De natura belli

Los datos históricos demuestran que la razón humana ha reflexionado sobre este fenómeno extraño, doloroso, contradictorio, estresante

Guardar
Ilustración en acuarela: Un soldado con casco y mochila dispara un rifle agachado tras un muro. Explosiones de fuego y humo iluminan el fondo con colores vivos.
Una vibrante ilustración en acuarela muestra a un soldado disparando un rifle, agachado tras un muro derruido, mientras explosiones y fuego iluminan el campo de batalla con colores vivos. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La guerra es tan antigua como la humanidad misma. Esta afirmación puede tener matices filosóficos y ontológicos en la medida en que entenderíamos a la guerra como una entidad distinta y paralela a la naturaleza humana. Nada más errado. La guerra es un producto o una consecuencia de las acciones humanas erradas y dispersas de las sendas de la razón o colmadas por la hybris o desmesura.

Así como el cosmos, la naturaleza, la vida o la existencia han sido tópicos del quehacer filosófico, la guerra también ha formado parte del corpus del pensamiento. Desde las referencias homéricas a la legendaria guerra de Troya pasando por los principios de los milesios (Tales, Anaxímenes y Anaximandro) y del viejo Heráclito hasta las primeras teorizaciones aristotélicas en su libro la Política y la visión historiográfica de Tucídides. El imperio romano también tuvo en Cicerón, autor del “De Officiis”, a uno de los teóricos de la natura belli más connotados antes de la aparición del cristianismo. San Agustín de Hipona, en cambio, no solo reconoce la naturaleza de la violencia desmedida en los campos de batalla, sino que ensaya una teoría sobre las causas justas de la guerra (de causa belli), en su magna obra, la Ciudad de Dios, acaso uno de los más grande tratados de teoría política y de teología de la historia que se haya escrito en Occidente. Precisamente, en esta monumental obra, el santo de Hipona articula una serie de principios que permiten articular con serenidad las causas justas que un grupo humano debería aludir para iniciar una guerra contra otro grupo humano.

PUBLICIDAD

Esta tradición ha continuado en el Occidente latino hasta el siglo XVI, cuando el descubrimiento de América y la ocupación del Nuevo Mundo encendió nuevamente apasionados debates a favor o en contra de la guerra. Destacan autores como Francisco de Vitoria, autor de las famosas “Relectiones”, Juan Ginés de Sepúlveda, autor del “Democrates alter”, Bartolomé de las Casas, autor del “De unico modo”, entre otros. Lo cierto, es que esta centuria representó para Occidente acaso uno de los momentos más delicados en cuestiones bélicas y geopolíticas: por el oriente, la amenaza turca representaba un peligro que se cernía por los campos austriacos y bohemios; por el occidente, la inestabilidad del proceso de incorporación de América a las coronas imperiales (España, Portugal, Francia, Gran Bretaña) amenazaba no solo el estallido de una guerra, sino la agudización (acaso mortal) de las fragmentaciones que habían acometido breve tiempo atrás por Martín Lutero.

Los datos históricos demuestran que la razón humana ha reflexionado sobre este fenómeno extraño, doloroso, contradictorio, estresante. Un fenómeno inevitable, que nos sofoca, nos preocupa, nos conduce a nuestros límites. Después de todo, personas sensatas han racionalizado estrategias para evitarlo a toda costa, personas que incluso en nuestra caótica época siguen racionalizando lo irracional.

PUBLICIDAD

Imagen AWRG7MWPWFHT7PS5G6P4Z64PRQ