
Perderse, poner en duda, cuestionarse hasta tirar por la borda la teoría: todo eso junto le pasó al psicoanalista Luciano Lutereau cuando tuvo que enfrentar su propia paternidad. Como papá de Joaquín, de cuatro años, los libros se le cayeron encima. Y eso que tiene una extensa lista de columnas y artículos publicados en distintos diarios y una vasta experiencia como terapeuta de parejas y niños: es doctor en Filosofía y en Psicología, magister en Psicoanálisis y especialista en Psicología Clínica por la Universidad de Buenos Aires, docente de tres materias en la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES) y está a cargo de la revista Verba Volant.
En su último título, Más Crianza, menos terapia. Ser Padres en el siglo XXI (Paidós) encara su laberinto particular y socializa su búsqueda. "Todo lo que sé sobre ser padre se lo debo más a mi hijo que a la teoría. Tuve que reaprender casi todo", asume desde su departamento en el barrio de Recoleta donde disfruta varios días por semana la convivencia con su hijo (tiene un régimen de visitas compartido con la mamá de Joaquín, con la que se lleva muy bien).
-¿Con qué dilemas se enfrentan los padres hoy? Uno de los puntos importantes que desarrollás en tu libro es el de los límites y el ejercicio de la autoridad. Aquello de "lo digo porque soy tu padre" parece haber caducado.
-Sí, esa afirmación encubría que el saber estaba del lado de los adultos y hoy los chicos no creen que los grandes sepan grandes cosas. Especialmente en un mundo tan tecnologizado. Entonces, hoy la autoridad que pueden ejercer los padres tiene que ser mucho más tierna, empática. Necesita adoptar otras formas: lo cual no quiere decir quedar igualados con los chicos, la relación nunca es simétrica. Pero ellos aprenden con el ejemplo. Situación: un padre le dice al hijo que si no come "no va a jugar a la play", pero durante la cena él está con el teléfono en la mano. Ley es cuando quien la profiere está atravesado por ella. Muchas veces los padres pretenden que su hijo cumpla algo, pero quieren quedar en el lugar de excepción.
-¿Considerás que los tratamientos que tienen que ver con los problemas de la infancia comienzan demasiado pronto?
-Sí, y esta idea parece ir en contra de mi profesión. Pero no estoy de acuerdo con la terapia como solución directa: creo que hay que iniciar un tratamiento cuando se agotaron otras instancias y no desde el lugar de esperar la respuesta mágica. Los terapeutas infantiles tenemos que pensarlo bien porque corremos el riesgo de desautorizar a los padres. Tenemos que pensar muy bien cada intervención. Muchas veces me preguntan: "¿Luciano, ¿qué pensás de tal cosa?", y yo devuelvo, "¿y ustedes qué piensan?". Como profesional puedo ayudar a movilizar la relación en ciertos aspectos. Vivimos en una sociedad que terapeutiza todo, se vive buscando la mirada del psicólogo. Y la decisión, en última instancia, tiene que ser de los padres. Pero hay que entender que el crecimiento es un proceso que tiene sus tiempos, implica conflicto y detenciones, no se puede apurar y es personal.
-También pareciese que los chicos necesitan más explicaciones…
-No, porque entienden claramente cuando uno les dice "no" a algo, lo que ocurre es que los adultos proyectamos en ellos la impotencia de no poder decirles que no.

-Muchos de los problemas que frustran a los padres tienen que ver con la incorporación de hábitos más básicos…
-Sí, los miedos infantiles, las experiencias vinculadas a la alimentación y las pautas en relación a la higiene son modales y cada chico atraviesa esos estadios de manera diferente. Esos primeros cuidados son clave, no solamente organizan fisiológicamente al chico, sino que lo predisponen a la vida social.
-Por otro lado, además de las rutinas valorizás la importancia del juego…
-Sí, que los padres traten de jugar un rato con sus hijos es fundamental. Aunque no sea todos los días, pero que el encuentro sea lúdico. El juego es la herramienta que tiene el niño para elaborar los conflictos en su infancia. El problema no es que un chico tenga conflicto, el problema es que no pueda jugar, que no es lo mismo que entretenerse o estar ocupados. Al jugar el chico arma fantasías, pregunta, indaga. No es una experiencia pasiva.
-El control aparece como otra marca de época…
–Es que queremos saber todo el tiempo dónde están. Sin duda vivimos en una sociedad insegura, pero el control desmedido de los padres indica que los adultos no han elaborado una fantasía muy básica de la parentalidad que es el temor a que a tu hijo le pase algo. Es esperable que ese miedo, que suele aparecer con fuerza durante el primer año de vida de un chico (cuando la mamá se acerca varias veces a la cuna a chequear que el bebé respira), se atraviese y no permanezca a lo largo de la crianza como hoy sucede.
-Pero también es una manera de cuidarlos…
-Sí, pero cuidar es confiar. Cuidar sin confianza es control. Muchas veces vigilamos por una ansiedad nuestra, y no está bueno como padre que uno le pida a su hijo que lo tranquilice, es al revés.
-En definitiva y para terminar, la obsesión por dar con la receta correcta está traccionada por el gran interrogante: ¿cómo saber si uno como madre o padre está haciendo las cosas bien?
–Curiosamente uno se da cuenta de que va por buen camino porque reconoce que está angustiado o preocupado, ese malestar es signo de que uno tiene la fuerza para reconocer ese afecto, no taparlo y tener la capacidad de hacer de esa angustia algo que no es desbordante. Cuando uno cree que está haciendo todo bien, lo más probable es que esté haciendo todo mal. Dudar, no saber, admitir la confusión son indicadores de que uno está acompañando a un chico en su crecimiento singular. Lo más difícil para un padre es poder tolerar la idea de que su hijo sufra y ser espejo de ese dolor sin entrar en desesperación con eso.
Texto: Mara Derni
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