
Cuando la respuesta a la violencia son protocolos diseñados desde estructuras alejadas de la realidad, actuamos como quien seca el piso mientras la canilla sigue abierta. Seguimos mirando la consecuencia, sin abordar las causas que llevan a que los chicos sean cada vez más agresivos y violentos.Las amenazas, los episodios de violencia y el deterioro de la salud mental en adolescentes no son hechos aislados. Son síntomas. Y cuando la política pública se enfoca en el síntoma, siempre llega tarde.
En la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires llevamos adelante una reunión informativa en la que participaron funcionarios, especialistas, docentes, estudiantes y organizaciones de la sociedad civil para analizar esta problemática. Fue un espacio valioso y necesario. Pero también dejó en evidencia un problema de fondo: no hay un diagnóstico común y predominan respuestas centradas en la urgencia.Protocolos, intervención policial, denuncias, regulación de plataformas. Mucho protocolo. Poca transformación.Lo que sí quedó claro es que el problema no es de recursos. Es de enfoque.
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El primer error es conceptual: no todo lo que ocurre dentro de una escuela es violencia escolar. La vulnerabilidad de los jóvenes es el origen de muchos de estos delitos; la escuela termina siendo el escenario. Confundir esto lleva a respuestas equivocadas.El segundo error es no distinguir entre una transgresión y un delito. El bullying, la falta de respeto pueden reflejar un mal clima escolar. Pero los delitos graves responden a dinámicas más profundas. Sin diagnóstico, no hay política efectiva.
En ese contexto, suelen emerger soluciones rápidas, como regular redes sociales, que difícilmente abordan el problema de fondo: los chicos siempre van a ir más rápido que la ley. Apostar exclusivamente a esa vía resulta insuficiente. Algo similar ocurre con la Ley N° 6774 de la Ciudad de Buenos Aires: no alcanza con sumar contenidos socioemocionales ni mezclar salud mental con educación. Son problemas distintos que requieren abordajes diferentes. Cuando esa diferencia se diluye, la ley deja de ser una herramienta y pasa a ser un gesto. Y los gestos, sin recursos ni implementación, terminan trasladando a la escuela problemas que la sociedad todavía no resolvió.
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Estamos buscando en los adolescentes el origen de un problema que empieza mucho antes.Los adolescentes buscan validación externa, el reconocimientos de los demás. Y cuando no la encuentran, aparece la frustración y, muchas veces, la violencia. Las redes amplifican ese fenómeno, pero no lo explican. Lo que hay detrás es más profundo: falta de identidad, de propósito, de proyecto de vida. Y ahí la escuela puede intervenir: no para resolver todo, pero sí para fortalecer a los chicos frente a esa vulnerabilidad.
Si las personas no crecen con herramientas para conocerse, descubrir qué les interesa y hacia dónde quieren ir, deja un vacío que después es difícil de llenar. Por eso, la respuesta no puede empezar cuando el problema ya explotó: tiene que empezar antes. Formar desde los primeros años chicos que desarrollen una identidad propia y puedan construir su propio proyecto de vida no elimina estos problemas -porque son parte de la adolescencia-, pero sí puede mitigarlos de manera significativa. Esa es la discusión de fondo: no cómo reaccionamos mejor, sino cómo prevenimos mejor.
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En esa línea, empieza a consolidarse también una mirada desde el plano nacional que pone el foco en el desarrollo del capital humano desde la primera infancia. Entender que la prevención empieza antes -en la construcción de capacidades, en el acompañamiento temprano y en una educación que forme personas- no es solo un enfoque social: es una estrategia estructural.Y esa prevención empieza en los primeros años: con una educación que trabaje el autoconocimiento, la autonomía y el proyecto de vida. Una educación que deje de tratar a todos los chicos como iguales, sin valorar sus individualidades y diferencias, y empiece a formar individuos. Porque un chico que sabe quién es, es menos vulnerable.
Hoy reaccionamos, pero no prevenimos. Si no cambiamos la educación desde la base, vamos a seguir llegando tarde.
Por eso, desde La Libertad Avanza insistimos en una transformación estructural del sistema: fortalecer los equipos de orientación escolar y la formación docente, entendiendo -como muestra la evidencia- que la intervención adulta sostenida es la que genera impactos reales.
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También hay una pérdida de autoridad que no podemos ignorar. Sin reglas claras no hay orden, y sin responsabilidad tampoco. Frente a conductas violentas, tiene que haber compromiso obligatorio de las familias, con seguimiento, acuerdos claros y consecuencias si no hay acompañamiento.
Porque la educación no es solo del Estado.
El sistema educativo tiene que ser parte, junto con las familias, de la formación de personas libres, con sentido y proyecto de vida. Sin eso, no hay política pública que alcance. Sin educación, no hay libertad.
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