
Que nos animemos a soltar todo aquello que nos amarre a cualquier cosa o persona. Que nos alejemos de las orillas, confiados. Que el pasado no existe, que el presente ya pasó y que el futuro es tan incierto que mejor ni nombrarlo. Que nada ni nadie es tan imprescindible. Que nada ni nadie es tan necesario.
La cultura del desapego llegó para derribar certezas, para confundirnos, para remendarnos. Intentar encontrar la receta del dulce equilibrio entre lo merecido, lo perdido y lo ganado por ahora sigue siendo el mismo enigma de siempre.
"Si estamos libres de emociones, estamos desapegados; si estamos desapegados, no tenemos pasado; si no tenemos pasado, estamos en el presente, y si estamos en el presente, tenemos claridad". Ya sé, parece un juego de palabras, pero no. Aunque muchos de ustedes no puedan creerlo, estos son recortes de texto que circulan por internet.
El último me lo envió una amiga por WhatsApp hace unas semanas, después de una conversación que tuvimos. "¿Lo leíste?", me preguntó. "Sí", le contesté. "Bueno, ahora decime qué hago. Porque pensar que tengo que olvidarme de él sólo me sirve para recordarlo", sentenció.
Mi amiga no la está pasando bien y, por cuestiones demasiado personales y que no vienen al caso, no logra olvidarse de aquel hombre que en algún momento formó parte de su presente, su pasado y su destino. ¿Quién era yo para decirle qué hacer? Decidí repasar los arbitrarios mandamientos del cartelito encaprichado, pero fue inútil.
Asegurarle que la claridad siempre nos vuelve más felices era una mentira. Decirle que la única manera de salvarnos de las garras del recuerdo era vivir desapegados de todo aquello que alguna vez quisimos, deseamos o sentimos, resultaba monstruoso. Mi silencio la inquietó. A los tres minutos mi teléfono ardía de mensajes.
Finalmente (y a pesar de mi buena voluntad), terminamos hablando más de una hora y media respecto del difícil arte de superar los olvidos forzados, pero tampoco le sirvió demasiado.

De todos modos, eso no es lo importante. Porque de lo único que me interesa hablar en esta columna (que más que una columna es un acto de justicia) es de nuestro amor propio. O, mejor dicho, de la diferencia que existe entre el amor propio y aquella sentencia absoluta que se esconde detrás del desapego para dejarnos ciegos de fe.
Del único amor que no deberíamos dejar escapar, pero al que muchos de nosotros todavía no pudimos acercarnos. De ese amor que queremos conquistar, pero que preferimos desconocer por miedo de que nos robe el permiso para poder amar a los otros. De ese resguardo, de esa manta y ese cobijo que es y será el único capaz de abrigarnos las ganas para siempre, a pesar del frío, la soledad y el desamparo que cualquiera se atreva a regalarnos.
La verdadera libertad, esa que nos desnuda los miedos, se trasluce a través de nuestra capacidad para poder seguir a pesar de los dolores, los recuerdos y las pérdidas. Vivir sin sentir no puede ser una opción. Las almas anestesiadas no sirven para nada; son almas mustias, oscuras, resecas.
Por Luciana Prodan
Facebook.com/LucianaProdan
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