
A lo largo de los años la humanidad ha estado llena de costumbres que van y vienen, algunas de ellas un poco más controvertidas que otras. Cada una ha marcado a generaciones enteras y aunque muchas van quedando en el olvido, siendo reemplazadas o evolucionando, hay ciertas tradiciones que probablemente no volvamos a ver debido a que podrían resultar controvertidas y hasta poco éticas hoy en día. Una de ellas era la extraña e inquietante práctica que se adoptó en Lima de antaño, conocida como la fotografía post mortem.
Esta expresión en latín, que significa ‘después de la muerte’, era precisamente eso, tomar una foto a la persona luego de que ésta falleciera. Y aunque ya se ha extinguido y las fotos a fallecidos están hoy en día reservadas únicamente para los casos de accidentes y en las esferas forenses, en su tiempo la connotación estaba ligada al amor, el respeto y la lucha contra el olvido del ser querido.
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Una práctica adoptada
La muerte en la antigüedad no como la percibimos actualmente, donde las enfermedades suelen ser largas largas y las personas se apagan de a pocos. En ese lapso y gracias a la tecnología conservamos fotografías de nuestro seres amados hasta en sus últimos momentos, retratos de días felices en familia y hasta videos que podemos ver una y otra vez.

Con la aparición de las primeras técnicas de fotografía, como el daguerrotipo en el siglo XIX, las personas empezaron a inmortalizarse y llevar consigo un recuerdo de sus vidas. Sin embargo, pronto se introdujo la práctica de fotografía post mortem, que marcó el recuerdo de la muerte.
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La fotografía post mortem en Lima
Vale mencionar que por aquellos días los ciudadanos limeños vivían en medio de condiciones que hacían la esperanza de vida muy baja. Los adultos podían tranquilamente morir de una tuberculosis, cólera o algún otro mal, y no durar mucho antes de que encontraran el descanso eterno.

Sin embargo, los niños eran las principales víctimas de muchas enfermedades. La mortalidad infantil era muy alta.
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¿Qué hacer cuando la tragedia toca la puerta y un padre a duras penas puede despedirse de sus hijos? ¿Cómo evitar olvidar ese rostro cuando pasen los años? Es precisamente en ese punto cuando las fotografías post mortem se vuelven populares. Las familias encargaban estos retratos con mucho amor.
En Lima poco a poco fueron apareciendo estudios fotográficos que se volvieron expertos en realizar estos servicios, como el recordado Estudio Courret.
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Una técnica profesional

Pero realizar este tipo de servicio no era simplemente sacar una foto convencional, se requería un nivel de profesionalismo.
En algunos casos, los cadáveres eran llevados al estudio fotográfico o el fotógrafo iba a la casa de la familia. Allí se elegía la mejor ubicación e incluso se sugería un lugar adecuado. El fallecido era maquillado y vestido con sus mejores prendas para la ocasión y en muchos casos se hacían composiciones elaboradas con flores y otros elementos.
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Las posiciones para la foto iban desde el difunto sentado, echado o incluso acompañado de sus familiares simulando estar vivo o en un profundo sueño. La idea era siempre tener un recuerdo del ausente que perdurara dentro de la esfera íntima.
No obstante, es importante mencionar que para el caso particular de los niños existía la creencia de que estos, al morir, se convertían en ‘angelitos de Dios’ e iban al cielo, sin embargo, existía una condición: el pequeño debía estar bautizado.
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En razón de ello muchos eran enterrados con los ojos abiertos para que pudieran ‘ver la gloria de Dios’. Por ello, hoy en día dentro de las fotografías post mortem de los niños es común encontrar algunos que han sido inmortalizados con los ojos abiertos.

Esto evidencia que había gran atención al detalle por parte de las familias y los fotógrafos, asimismo, un deseo de hacerle saber al mundo que esa persona existió, aliviando en parte del dolor de la pérdida.
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Esta costumbre permaneció durante algún tiempo en la Lima de antaño, sin embargo, hubo muchos cambios en el mundo que incidieron en su desaparición como un ritual funerario. Uno de ellos fue las mejora en la esperanza de vida de las personas gracias a avances en la medicina o la aplicación de medidas de sanidad pública.
También la fotografía avanzó poco a poco haciéndose más accesible ya no solo para recordar momentos tristes, sino además para inmortalizar la vida cotidiana. En Lima, tras el fallecimiento del presidente San Román su foto post mortem es distribuida como una tarjeta de ‘recuerdo’ y la tradición pasó a ser un acto público.
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Hacia 1930 la fotografía post mortem empieza a ser algo mucho más sencillo e incluso ‘tosco’, por ello, eventualmente pasó al olvido. Hoy en día es impensable y existen pocas personas que estarían dispuesta a inmortalizar un momento como la muerte con tal nivel de detalle, no obstante, la técnica ayuda a ilustrar cómo pensaban los limeños en tiempos de antaño y su percepción de la muerte al convivir constantemente con ella.
Sin duda, la fotografía post mortem debe ser vista desde el respeto y el amor a los seres queridos un como un aspecto cultural relevante.
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