La batalla por el relato del Mundial 2026 recién comienza

El deporte, con el futbol a la cabeza, concentra conflictos culturales que luego aparecen en la política, los medios y las redes sociales

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Argentinofobia Selección Argentina
El campeonato mundial de futbol moviliza identidades colectivas y reúne durante un mes a más de mil millones de personas. (Photo by JUAN MABROMATA / AFP)

Pocas actividades humanas producen identidades colectivas tan intensas como el campeonato mundial de futbol. Durante un mes entero, más de mil millones de personas desnudan sus emociones frente a un espectáculo deportivo disputado por primera vez en 1930.

Una escena ocurre con frecuencia apenas termina el partido decisivo y la selección de un país adquiere el liderazgo y la gloria por cuatro años. El juego deja de pertenecer entonces a los futbolistas y pasa la pelota a quienes buscan interpretar el resultado. Periodistas, ex jugadores, dirigentes, usuarios de redes sociales y millones de hinchas comienzan a construir su relato. Este necesita héroes, villanos, víctimas y responsables para transformar noventa minutos de incertidumbre en una historia de subjetividades que intentan explicar lo único importante en un deporte, el resultado final.

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Desde el campeonato obtenido en 1978, Argentina no representa solamente un equipo de fútbol. Representa una manera de entender el fútbol y de explicarlo. Para algunos es un modelo de creatividad. Para otros, de picardía. Para algunos, pasión (o exceso de ella). Para otros, provocación y deslealtad deportiva.

El médico y antropólogo francés Gustave Le Bon (1841-1931) describió en su obra cumbre “Psicología de las multitudes”, cómo los individuos, al formar parte de una masa, tendían a abandonar buena parte de sus mecanismos críticos. Las emociones circulaban más rápido que los argumentos. Las imágenes prevalecían sobre las pruebas. Las simplificaciones resultaban más persuasivas que las explicaciones complejas.

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El deporte en general, con el futbol a la cabeza, suele funcionar como una versión acelerada de procesos culturales que luego aparecen en la política, en los medios y en las redes sociales. Concentra sobre un actor visible conflictos que tienen causas mucho más profundas.

Otro notable académico francés, el filósofo y antropólogo René Girard (1923-2015) nos recuerda que las sociedades necesitan relatos sencillos para comprender realidades complejas. Y que esos relatos suelen organizarse alrededor de figuras que concentran culpas, resentimientos, frustraciones y deseos contradictorios. Esto no significa que esas figuras sean inocentes. No lo fue Maradona cuando deslizó hacia el cielo la mano de Dios y pocos minutos después convertía el mejor gol de la historia del futbol.

Un hombre mayor de cabello blanco y camisa a rayas posa sentado frente a una estantería llena de libros de tapa dura
El filósofo francés René Girard (Foto: Universidad de Stanford)

El caso argentino durante el Mundial 2026 puede leerse desde esa perspectiva. No porque todas las críticas hayan sido injustas. Sino porque muchas dejaron de referirse a hechos concretos para transformarse en una explicación totalizante sobre un país entero. Es allí donde la teoría del chivo expiatorio acuñada por el francés (gurú ideológico del empresario Peter Thiel y del vicepresidente estadounidense J.D. Vance) conserva toda su potencia.

Después del triunfo contra la selección de Inglaterra, Argentina dejó de ser simplemente uno de los protagonistas deportivos del campeonato para convertirse en objeto de una discusión mucho más amplia. Las conversaciones dejaron de concentrarse en sistemas tácticos, rendimientos individuales o decisiones técnicas. Comenzaron a girar alrededor de otra clase de preguntas. ¿Era Argentina un equipo excesivamente agresivo? ¿Jugaba permanentemente al límite del reglamento? ¿Recibía un trato privilegiado por parte de los árbitros? ¿Representaba una forma tóxica de competir? ¿Existía un problema cultural detrás de determinados comportamientos? Y finalmente los cuestionamientos apuntaron a preguntarse si el racismo es un rasgo estructural de la sociedad argentina.

Las disputas políticas más feroces suelen ocurrir entre partidos que comparten buena parte de sus diagnósticos. Las rivalidades familiares son, con frecuencia, más intensas que las enemistades entre desconocidos. Y en el fútbol sucede exactamente lo mismo. Argentina no despierta las emociones más intensas en países donde el fútbol ocupa un lugar secundario.

Las despierta en Brasil, Francia, Países Bajos, Uruguay, Inglaterra, España o Italia. Es decir, allí donde el fútbol constituye también una parte esencial de la identidad nacional.

Girard llamó a este fenómeno deseo mimético. La idea es extraordinariamente simple. Los seres humanos creemos elegir libremente aquello que deseamos. Pero, en realidad, aprendemos qué vale la pena desear observando lo que otros consideran valioso. El deseo se contagia. No nace espontáneamente. Es imitación. Es competencia. Es reconocimiento. Y pocas cosas concentran tanto deseo colectivo como una Copa del Mundo. Cada cuatro años, miles de millones de personas miran el mismo trofeo. Solo una selección puede levantarlo. Todas las demás deberán explicar por qué no lo hicieron.

Esa necesidad de explicación es el punto de partida de casi todas las narrativas posteriores. Girard comprendió algo que hoy parece evidente. La admiración y la hostilidad no son emociones opuestas. Con frecuencia son etapas sucesivas del mismo proceso. Primero admiramos aquello que deseamos. Después comenzamos a resentir que otro lo posea.

Existe una razón adicional por la cual estas narrativas tienen tanto éxito. Ofrecen superioridad moral. Cuando una sociedad identifica un culpable externo, no solamente explica un problema. También define quién está del lado correcto. El juicio sobre otro grupo puede convertirse en una forma de reafirmación personal. “Nosotros no somos como ellos”. Esa frase, al final del día, aparece detrás de muchos conflictos colectivos.

Tarde o temprano, toda sociedad descubre que el chivo expiatorio nunca fue solamente el otro. También era un espejo frente al que muchos prefieren no mirarse.

En el año 1937, cuando todavía no había irrumpido el peronismo en la escena política y social del país, Eduardo Mallea publicó “Historia de una pasión argentina”. En ese texto hoy olvidado, el escritor fallecido en 1982 diagnostica el espíritu de una república que no termina de encontrar la senda del progreso.

“He aquí que de pronto este país me desespera, me desalienta. Contra ese desaliento me alzo, toco la piel de mi tierra, su temperatura, estoy al acecho de los movimientos mínimos de su conciencia, examino sus gestos, sus reflejos, sus propensiones -y me levanto contra ella, la reprocho, la llamo violentamente a su ser cierto, a su ser profundo, cuando está a punto de aceptar el envite de tantos extravíos”.

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