. “El material que encontramos en la superficie era fantástico”, recuerda.
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Poco después, Quirita fue presentada al arqueólogo estadounidense y explorador de National Geographic Johan Reinhard, especialista en religión inca, quien llevaba años rastreando la ubicación de Ancocagua. Reinhard conocía el sitio por una mención en la Crónica del Perú de 1553 del conquistador Pedro Cieza de León, que lo describía como uno de los cinco templos más importantes del Imperio Inca. Tras visitar T’aqrachullo en 1994, Reinhard quedó convencido de que la geografía coincidía con las descripciones coloniales y en 1998 publicó un artículo en la revista Andean Past identificando el sitio como “uno de los más enigmáticos de toda la literatura colonial”.
Quirita, sin embargo, mantuvo el escepticismo durante décadas.
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El templo, las armas y el misterio de los españoles
En 2023, el arqueólogo Emerson Pereyra, director de la excavación y veterano de 12 años en Machu Picchu, descubrió los cimientos de lo que el equipo identificó como un gran templo. La estructura había sido construida en etapas, la más antigua de hace unos 2.000 años, lo que confirma que el sitio fue utilizado no solo por los incas, sino también por los pueblos Qolla y Wari anteriores, en línea con lo que Cieza de León describía al llamar al templo de Ancocagua “muy antiguo y muy venerado”.
Dentro del templo, el equipo encontró una fuente ceremonial con pepitas de oro incrustadas en la mampostería, y una tumba Wari con figurillas de llamas y pumas elaboradas en oro y en crisocola, el mineral azul verdoso. “Nunca vi nada en Machu Picchu comparable a lo que hemos encontrado en T’aqrachullo”, afirmó Pereyra. “Es asombroso”.
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La excavación también reveló evidencias de conflicto: depósitos de proyectiles esféricos de piedra, puntas de lanza de obsidiana y esqueletos con señales de lesiones violentas. Pereyra encontró además que el único camino hacia la meseta estaba bloqueado por entre dos y tres metros de roca. Lo que al principio parecía un derrumbe natural, hoy se interpreta como un sabotaje deliberado de los propios incas para impedir el acceso español.
Lo que Pereyra no encontró, en cambio, fue evidencia de presencia española en el sitio. Si T’aqrachullo es Ancocagua, ¿acaso los conquistadores saquearon el lugar sin dejar rastro? ¿O fueron los propios incas quienes destruyeron su asentamiento para negárselo al ddinvasor? La pregunta permanece abierta.
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La recuperación de una narrativa propia
La excavación de Pereyra concluyó en 2024, habiendo examinado poco más de la mitad del sitio. El resto de T’aqrachullo permanece intacto, reservado para investigadores futuros con nuevas tecnologías. El Ministerio de Cultura trabaja hoy en la restauración del conjunto para recibir turistas, y en diciembre de 2024 el sitio fue habilitado oficialmente para la visita pública.
El pasado noviembre, Reinhard, de 82 años, y Quirita, de 59, visitaron T’aqrachullo juntos por primera vez desde 1994. Mientras caminaba entre las estructuras recién excavadas, la opinión de Quirita comenzó a cambiar. “La evidencia está aquí”, dijo, mirando el sitio ceremonial en terrazas. “Estamos en el templo”.
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Para Quirita y Pereyra, el valor más profundo de T’aqrachullo no es resolver el enigma de Ancocagua, sino el hecho de que —a diferencia de los “descubrimientos” del siglo XIX y XX de otros sitios sagrados incas— este trabajo fue realizado por investigadores peruanos. Gran parte de la historia de los incas, que no tenían sistema de escritura conocido, fue narrada por los colonizadores que los desplazaron. Con cada nuevo hallazgo en T’aqrachullo, un fragmento de esa narrativa es recuperado por quienes descienden de quienes la vivieron.
“Los estamos ayudando a recuperar su cultura y su identidad”, afirma Pereyra, quien organiza regularmente encuentros con las comunidades que viven a la sombra de la meseta para compartir los descubrimientos con ellas.
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