
Las vacaciones de verano suelen venderse como una pausa necesaria. Más horas libres, menos presió+n académica, menos rutinas. Pero para miles de adolescentes en el Perú, esa misma combinación se convierte en el escenario perfecto para que emerjan —o se profundicen— conductas de riesgo que pasan desapercibidas hasta que el daño ya está hecho.
El problema no es el verano en sí. Es lo que ocurre cuando el tiempo libre se combina con ausencia de límites, hiperconexión digital y adultos que llegan tarde a la conversación.
Las cifras ayudan a dimensionar el escenario. Según datos del Ministerio de Salud, casi 6 de cada 10 adolescentes entre 12 y 18 años reportan consumo de alcohol, con más de 43.000 atenciones registradas en 2024 y un aumento cercano al 10 % frente al año anterior. A eso se suma un dato menos visible pero igual de preocupante: entre el 29 % y el 36 % de los adolescentes presenta dificultades emocionales o conductuales, muchas veces normalizadas como “etapas” o “rebeldía”.
En diálogo con Infobae, la psicóloga clínica Valeria Sarria y el psicoterapeuta Alfredo Miró-Quesada, especializados en salud mental adolescente y fundadores de ALIVIA, advierten que el error más frecuente es mirar cada conducta de riesgo como un problema aislado. “Alcohol, pantallas, comida o conductas compulsivas no son el problema de fondo. Son distintas formas de intentar regular emociones que el adolescente no sabe manejar”, explica Sarria.

El tiempo libre no estructura: expone
Durante el año escolar, la agenda impone orden. Horarios, responsabilidades, supervisión indirecta. En vacaciones, esa estructura desaparece de golpe. Y lo que queda es un adolescente con más horas de autonomía de las que puede gestionar.
“No es que los chicos ‘se porten peor’ en verano”, advierte Alfredo Miró-Quesada. “Es que tienen más espacio para que aparezcan conductas que ya estaban latentes. El problema es que los adultos solemos reaccionar cuando el síntoma ya es grave”.
Ese síntoma puede adoptar muchas formas: consumo temprano de alcohol, uso excesivo de pantallas, aislamiento social, irritabilidad constante, cambios bruscos de humor o apatía total.
“Estas señales suelen minimizarse con frases conocidas: ‘ya se le va a pasar’, ‘es la edad’, ‘todos hacen lo mismo. Ese es uno de los mitos más peligrosos. No todo es etapa. Hay adolescentes deprimidos que funcionan, van al colegio, salen con amigos y aun así están profundamente mal”, advierte la psicóloga clínica Valeria Sarria.

Sarria aclara que reconocer señales de alerta no implica patologizar la adolescencia. “Es una etapa donde aparecen cambios hormonales, mayor necesidad de independencia y nuevas formas de vincularse. Eso es normal y esperable”, explica. El problema surge cuando esos cambios no encuentran acompañamiento adulto y el proceso de adaptación se vuelve confuso tanto para los hijos como para los padres.
En ese punto, buscar apoyo profesional no significa que la crianza esté fallando. “Muchas veces los padres no saben cómo acompañar, cómo hablar o cómo leer ciertas conductas. Y eso no los hace malos padres, los hace humanos”, señala.
La especialista pone un ejemplo cotidiano: el rechazo al contacto físico. “Que un adolescente ya no quiera dar besos o abrazos suele generar angustia en los padres, que lo viven como rechazo y se alejan. Cuando en realidad es parte del crecimiento. Ahí lo importante no es retirarse, sino hablar: preguntar qué está pasando, validar ese cambio y, al mismo tiempo, sostener el vínculo. Decirle: está bien que estés creciendo, pero sigo siendo tu mamá y seguimos necesitando momentos de cercanía”.

Pantallas, dopamina y frustración cero
Uno de los ejes más críticos del verano es el uso desregulado de pantallas. No como entretenimiento ocasional, sino como mecanismo central de regulación emocional.
“El cerebro adolescente está en plena formación. Cuando todo estímulo es inmediato —likes, videos, juegos— se entrena muy poco la tolerancia a la frustración”, explica Miró-Quesada. “Después, cualquier límite externo se vive como una agresión”.
Ese déficit no es menor. La frustración mal gestionada aparece luego en forma de explosiones de ira, consumo, ansiedad o retraimiento. “Muchos padres creen que el problema es el celular. En realidad, el celular solo revela una dificultad previa para manejar el malestar”, agrega la psicóloga clínica Valeria Sarria.
El riesgo aumenta cuando las pantallas reemplazan conversaciones incómodas, silencios necesarios o presencia adulta real. “La ausencia no siempre es física. A veces los padres están, pero no están disponibles emocionalmente”, señalan.

Alcohol temprano: una señal que no se puede ignorar
El consumo de alcohol en adolescentes sigue siendo uno de los grandes puntos ciegos. Normalizado socialmente, minimizado en casa, tolerado como rito de paso.
“El consumo temprano no es inocuo”, advierte Miró-Quesada. “Es un predictor claro de problemas de adicción en la adultez, especialmente cuando aparece como forma de evasión emocional”.
En vacaciones, el acceso se facilita: fiestas, reuniones, menor supervisión. “Muchos padres prefieren mirar a otro lado mientras ‘no pase nada grave’. El problema es que el daño no siempre es inmediato, pero sí acumulativo”, dice Sarria.
Cuando intervenir ya es tarde
Uno de los puntos más duros que repiten los especialistas es este: la mayoría de las familias consulta cuando el problema ya escaló. Consumo instalado, aislamiento profundo, crisis emocionales severas.
“La prevención sigue siendo la gran deuda”, sostienen. “Llegamos tarde porque confundimos acompañar con controlar, y hablar con interrogar”.

Hablar de límites, alcohol, drogas o pantallas no es un evento puntual. Es un proceso continuo. “No se trata de dar discursos, sino de construir vínculos donde el adolescente pueda hablar sin miedo a ser juzgado”, explica Valeria Sarria.
Señales que no conviene minimizar
Uno de los errores más frecuentes en vacaciones es esperar a que ocurra algo “grave” para recién actuar. En salud mental adolescente, esa espera suele jugar en contra. Las conductas de riesgo no aparecen de golpe: se anuncian, cambian el clima emocional de la casa y alteran rutinas que antes parecían estables.
“El problema no es que los adolescentes no avisen. Avisan todo el tiempo, pero en un idioma que los adultos muchas veces no quieren o no saben leer. Cambian su forma de relacionarse, se desconectan emocionalmente, se vuelven más irritables o más apáticos. Y eso se suele justificar como ‘parte de la edad’”, explica el psicoterapeuta Alfredo Miró-Quesada.
Miró-Quesada subraya que el verano amplifica estas señales porque elimina los límites externos que, durante el año, las contenían. “Cuando no hay horarios ni obligaciones, lo que estaba más o menos regulado se desregula. Y ahí los síntomas se vuelven más evidentes”.

Entre las principales alertas que no deberían minimizarse, sobre todo si se sostienen en el tiempo o aparecen juntas, están:
- Cambios bruscos de humor o conducta.
- Aislamiento persistente o rechazo al entorno familiar.
- Irritabilidad constante o apatía generalizada.
- Alteraciones marcadas del sueño.
- Uso compulsivo de pantallas como única actividad placentera.
- Mentiras recurrentes o necesidad excesiva de ocultar lo que hace.
“No es una lista para entrar en pánico, pero tampoco para mirar al costado”, aclara Miró-Quesada. “Cuando varias de estas señales se repiten, no estamos frente a una simple etapa, sino frente a un adolescente que no está pudiendo gestionar lo que le pasa”.

Prevenir no es vigilar, es acompañar
Desde ALIVIA, el foco está puesto en trabajar con las familias antes de que el conflicto explote. No desde el control, sino desde herramientas concretas: talleres psicoeducativos, estrategias de comunicación y fortalecimiento del vínculo.
“Los adolescentes no necesitan padres policías. Necesitan adultos disponibles, claros y coherentes”, resume Valeria Sarria. “El verano puede ser una oportunidad para reconstruir vínculos, pero solo si los adultos están dispuestos a involucrarse de verdad”.
Como afirman los especialistas, las vacaciones no son el problema. El problema es dejar a los adolescentes a la deriva. Porque cuando nadie acompaña, el riesgo no descansa.
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