
A las 12:57 del mediodía del martes 19 de mayo de 2026, el Instituto Geofísico del Perú (IGP) registró un sismo de magnitud 6.1 con epicentro a 41 kilómetros al sur de Ica y foco a 81 kilómetros de profundidad. En cuestión de minutos, las redes sociales se llenaron de una pregunta recurrente: ¿por qué en Ica fue tan brusco y en Lima tan ondulatorio? La respuesta está en cómo viajan las ondas sísmicas, qué les hace la distancia y qué tipo de suelo las recibe al final del camino.
El reporte técnico oficial del IGP, identificado como IGP/CENSIS/RS 2026-0290, estableció los parámetros del evento: intensidad máxima de grado VI en la escala de Mercalli en la zona epicentral, sin alerta de tsunami según la Dirección de Hidrografía y Navegación de la Marina de Guerra del Perú (DIHIDRONAV). A 294 kilómetros al norte, Lima Metropolitana sintió el mismo evento de una manera radicalmente distinta: un balanceo prolongado, lento y en algunos casos mareante que los ciudadanos describieron como movimiento ondulatorio.
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El presidente del IGP, Hernando Tavera, precisó que fue justamente la profundidad del foco la que determinó las características del movimiento. Al tratarse de un sismo relativamente profundo, generó ondas de tipo ondulatorio que se propagaron hasta la región de Arequipa, aunque en las zonas más alejadas del epicentro la percepción fue leve. En Lima, en cambio, los habitantes sintieron una sacudida de mayor intensidad. Tavera recomendó a la población adoptar medidas preventivas, prepararse ante posibles nuevos eventos sísmicos y mantener a la mano la mochila de emergencia.

El motor tectónico detrás del sismo
Perú se ubica en el margen occidental de la placa Sudamericana, dentro del Cinturón de Fuego del Pacífico, donde se concentra el 85% de la sismicidad mundial. La placa oceánica de Nazca subduce bajo el continente a una tasa de entre 7 y 8 centímetros por año, un proceso que genera la alta sismicidad peruana, la topografía andina y el vulcanismo del sur del país.
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La profundidad de 81 kilómetros clasifica el evento de Ica como un sismo de foco intermedio, originado en la zona de subducción de la placa de Nazca. A esa profundidad, las altas presiones y temperaturas del manto impiden la fractura frágil típica de la corteza superior. Los sismos en ese rango se originan por mecanismos como la deshidratación de minerales en la placa subducida, que libera fluidos a alta presión y permite el fallamiento repentino.
Qué es la magnitud y cuánta energía liberó el sismo de Ica
La magnitud sísmica no mide grados de calor ni de ángulo. Es una escala adimensional y logarítmica que cuantifica el tamaño físico de la ruptura y la energía mecánica liberada desde el foco. Por cada unidad entera que sube la escala, la amplitud de las ondas se multiplica por diez y la energía liberada aumenta aproximadamente 31,6 veces.
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Un sismo de magnitud 5.0 libera una energía equivalente a la bomba atómica de Hiroshima. Un evento de magnitud 6.0 radia treinta veces esa cantidad. El de Ica, con 6.1, liberó energía suficiente para que sus ondas superficiales mantuvieran amplitud perceptible a casi 300 kilómetros de distancia. La profundidad del foco, a su vez, amplió el radio de perceptibilidad: al ubicarse a 81 kilómetros bajo la superficie, los frentes de onda se abrieron en un ángulo más amplio antes de interceptar la corteza, extendiendo el territorio de influencia vibratoria hacia el norte.
Ondas P y S: los dos tipos de sacudida que genera una ruptura tectónica
Todo sismo irradia dos familias de ondas de cuerpo que viajan por el interior de la Tierra. Las ondas primarias (P) son las más veloces: avanzan entre 6 y 8 kilómetros por segundo y mueven las partículas del suelo en la misma dirección en que se propagan, generando compresiones y dilataciones sucesivas. Pueden atravesar sólidos, líquidos y gases, y en ocasiones producen un sonido grave perceptible segundos antes de la sacudida principal.
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Las ondas secundarias (S) viajan más despacio, entre 3,5 y 6 kilómetros por segundo, y desplazan las partículas de forma perpendicular a su dirección de avance. Solo se propagan en sólidos. Transportan mayor amplitud energética que las P y son la principal causa del daño estructural en el campo cercano al epicentro: su llegada sacude el terreno con un esfuerzo de corte transversal que agrieta muros de adobe y mampostería no reforzada en cuestión de segundos.

El origen físico del movimiento ondulatorio
Las ondas de cuerpo no explican por sí solas lo que sintieron los limeños. Cuando los frentes de onda P y S colisionan con la superficie terrestre, generan por interferencia constructiva un segundo tipo de perturbación: las ondas superficiales, que quedan confinadas a la epidermis del planeta y son las responsables del vaivén prolongado percibido en las ciudades alejadas del epicentro.
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Existen dos variedades. Las ondas de Love, descritas matemáticamente por Augustus Edward Hough Love en 1911, producen un desplazamiento lateral estricto, perpendicular a la dirección de avance de la energía: el suelo se mueve de lado a lado como el reptar de una serpiente. Las ondas de Rayleigh, cuya existencia predijo matemáticamente Lord Rayleigh en 1885, obligan a cada partícula a trazar una trayectoria elíptica en el plano vertical, combinando movimiento hacia adelante y hacia arriba en un rolido que evoca, superficialmente, el oleaje marino.
Ambos tipos de ondas superficiales viajan más despacio que las de cuerpo, entre 2,5 y 4,5 kilómetros por segundo, y son las últimas en llegar a los sismógrafos. Pero dominan el registro por su duración y amplitud. En Lima, ese tren tardío y prolongado de oscilaciones fue lo que los ciudadanos describieron como movimiento ondulatorio.
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Por qué no existen sismos exclusivamente trepidatorios ni ondulatorios
La distinción popular entre sismos trepidatorios y ondulatorios no describe una propiedad de la falla geológica ni del foco sísmico. Todo evento tectónico irradia simultáneamente el espectro completo de ondas en todas las direcciones. Lo que varía es la percepción humana, condicionada por tres variables: la frecuencia dominante de las ondas al momento del impacto, la distancia recorrida desde el foco y el tipo de suelo sobre el que se encuentra el observador.
En la zona aledaña al epicentro iqueño, el paquete de energía llegó con su espectro de frecuencias intacto. Las ondas de alta frecuencia predominaron y generaron oscilaciones bruscas, erráticas y de alta aceleración: la trepidación. A medida que esa energía viajó hacia el norte, la Tierra actuó como un filtro de paso bajo: las frecuencias altas se disiparon por fricción interna entre los granos de roca, mientras que las bajas frecuencias, de mayor longitud de onda, sobrevivieron al recorrido. Lima recibió únicamente ese residuo de bajas frecuencias, materializado en las ondas Love y Rayleigh de largo periodo. La trepidación original había desaparecido.
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Cómo el suelo de Lima amplifica los sismos lejanos
La distancia explica la purificación espectral, pero no alcanza para explicar por qué un sismo a 294 kilómetros generó alarma generalizada en la capital. Esa respuesta exige considerar los efectos de sitio: la amplificación que producen los suelos blandos sobre las ondas sísmicas al reducir bruscamente su velocidad de propagación.

Cuando una onda sísmica transita desde el basamento rocoso profundo hacia capas de sedimentos blandos, su velocidad cae de forma abrupta. Para conservar el flujo de energía, la amplitud de vibración aumenta de manera proporcional. Los depósitos finos actúan como un amplificador resonante: la onda no se atenúa, sino que crece.
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Lima es una ciudad construida sobre suelos radicalmente distintos entre sí. El Centro Histórico y distritos como San Isidro o Miraflores descansan sobre conglomerados aluviales compactos de grava, que transmiten las ondas con poca perturbación. Vastas zonas periféricas, como Ventanilla, Villa El Salvador o parte de Carabayllo, están asentadas sobre dunas eólicas sueltas, depósitos marinos finos o arenas con alto contenido de agua subterránea. El Centro Peruano Japonés de Investigaciones Sísmicas y Mitigación de Desastres (CISMID) ha documentado esta heterogeneidad en mapas de microzonificación que dividen la ciudad en zonas con respuestas sísmicas muy distintas.
Cuando el 19 de mayo el tren de ondas superficiales de Ica ingresó a los bolsones sedimentarios del norte y sur de Lima, la sintonía entre el periodo de las ondas entrantes y la frecuencia natural de oscilación de esos suelos desató un proceso de resonancia por efecto de sitio. El resultado fue un balanceo amplificado, prolongado e intenso que en las zonas sobre roca fue apenas perceptible.

Por qué los edificios altos son más vulnerables al movimiento ondulatorio
El cambio en el contenido frecuencial del sismo tiene consecuencias directas sobre las estructuras. Las viviendas bajas de adobe o mampostería son sistemas rígidos con periodos naturales de vibración inferiores a 0,3 segundos. En el campo cercano, las ondas de alta frecuencia del sismo trepidatorio coinciden con ese periodo y generan resonancia estructural: las paredes se agrietan en segundos. En Lima, esas mismas estructuras bajas no resonaron con las ondas de largo periodo del campo lejano, lo que explica la ausencia de daño en la capital.
Los edificios altos presentan el riesgo opuesto. Un rascacielos de veinte pisos tiene un periodo natural de oscilación de aproximadamente dos segundos. Las ondas superficiales que llegaron a Lima tras el sismo de Ica portaban periodos similares. Cuando ambas frecuencias coinciden, la estructura acumula desplazamientos laterales crecientes en cada ciclo, un fenómeno de resonancia que puede superar los límites de diseño. El 19 de mayo, mientras los peatones describían un movimiento suave en el asfalto, en los pisos altos de las torres de San Isidro las computadoras se desplazaron sobre los escritorios y los protocolos de evacuación se activaron.
El mito de que los sismos frecuentes previenen un gran terremoto
Tras cada evento moderado en el sur del país, circula la idea de que los temblores recurrentes liberan la tensión acumulada en las placas y reducen el riesgo de un megaterremoto. Tavera ha refutado esa premisa con datos matemáticos precisos: para equiparar la energía de un sismo de magnitud 8.0, la falla tectónica debería producir de forma continua más de un millón de eventos de magnitud 4.0, o más de mil sismos de magnitud 6.0 como el de Ica. La escala logarítmica hace esa equivalencia imposible en términos prácticos. Los temblores moderados no drenan la tensión acumulada: son la manifestación del mismo proceso de fricción que la genera.
Lima no ha experimentado un gran sismo de subducción desde 1746, cuando un terremoto y el tsunami posterior devastaron la ciudad. El silencio sísmico en la costa central no es una señal de alivio. Es la acumulación de casi tres siglos de tensión no liberada en la interfaz entre la placa de Nazca y la placa Sudamericana. Los mapas de acoplamiento sísmico del IGP y organismos internacionales señalan esa franja costera como una de las zonas de mayor potencial sísmico del continente. Ante ese escenario, Tavera insistió en la necesidad de que cada familia cuente con una mochila de emergencia lista y conozca los protocolos básicos de actuación ante un sismo.
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