Invesment screening: los fantasmas han vuelto

En términos sencillos, es un mecanismo mediante el cual un Estado revisa inversiones extranjeras antes o después de ejecutarse para evaluar si afectan su seguridad nacional o su interés público

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Mano con billetes de 100 dólares que caen
El Banco Central de Reserva explica la situación del dólar en el mercado internacional. ¿Cómo se comportó la moneda en enero? - Crédito AFP

En los últimos meses se ha reabierto el debate sobre si se debe filtrar la inversión extranjera directa (IED), lo que en la literatura se suele llamar investment screening. Como siempre, el debate deja de ser técnico para dar pie a lo político y, en algunos casos, a lo geopolítico. Y esto cambia el terreno para las empresas peruanas que han comenzado a internacionalizarse con mayor agresividad en la última década.

Comencemos por definir algunos conceptos brevemente. Una multilatina es, en términos simples, una empresa latinoamericana con operaciones relevantes fuera de su país de origen. No se trata solo de exportar; implica invertir, adquirir activos o construir operaciones en otros mercados de la región o fuera de ella. Estas empresas han crecido al amparo de flujos de inversión extranjera directa.

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De otro lado, la inversión extranjera directa (IED) es capital que cruza fronteras con vocación de permanencia. Puede adoptar dos formas principales: i) la adquisición de empresas existentes y ii) la inversión greenfield, que crea operaciones desde cero. Ambas han sido claves para América Latina, donde la inversión externa ha superado en varios momentos el 3 % del PIB regional, lo que refleja su rol como fuente de financiamiento y transferencia tecnológica.

Aquí aparece el nuevo elemento: el investment screening. En términos sencillos, es un mecanismo mediante el cual un Estado revisa inversiones extranjeras antes o después de ejecutarse para evaluar si afectan su seguridad nacional o su interés público. Es un filtro discrecional que se ha venido expandiendo desde hace décadas. Hoy, al menos 37 países han creado marcos regulatorios para revisar inversiones bajo criterios de seguridad. Esta tendencia se acelera tras crisis globales y eventos geopolíticos recientes. Ya no solo se revisan sectores tradicionales como defensa o energía, sino también datos, tecnología y telecomunicaciones.

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América Latina llegó un poco tarde a esta discusión, pero está entrando con rapidez. El caso más reciente, el chileno, es ilustrativo: se ha retomado el debate tras operaciones concretas en sectores eléctricos y de infraestructura, donde actores extranjeros adquirieron posiciones dominantes. A partir de allí, se plantea un proyecto para crear un mecanismo formal de revisión. Y este no es un caso aislado. Brasil ha discutido restricciones sectoriales y México ha coordinado con Estados Unidos nuevas reglas.

El trasfondo de la preocupación es que la región depende de la inversión extranjera para cerrar brechas en infraestructura, tecnología y capital. Pero esa dependencia genera tensiones, sobre todo en sectores como minería, energía o telecomunicaciones, donde el control extranjero puede traducirse en influencia económica o política.

Aquí aparece el punto incómodo para el Perú. Hemos construido nuestro modelo de crecimiento sobre la apertura a la inversión, con un marco regulatorio históricamente permisivo y predecible. Esto ha sido una ventaja, pero también implica que las empresas peruanas no han internalizado plenamente el costo regulatorio de operar en entornos más restrictivos.

¿Qué ocurre cuando otros países comienzan a endurecer sus filtros?

El primer riesgo es la incertidumbre. Los mecanismos de screening suelen ser amplios en su definición e incorporan conceptos como “seguridad nacional” o “interés público”, los cuales no siempre están delimitados. Esto abre espacio a decisiones discrecionales. Por ello, las empresas peruanas que busquen adquirir activos estratégicos pueden enfrentar retrasos, condiciones adicionales o bloqueos.

El segundo riesgo es reputacional. El origen del capital comienza a importar más. Algunos regímenes evalúan si el inversionista tiene vínculos con Estados, sectores sensibles o estructuras de control complejas. Una multilatina peruana con financiamiento internacional o con socios extranjeros puede ser objeto de mayor escrutinio.

El tercer riesgo es financiero, ya que cada proceso de revisión implica costos legales, tiempos muertos y, en algunos casos, rediseño de operaciones. Esto reduce la rentabilidad esperada de la inversión. Más aún, en mercados donde la competencia es alta, estos costos pueden ser decisivos.

El cuarto riesgo es estratégico. Las multilatinas peruanas han crecido en sectores como construcción, servicios, retail o minería. Muchos de estos sectores están siendo reetiquetados como “estratégicos”, lo cual cambia las reglas de entrada. Lo que antes era una operación comercial ahora puede convertirse en una decisión política.

Hay un punto adicional que suele pasarse por alto: el screening no solo afecta la entrada de capital. También puede condicionar la salida. América Latina ha registrado más de 47 mil millones de dólares en inversión directa hacia el exterior en 2023. Ese flujo puede verse afectado si los países receptores endurecen sus controles.

La situación del screening parece ser un punto sin retorno, pues el diseño de estos mecanismos responde a tensiones estructurales entre apertura económica y seguridad. Entonces, el margen de acción está en la adaptación.

En primer lugar, las empresas peruanas deben incorporar el análisis regulatorio desde la etapa inicial de expansión. No como un trámite legal, sino como parte de la estrategia. Es necesario identificar sectores sensibles, umbrales de participación y criterios de revisión en cada país.

En segundo, es necesario sofisticar las estructuras de inversión. Vehículos transparentes, gobernanza clara y trazabilidad del capital reducen el riesgo de observaciones durante el screening.

Tercero, el Estado peruano tiene un rol pendiente. No para replicar mecanismos restrictivos, sino para negociar marcos de reciprocidad y acuerdos bilaterales que faciliten la inversión de sus empresas en el exterior. La ausencia de una estrategia de “seguridad económica” limita su capacidad de respuesta.

Finalmente, las propias multilatinas deben anticipar un cambio cultural. Durante años operaron en una región abierta, con reglas relativamente homogéneas. Eso ya no existe; hoy tenemos fragmentación.

Hay un punto que merece una pausa breve. ¿Puede América Latina restringir inversión sin afectar su crecimiento? La evidencia sugiere que el equilibrio es delicado. La región sigue dependiendo de capital externo para infraestructura, tecnología y desarrollo productivo. Endurecer demasiado los filtros puede desalentar esos flujos. Pero no hacerlo implica aceptar riesgos crecientes en sectores críticos. En ese sentido, el caso chileno es interesante, pues no solo se debe controlar la inversión, sino también cómo hacerlo sin perder atractivo.

Para el Perú, el desafío es doble: mantener su reputación como destino abierto y, al mismo tiempo, preparar a sus empresas para competir en mercados más cerrados.

Luis Mendiola
Luis Mendiola