
En el registro público de la UNESCO, el ciclo de evaluación correspondiente a 2025 abrió un nuevo capítulo para diversas comunidades que buscan reconocimiento internacional. La información difundida por la propia organización describe un proceso minucioso, sujeto a criterios de transparencia y revisión técnica. Dentro de ese listado aparece Perú, que figura con la candidatura de la Sarawja, música y danza aimara de los distritos de Cuchumbaya, San Cristóbal y Carumas, en Moquegua.
El organismo internacional indicó que los casos examinados en 2025 reúnen expedientes para distintas listas y registros. A esto se suma que el proceso se desarrolla conforme a las disposiciones contenidas en las Directrices Operativas y decisiones previas del Comité. En su sitio oficial, la institución señala: “La tabla que figura a continuación agrupa los expedientes que están siendo examinados por la Secretaría de la Convención de 2003 en el ciclo de 2025 y que serán examinados por el Comité en su vigésima sesión en diciembre de 2025”. Cada expediente publicado se incorpora con la responsabilidad exclusiva del Estado que envía la candidatura, según lo puntualizado por la entidad.
La institución expone una estructura de prioridades que guían la selección: archivos de Estados sin expedientes revisados el ciclo previo; casos de Estados sin elementos inscritos o vinculados a la Lista de Salvaguardias Urgentes; expedientes multinacionales; y documentación de países con menor número de elementos registrados. Bajo este marco, la vigésima sesión analizará 69 expedientes.

El lugar del Perú en el ciclo 2025
Dentro del conjunto de casos figura la propuesta dedicada a la Sarawja, definida en el documento de candidatura como una práctica musical y coreográfica aimara. En el texto se afirma: “La Sarawja, también conocida como Sarawjatana, es practicada por los habitantes de los distritos de Cuchumbaya, San Cristóbal y Carumas, que representan una población total de aproximadamente 5000 personas”. Estas localidades se ubican en la provincia de Mariscal Nieto, en la región andina de Moquegua.
La descripción señala que la práctica se concentra en los valles de Ticsani y San Felipe. Sobre este punto, el expediente indica que Ticsani toma su nombre del volcán situado en el distrito de San Cristóbal, mientras que San Felipe adopta la denominación de una montaña considerada Apu por la población de Carumas. Ambos espacios conforman un entorno agrícola que sirve de escenario central para la ejecución del Sarawja.
El expediente sostiene que la celebración ocurre cada año poco después de la Semana Santa, en un periodo vinculado al Domingo de Pascua y al inicio de las cosechas. Las llamadas “ruedas” conforman el núcleo de la práctica: agrupaciones que pueden incluir parejas casadas o personas con lazos de amistad o padrinazgo. Estas ruedas se desplazan entre localidades para compartir la celebración, mientras los anfitriones ofrecen productos agrícolas y comidas tradicionales.
El documento describe además la estructura musical y coreográfica: cantos en aimara y español interpretados por hombres y mujeres, acompañados de charangos con hasta 24 cuerdas. En el caso del atuendo femenino, se destaca el uso del anaco, prenda de origen prehispánico. Cada rueda elige dos guías que orientan los cambios coreográficos y recuerdan las letras de las canciones.
Transmisión, funciones sociales y desafíos

La continuidad de la Sarawja se sostiene mediante la enseñanza familiar y la participación directa en las ruedas. También existen espacios institucionales que impulsan su práctica. El expediente señala que “los portadores del Sarawja consideran que esta práctica es el principal eje de identidad social y cultural en su región”, con énfasis en la relación con las costumbres, la lengua materna y la historia local.
Sin embargo, el documento advierte riesgos. La población joven muestra interés reducido en unirse a las ruedas, debido a procesos migratorios y a la presencia de expresiones culturales externas. Se mencionan además dificultades asociadas al uso de la lengua aimara y a la conservación de técnicas tradicionales de producción de instrumentos y vestuario.
Ante estos retos, las comunidades propusieron un conjunto de acciones. El plan contempla la creación de la Asociación Cultural Ruedas de Pascua, talleres de sensibilización, investigaciones coordinadas con instituciones educativas, un archivo audiovisual y el registro de instrumentos y vestuarios. También se plantea fortalecer la enseñanza del Sarawja en actividades escolares y familiares, tanto en aimara como en español.
El expediente puntualiza que la candidatura tuvo la participación activa de representantes comunales, músicos, bailarines y autoridades locales, quienes dieron su aprobación colectiva al proceso. De esta manera, la Sarawja ingresa al ciclo 2025 como una expresión que busca un lugar en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial.
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