MEDIDA. Lo difícil es encontrar la fórmula personal y persistir en las propias creencias.
MEDIDA. Lo difícil es encontrar la fórmula personal y persistir en las propias creencias.

Mi amiga Sara (40) la pasó tan mal cuando tuvo que volver a trabajar que cuando Lola (hoy 6 años) cumplió los siete meses negoció la posibilidad de hacer home office un año más. Incluso algunos días la llevaba con ella. No se arrepiente ni un poco. Tampoco de haber dormido con sus hijas varios años (además tiene a Amanda, de 3) y de haber invertido en una king size comodísima e inclusiva.

Caro (42, contadora), en cambio, quiso que su hijo durmiera en su catre desde el año de vida y jamás se le ocurrió plantearle a su jefe la posibilidad de trabajar desde su casa. Sencillamente le parece "poco serio y profesional". Además de que nunca la motivó trasladar la vida laboral a su living.

Nada que ver con Dolores (38), madre de cinco y periodista que quiso (y pudo) optar por dejar su profesión para dedicarse full life a sus hijos. Las mujeres que antes le parecían "chatas y poco inquietas", ahora le resultan admirables: "ocuparse de los chicos tiene un gran mérito. Irse de casa puede ser, a veces, tomar por la más fácil", reflexiona y asume que aunque la mirada del resto muchas veces la hizo sentirse en falta, cada vez le importa menos. Y lo bien que hace.

Porque la realidad es que cualquiera sea el camino que una tome, siempre hay otra (u otro) que se siente impulsado a meterse y dar su opinión. Para colmo, cada abuela, pediatra y especialista tiende a desplegar argumentos de lo más convincentes. Uff… Sin dudas la nuestra es una generación atravesada por tensiones, mandatos, llamamientos a la reflexión sobre el género y una poderosa y aplaudible autoconciencia sobre las batallas que queremos dar. Chicas conscientes, libres, modernas pero un poco afligidas, desbordadas y tironeadas entre tantos mandatos –contradictorios y anacrónicos– que ponen en duda el propio deseo. Nunca se habló y se escribió tanto de maternidad y crianza como en esta época.

Las teorías antagónicas entre sí circulan en páginas de Facebook, blogs, revistas especializadas, manuales y hasta narrativa de ficción. Netflix, obvio, acaba de poner a disposición The Letdown, una serie en la que retrata con humor cínico la experiencia de primerizas en un grupo de autoayuda. Y así andamos, algo mareadas. Es que si alguna vez fuimos incitadas a desarrollarnos profesionalmente y ser autosuficientes, el llamamiento de época parece ser el de abrazar y conectar con el rol materno y revalorizar el desarrollo orgánico de los procesos. Tamaña confusión, porque ¿cuál es el modelo a seguir?, ¿cuál es el deber ser real? Yo, que transito un embarazo de 28 semanas ya empiezo a sentirme sobrepasada y abrumada por lo que vendrá.

MADRE NO HAY UNA SOLA. En La revolución de la crianza (Vergara) la puericultora, especialista en lactancia y crianza, Vanina Schoijett, sienta posición y revindica el apego y el retorno de las redes de apoyo femenino. En su primer compendio de artículos, que ya fueron publicados en Duérmete Hannibal, una página de FB cuyo título claramente alude al famoso (y polémico) método para enseñar a los niños a dormir, Duérmete niño (del español Eduard Estivill Sancho), invita a las mujeres a repensarse en su rol de madres como parte de un sistema ambiguo.

"Vivimos con la presión de tener que apurar los tiempos de los chicos para adaptarlos a los nuestros, sin respetar los ritmos naturales y madurativos de ellos. Los convertimos en satélites de nuestras agendas (las jornadas escolares son larguísimas) y terminamos apurándolos; sentimos que necesitamos intervenir y guiarlos cuando orgánicamente todo se acomoda: la lactancia tiene un fin y el colecho también. Incluso somos las propias mujeres las que nos autodemandamos, porque el puerperio dura mucho más que una licencia de 45 días".

Para Schoijett, esa "especie de urgencia" de retomar el desarrollo profesional muchas veces no coincide con el verdadero sentimiento de algunas mujeres. Lo interesante sería que cada una pudiera sincerarse y asumir lo que quiere. La decisión es personal, pero también política y social: interfiere lo económico y la soledad con la que las mujeres crían a sus hijos (la actual licencia por paternidad es un chiste: dos días y no todas las empresas buscan alternativas más empáticas). "En ese escenario, trabajar es un alivio porque el hijo es demanda pura: requiere que su mamá esté disponible siempre para él".

La psicóloga Marisa Russomando, en cambio, se reconoce "muy amiga del orden y partidaria de encontrar un punto medio en cada rol". De hecho, Rutinas desde los pañales (Urano) es su libro más leído. Buscar el equilibrio, dice "no significa ocuparse empáticamente de tu hijo, no respetar sus tiempos o disponer de tu cuerpo en forma exclusiva durante algunos momentos del día. Pero todo tiene una medida. Los pediatras coinciden en que, a partir de los seis meses, los bebés están preparados para pasar toda la noche sin necesidad de alimentarse y podemos establecer pautas de sueño. Además, comienzan a sentarse. Con lo cual ya tienen otra mirada del mundo. No es solamente su mamá y su papá. Empiezan a considerar un mundo más amplio. Empiezan a reconocer a otros adultos como referentes, una hermana, la niñera, una abuela".

El horizonte de una crianza feliz y saludable debería ser el de una madre feliz. Y no todas las mujeres se sienten cómodas pasando la mayoría del tiempo con sus hijos o amamantando. "Lo mejor que le puede para a un chico es ser criado por personas satisfechas", dice, y hace una salvedad. "Los hijos deberían poder acomodarse a lo que los padres proponen. Pero por supuesto que los padres también tienen que generar los cambios necesarios por la inclusión de un hijo en casa. Tampoco estoy de acuerdo con esa típica justificación de los padres que pasan muchas horas afuera de que es mejor calidad que cantidad. Difícilmente puedan estar disociados".

Pero nadie hace lo que hace a propósito. Porque esta necesidad infantil no suele pasar desapercibida por las madres que llegan a los consultorios culposas, fatigadas, pasadas, cansadas de hacer cuentas: "Ayer estuve ocho horas afuera, hoy vuelvo rápido". Yo ya entendí: escuchar todas las voces antes de dar en la tecla (o creer que sí), ajustar, recalcular y volver a empezar. No pueden salir las cosas tan mal.

Textos: Mara Derni (mderni@atlantida.com.ar) Foto: Latinstock

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