
Los cuarenta se acercan, sigilosos, y me interpelan. Me sacuden, me festejan, me amenazan, me consuelan… Me preguntan por qué no declaro –y declamo– que estoy en el mejor momento de mi vida. Esperan mi respuesta, ansiosos. Mi silencio los ofende. Los miro y me río. Me río de la falsa seguridad que ostentan. Mi risa los incomoda. Los incomoda, pero no me importa.
Enterarse de que tampoco quiero fiesta, ni pollerita, ni globos, ni champagne, los pone más nerviosos. Me miran de reojo. No entienden. "Parece que a los cuarenta les hicieron creer que son los quince remixados", pienso. Y lo peor es que se lo creyeron.
Personalmente, los cuarenta (por no decir los treinta y cinco) llegaron a mi vida con único regalo: un tamiz. Eso sí, el tamiz lo tengo y no lo comparto con nadie. Es un tamiz enorme, pero delicado. Un instrumento del que vengo haciendo uso y abuso desde hace rato. Una herramienta que me obligó a decidir con qué y con quiénes elegía quedarme y, como si eso fuera poco, me ayudó a rearmarme, a preguntarme cómo y de qué manera quería seguir, invitándome a juntar y desechar –cuidadosamente– todas aquellas piezas que, de la manera más impiadosa, terminarían siendo el reflejo más fiel de la mujer que deseo e intento ser.

Decirles que (a pesar de mis inconmensurables esfuerzos) hice con ese tamiz lo mejor que pude es lo más honesto que puedo afirmar. Por eso, a mí los cuarenta me hacen sentir responsabilidad más que otra cosa, para qué mentirles. Es decir, siento que estoy en la mitad de mi vida y que, por eso mismo, cualquier decisión que tome a partir de ahora marcará mi destino para siempre. Lejos de relajarme, me alerta.
Sin embargo, esa tensa calma me gusta. Esa libertad de acción que la vida me impone y me ofrenda justito al llegar al casillero número cuarenta, me hace sentir más segura. Más feliz. Más completa. Saber que ya no hay excusas y que no voy a poder culpar a nadie por las cosas que haga o deje de hacer, me invita (a pesar de las limitaciones que tenemos –o nos imponemos– todos, vaya uno a saber) a no quedarme en la orilla. A jugar mi juego. A avanzar, a no quedarme quieta. A animarme a saltar. A dejar de correr carreras inútiles, cansadoras, infinitas. A esconderme, sólo si tengo ganas, y no miedo. Cuando la mirada de los otros deja ser lo más importante, la propia siempre se agudiza.

Mi hija, desde la cocina, me pregunta qué estoy haciendo. Le contesto que estoy escribiendo una columna sobre "los cuarenta". Siento que se acerca. Se para al lado de mi escritorio, me mira fijo. Se queda en silencio unos segundos. Apoya su mano derecha sobre mi hombro y me dice: "Parecés muchos menos, mami, eh…". La miro. La miro y ahora la que se queda pensando soy yo: "Muchos menos", dijo. ¿Será que tener cuarenta es demasiado?
por Luciana Prodan (Facebook.com/LucianaProdan)
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