El emprendimiento que alimenta al país

La cocina como punto de partida del emprendimiento también refleja una economía donde el autoempleo es, muchas veces, más una necesidad que una elección

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(Imagen Ilustrativa Infobae)
(Imagen Ilustrativa Infobae)

En el Perú, una gran parte del emprendimiento no nace en oficinas ni con planes de negocio estructurados. Nace en cocinas. En espacios pequeños donde una receta se convierte en ingreso diario y donde miles de personas encuentran una forma concreta de sostenerse y salir adelante. Lo que parece cotidiano es, en realidad, una de las expresiones más claras de cómo se mueve la economía del país desde su base.

El crecimiento de estos emprendimientos —que han aumentado en 64% desde 2022— refleja una tendencia clara: para muchos peruanos, emprender empieza por aquello que tienen más a la mano. La cocina ofrece una barrera de entrada relativamente baja, un conocimiento muchas veces heredado y una demanda constante. Comer es una necesidad diaria, y eso convierte a la gastronomía en una de las puertas más accesibles hacia la generación de ingresos.

Este dinamismo no es menor. La actividad de restaurantes en el país mantiene una tendencia de crecimiento sostenido, con incrementos como el 5,97% registrado en enero de 2026, según el INEI. Esto confirma que no se trata de un fenómeno aislado, sino de un sector que sigue expandiéndose y adaptándose al consumo cotidiano.

Sin embargo, ver este fenómeno únicamente como una oportunidad sería incompleto, pues también refleja que muchas personas emprenden ante la falta de empleo formal. La cocina como punto de partida del emprendimiento también refleja una economía donde el autoempleo es, muchas veces, más una necesidad que una elección. Detrás de cada menú del día o cada pedido que sale desde casa, hay una lógica de subsistencia que convive con el esfuerzo por crecer.

Aun así, su impacto es innegable. Estos emprendimientos no solo alimentan a millones de personas todos los días; también sostienen dinámicas económicas enteras. Activan cadenas de valor que incluyen proveedores, mercados y transporte.

El concepto de “alimentar al país” cobra así una doble dimensión: es literal, pero también económico y social, porque permite que miles de familias generen ingresos y encuentren un camino de progreso. No obstante, este crecimiento convive con una fragilidad estructural. La alta informalidad, los ingresos variables y las dificultades para acceder a financiamiento o capacitación hacen que muchos emprendimientos operen en un equilibrio precario. Crecer no siempre significa consolidarse.

El gran reto no está solo en incentivar nuevos emprendimientos, sino en generar condiciones para que los existentes puedan sostenerse y crecer. Porque, al final, en cada cocina que se enciende todos los días no solo se preparan alimentos, se construyen oportunidades; y esas oportunidades son las que, silenciosamente, siguen alimentando al Perú.

Alessandra Dentone