“Del segundo no se acuerda nadie”. “Ser primero no es lo importante, es lo único”. “¿Vos sabés quién llegó a América después de Colón? Yo no”.
Con estas frases, popularizadas por Carlos Salvador Bilardo, se sintetiza una concepción del alto rendimiento en la que la competencia profesional parece orientarse exclusivamente a ganar y donde el reconocimiento histórico queda reservado únicamente al campeón.
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Esa mirada caló hondo en nuestra cultura. Trascendió el deporte de elite y se instaló también en las escuelas, en los clubes y hasta en nuestras conversaciones cotidianas. Repetimos esas máximas con cierto orgullo, como si nuestra grandeza dependiera exclusivamente del primer puesto. Poco a poco nos volvimos exitistas y resultadistas, reduciendo el valor del deporte a aquello que indica un marcador.
Dentro de esa narrativa, son muchos los deportistas que se quitan la medalla de plata apenas terminada una final. Perder en el punto más alto de la exigencia emocional puede ser devastador. Sin embargo, lo curioso es que el deporte, en su versión más exitista, suele aplaudir esos gestos. Los transforma en símbolos de ambición, hambre de gloria y mentalidad ganadora. Se celebra la incomodidad ante la derrota como si fuera un deber moral: “Si no ganás, no sos nada”. De esa lógica nacen relatos que asocian el valor del deportista únicamente al resultado final.
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Pero algo cambió.
En la premiación de la final frente al seleccionado español, los jugadores argentinos se colgaron la medalla. Con tristeza, sí. Pero sin despreciarla. Con el dolor lógico de la derrota, pero también con la satisfacción de haber entregado todo y la convicción de haber ofrecido su mejor versión. Nos recordaron que existe otro modo posible de pararse frente al resultado. No como único juez del mérito, sino como una parte de un recorrido con valor propio.
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Tal vez esta haya sido la última gran lección de la Scaloneta.
Durante ocho años, este equipo ganó y ganó, cosechando títulos y alegrías inolvidables. Esta vez también nos mostró que se pierde. Que la derrota forma parte del juego y de la vida. Ese no es el problema. No se trata solamente de ganar o perder, sino de quiénes somos en esa búsqueda. Mientras la derrota puede vivirse como un logro pendiente de realización, el sentido de lo compartido, de lo aprendido y de los vínculos construidos permanece mucho después del resultado.
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No sabemos qué ocurrirá en el futuro. Seguramente será muy difícil volver a construir un equipo semejante, especialmente cuando Lionel Messi ya no esté dentro de la cancha. Pero nada volverá a ser igual. Lionel Scaloni no solo cosechó títulos, sino que dejó una nueva manera de concebir el deporte, no solo el fútbol. Tejió una trama de valores sobre la que entrenadores, docentes, dirigentes y formadores podremos seguir construyendo. Nos confirmó que el alto rendimiento no tiene por qué alejarnos de lo humano; que la verdadera fortaleza nace de la comunidad antes que del individualismo; que la esperanza consiste en seguir buscando aun cuando todo parece perdido; que se puede tocar el cielo sin despegar los pies de la tierra; que el talento necesita del trabajo cotidiano para desplegarse y que el disfrute no es la recompensa del éxito, sino el motor que muchas veces lo hace posible.
Después del partido, mientras volvía a casa en auto junto a mi familia, me fui encontrando, esquina tras esquina, con vecinos que parecían celebrar algo. Más tarde vi el Obelisco repleto de gente. Acabamos de perder una final del mundo. Entonces, ¿qué estamos celebrando?
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Creo que no es una medalla. Es otra cosa. Lo auténtico se reconoce. Lo verdadero se asimila y se contagia. No es solamente una multitud agradeciendo los títulos obtenidos durante estos años, sino la celebración de una manera de competir, de vincularse y de caminar por la vida.
Gracias, Scaloni, cuerpo técnico y jugadores, por inspirarnos y animarnos a pensar y construir proyectos deportivos que no renuncian a la búsqueda de resultados, pero que sobre todo comprendan que su misión más profunda es formar personas, desarrollar virtudes y fortalecer comunidades.
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Ganar es maravilloso claro. Pero todavía más valioso es quiénes nos convertimos en el camino hacia ese logro. Gracias, Scaloneta, por las inmensas alegrías que nos regalaron durante estos años. Pero, sobre todo, gracias por dejarnos algo que trasciende cualquier Copa: un nuevo camino para entender el deporte.
Quizás Bilardo tenga razón. Tal vez, con el tiempo, pocos recuerden quién fue el subcampeón del Mundial 2026, del mismo modo que casi nadie sabe quién llegó a América después de Colón. Pero eso ya no es lo importante. El verdadero legado de este equipo nunca estuvo en el lugar que ocupó en un podio, sino en el camino que eligió recorrer para llegar hasta allí. Los títulos se festejan. Las lecciones, en cambio, nos acompañan para siempre.
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