Ultraprocesados en el Perú: cuando el color y el sabor esconden peligros

La noticia ha sido una sacudida de realidad: por primera vez, parte de la ciudadanía empezó a mirar con recelo las etiquetas

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ARCHIVO – Botellas con una
ARCHIVO – Botellas con una variedad de líquidos coloreados en una mesa de laboratorio de Sensient Technologies Corp., una empresa fabricante de aditivos de color de St. Louis., el miércoles 2 de abril de 2025. (AP Foto/Jeff Roberson, Archivo)

En el Perú, se ha normalizado el consumo masivo de productos ultraprocesados repletos de aditivos alimentarios. Basta mirar cualquier quiosco escolar, un supermercado o las mesas en fiestas infantiles para encontrarnos con snacks artificiales de colores intensos, gaseosas endulzadas con exceso de azúcares o edulcorantes, y muchos otros productos saturados de sustancias químicas que prolongan su vida útil, mejoran su aspecto o potencian su sabor. Colorantes, saborizantes, conservantes, edulcorantes, con nombres difíciles de pronunciar que solemos ignorar porque, hasta hace poco, nadie hablaba de sus riesgos. Pero esto está empezando a cambiar.

Hace unos meses, la FDA encendió las alarmas al anunciar preocupación sobre la eritrosina, un colorante rojo conocido como Rojo N° 3, presente en muchas golosinas, gelatinas y decoraciones de repostería. Aunque ya existían sospechas sobre su vínculo con el cáncer en experimentos con animales, la reciente revisión de la evidencia ha sido suficiente para que se cuestione abiertamente su seguridad. Solo entonces, muchos consumidores peruanos se sorprendieron al descubrir que este pigmento tan habitual en productos infantiles, podría tener efectos cancerígenos. Esa noticia ha sido una sacudida de realidad: por primera vez, parte de la ciudadanía empezó a mirar con recelo las etiquetas.

Pero no es solo la eritrosina. Ahora mismo, la tartrazina, un colorante amarillo muy usado en bebidas, caramelos, gelatinas y otros ultraprocesados, está también bajo el escrutinio científico y ciudadano. Varios estudios han sugerido posibles vínculos entre la tartrazina y problemas como hiperactividad en niños, reacciones alérgicas, o incluso exacerbación de cuadros asmáticos. Aunque las agencias de regulación permiten su uso en cantidades limitadas, la creciente evidencia ha motivado llamados a que se incluya advertencias visibles en las etiquetas, para que los consumidores puedan decidir con mayor conocimiento. Otra vez, la gente está empezando a preguntar qué estamos comiendo en realidad.

Por si fuera poco, los edulcorantes, esos ingredientes que prometen darnos dulzura sin calorías, también están bajo la lupa. En particular, la sucralosa, presente en muchos productos “light” o “sin azúcar”, se ha relacionado en estudios recientes con una posible alteración de las señales cerebrales que regulan la saciedad. Es decir, podría contribuir paradójicamente a aumentar el riesgo de obesidad, al confundir nuestro cerebro y hacernos comer más. Un golpe duro para quienes, buscando cuidar su figura o su salud, han sustituido el azúcar confiando en estos aditivos.

Todo esto no es un tema menor ni puramente técnico. Tiene que ver directamente con la seguridad alimentaria, entendida no solo como el acceso físico y económico a los alimentos, sino como el derecho a contar con una alimentación inocua y nutritiva. Si nuestra dieta está plagada de productos ultraprocesados, llenos en colorantes, saborizantes o edulcorantes que podrían dañar nuestra salud, estamos comprometiendo ese derecho fundamental. No basta con tener alimentos disponibles; necesitamos que sean seguros, que no representen un riesgo a mediano o largo plazo.

Es positivo que, aunque lentamente, la ciudadanía peruana comience a despertar frente a estas realidades. La gente pregunta más, revisa etiquetas, comparte información en redes sociales y busca opciones más naturales o mínimamente procesadas. Pero aún falta mucho camino por recorrer. Es imprescindible fortalecer las políticas públicas en materia de etiquetado claro y frontal, educación alimentaria y regulación estricta de aditivos alimentarios, sobre todo en productos dirigidos a la niñez y adolescencia.

Consumir menos ultraprocesados y volver a una alimentación más fresca, más natural y más cercana a lo que nos ofrece la biodiversidad peruana, no es solo una cuestión de moda o de estética. Es, en el fondo, una estrategia crucial de prevención de enfermedades y de defensa de nuestro derecho a la salud.

Porque, al final, los colores brillantes y los sabores intensos no deberían costarnos la salud. Es hora de mirar más allá del envoltorio.

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