
Durante la adolescencia, los jóvenes atraviesan una etapa marcada por cambios en sus vínculos y por la transición del apoyo parental hacia la búsqueda de aceptación y pertenencia entre pares. Esta etapa suele acompañarse de estrés y, en algunos casos, de ansiedad social, un trastorno que afecta a cerca de uno de cada diez adolescentes y que puede dejar secuelas en la salud mental a largo plazo.
En este contexto, la ciencia explora estrategias que favorecen la resiliencia adolescente. Un nuevo estudio publicado en Journal of Adolescence analiza si la calidad del vínculo entre los adolescentes y sus perros puede influir en la forma en que enfrentan el estrés derivado de sus relaciones con pares.
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El estudio, realizado por investigadores de la Cummings School of Veterinary Medicine de la Universidad de Tufts, Estados Unidos, se centró en 514 adolescentes con altos niveles de ansiedad social y sus padres.
El trabajo indagó en diferentes aspectos del vínculo entre jóvenes y perros para determinar su asociación con formas de enfrentar el estrés social.
Cómo los lazos con los perros influyen en la vida emocional adolescente

El análisis se basó en encuestas tanto a adolescentes como a sus padres. Se evaluaron seis dimensiones de la relación con el perro: afecto, compañerismo, cuidado, apoyo emocional, fricción y ver al perro como sustituto de las personas.
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Los resultados muestran que no basta con convivir con un animal de compañía: la calidad de la relación resulta determinante en el modo en que los jóvenes afrontan el estrés social.
La investigación identificó que el compañerismo (pasar tiempo juntos) y el cuidado del perro se asocian con estrategias de afrontamiento consideradas saludables, como la resolución de problemas, el pensamiento positivo, la regulación emocional y la expresión emocional.
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Por el contrario, la fricción en la relación, como el enojo frecuente hacia el animal, se vinculó con estilos de afrontamiento menos efectivos. Estos incluyen la evitación, la negación, la tendencia a quedarse atrapado en pensamientos negativos y la dificultad para sentir emociones, lo que puede agravar la respuesta al estrés social.
Otro hallazgo relevante fue que considerar al perro como sustituto de las personas tampoco se asocia a un afrontamiento saludable. Según los autores, esto podría indicar que el adolescente carece de otros apoyos sociales, lo que limita el desarrollo de estrategias adaptativas. El afecto hacia el perro, en cambio, no mostró relación significativa con estilos de afrontamiento ni positivos ni negativos.
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Un resultado inesperado surgió respecto al apoyo emocional recibido del perro. A diferencia de lo esperado, quienes buscaban este tipo de apoyo tendían a emplear menos el pensamiento positivo y mostraban mayor tendencia a quedarse atrapados en pensamientos negativos. El artículo sugiere que, en estos casos, el perro puede no interrumpir patrones de rumiación como lo haría una interacción humana, al no ofrecer respuestas activas o retroalimentación.
Cómo se estudió la relación entre perros y adolescentes

Para obtener los datos, se emplearon cuestionarios que ya habían sido probados en otros trabajos, lo que permite que los resultados sean más confiables. Las preguntas permitieron conocer tanto la calidad de la relación entre el adolescente y su perro como las formas en que los adolescentes enfrentaban el estrés en sus relaciones con otros jóvenes.
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Participaron chicos y chicas de entre 13 y 17 años, todos con altos niveles de ansiedad social según una escala reconocida llamada Social Anxiety Scale for Adolescents (SAS-A). Tanto los adolescentes como sus padres respondieron encuestas en línea, donde se les preguntó sobre el vínculo con el perro y sobre las maneras en que el adolescente solía afrontar situaciones difíciles con sus compañeros.
Para analizar los datos, el equipo aplicó métodos estadísticos avanzados que ayudan a entender si existen conexiones entre las distintas características del vínculo con el perro y las formas de enfrentar el estrés social. También se tomaron en cuenta factores como la edad y el género. En este caso, la edad no mostró relación con los resultados, pero sí se observaron diferencias según el género. El análisis mostró que las jóvenes presentaron puntajes más bajos en estrategias consideradas saludables, como la resolución de problemas y el pensamiento positivo.
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Los autores aclaran que el estudio tiene limitaciones: al realizarse en un solo momento, no se pueden sacar conclusiones sobre causas y consecuencias, y las respuestas pueden estar influenciadas por lo que cada persona recuerda o quiere contar. Además, el estudio solo incluyó adolescentes de Estados Unidos, por lo que no necesariamente los resultados se aplican a otros países o culturas.
Próximos pasos para entender el vínculo humano-animal

El trabajo sugiere que fortalecer ciertas dimensiones del vínculo con el perro, como el compañerismo y el cuidado, podría promover estilos de afrontamiento más saludables en adolescentes con ansiedad social. Los investigadores proponen que los perros pueden funcionar como un puente emocional entre el núcleo familiar y el entorno social de los jóvenes, ofreciendo apoyo y facilitando la regulación emocional en momentos de transición.
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Al mismo tiempo, los resultados advierten sobre la importancia de no reemplazar las relaciones humanas por las animales, ya que esto puede señalar ausencia de otros apoyos y limitar el desarrollo social. Los autores consideran necesario profundizar en la investigación, incluyendo muestras más diversas y analizando cómo influyen factores familiares, características del perro y la evolución del vínculo a lo largo del tiempo.
El equipo ya inició una fase longitudinal para seguir a los adolescentes y sus perros, con el objetivo de comprender mejor cómo evoluciona la relación y su impacto en la salud mental. Además, se plantea explorar si los hallazgos pueden aplicarse a vínculos con otras especies de animales de compañía.
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