
El envío parecía inofensivo. Un paquete común, de esos que cruzan el Atlántico todos los días, salió desde Lima con destino a una dirección en Roquetas de Mar, en la provincia de Almería, en España. En el manifiesto no había nada fuera de lo normal: discos de vinilo. Música. Cultura. Pero detrás de esas carátulas negras viajaba otra cosa. Casi 900 gramos de cocaína, cuidadosamente prensados y ocultos en 30 planchas escondidas en las fundas de 15 discos.
La operación terminó con tres personas, entre ellos un peruano, condenadas a cinco años y un día de prisión tras aceptar su responsabilidad en un juicio celebrado esta semana en la Audiencia Provincial de Almería. El fallo ya es firme. Además de la pena de cárcel, cada uno deberá pagar una multa de 60 mil euros (71 mil dólares). La posible expulsión del territorio español quedó pendiente para la fase de ejecución de la sentencia.
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El paquete que activó las alarmas en un aeropuerto español
El caso se destapó el 3 de enero del año pasado, en el Aeropuerto de Alicante-Elche Miguel Hernández. Agentes de Aduanas de la Guardia Civil, en medio de tareas rutinarias de análisis de riesgo, detectaron un envío que no cuadraba. El paquete había salido del Aeropuerto Jorge Chávez de Perú y presentaba indicios compatibles con un sistema de ocultamiento. No era la primera vez que se encontraban con algo así.

Decidieron someterlo a un escáner de rayos X. La imagen confirmó las sospechas: el interior mostraba irregularidades propias de un doble fondo. Al abrirlo, encontraron 25 discos de vinilo. En 15 de ellos, las carátulas escondían las 30 planchas de cocaína, con un peso total de 897,5 gramos y una pureza del 88 %. En el mercado negro europeo, la droga habría alcanzado un valor cercano a los 33 mil euros (unos 39 mil dólares).
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Con la droga incautada, los investigadores solicitaron autorización judicial para avanzar un paso más y seguir el recorrido del envío hasta sus destinatarios finales.
La entrega vigilada y el operativo encubierto
La Guardia Civil optó por una entrega vigilada. La cocaína fue sustituida por una sustancia inocua y el Equipo de Delincuencia Organizada y Antidroga (EDOA) montó el operativo. El objetivo era claro: identificar a todos los implicados y probar la coordinación entre ellos.

Un policía se infiltró como repartidor, con uniforme y vehículo similares a los de la empresa de mensajería. Otros efectivos se desplegaron en puntos estratégicos alrededor del domicilio de entrega, atentos a cualquier movimiento sospechoso.
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A las 11:12 de la mañana, cuando el falso repartidor llegó a la zona, los investigadores confirmaron que no se trataba de una entrega más. Los tres acusados ya estaban en las inmediaciones. Dos de ellos realizaban labores de vigilancia, atentos al entorno. El tercero figuraba como destinatario del paquete.
El agente llamó al teléfono consignado. Uno de los procesados atendió, se identificó como receptor y avisó que se encontraba cerca. Minutos después apareció, recogió el paquete y firmó la nota de entrega. No llegó a dar un solo paso más. Fue detenido en ese mismo instante, con el envío en su poder.
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Intento de fuga, detenciones y la condena final

Los otros dos implicados, al percatarse de la intervención policial, intentaron huir de la zona. La maniobra fue breve. Agentes de la Guardia Civil los persiguieron y los detuvieron pocos minutos después en calles cercanas.
La investigación permitió establecer que los tres actuaron de forma coordinada para introducir la droga en España y distribuirla en el mercado ilícito. Todos se encontraban en situación regular en el país y eran originarios de Colombia y Perú. Para gestionar el envío y la recepción del paquete utilizaron los datos de un cuarto hombre, cuya posible implicación fue descartada tras las pesquisas.
Inicialmente, la Fiscalía solicitaba penas más duras: ocho años de prisión y multas de hasta 80.000 euros (unos 95 mil dólares) por un delito agravado contra la salud pública. Sin embargo, el acuerdo alcanzado entre las defensas y el Ministerio Público eliminó el subtipo agravado, lo que redujo la condena final. Los acusados optaron por reconocer los hechos y cerrar el proceso judicial.
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El caso vuelve a poner bajo la lupa las rutas del narcotráfico que parten desde América Latina y utilizan envíos postales como vía de ingreso a Europa. Objetos cotidianos convertidos en escondites, paquetes que buscan pasar desapercibidos y una logística diseñada para no levantar sospechas. Esta vez, el método falló. El paquete no llegó a su destino y el vinilo terminó siendo la portada de una historia policial que cruzó el océano.
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