
Cada día es más evidente que la discusión sobre inteligencia artificial no abarca solo la productividad o automatización: se trata de poder. Quien domine la Inteligencia Artificial General podría alcanzar una superioridad estratégica capaz de generar una ventaja decisiva y una influencia sin precedentes en los asuntos globales y cotidianos.
La decisión de Anthropic de no liberar al público su modelo avanzado Claude Mythos (también referido como MYTH), capaz de identificar y explotar vulnerabilidades informáticas a gran escala, marca un punto de inflexión.
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No es un detalle técnico ni una decisión aislada: forma parte de iniciativas como Glasswing. Es la señal de que la inteligencia artificial ha cruzado una frontera y ha dejado de ser una simple herramienta para convertirse, o acercarse mucho, a una capacidad para intervenir en los sistemas que sostienen el mundo moderno.
Para comprender la magnitud de este cambio, conviene salir del hecho puntual y mirar el proceso de fondo. El libro del politólogo y ex secretario de Estado portugués Bruno Maçães, World Builders: Technology and the New Geopolitics (2024), plantea una idea central: el poder ya no se organiza principalmente en torno a la geografía, sino en torno a la capacidad de construir sistemas tecnológicos que definirán cómo funciona la realidad. Ya no se trata de controlar territorios, sino de diseñar arquitecturas.
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El poder ya no se organiza principalmente en torno a la geografía, sino en torno a la capacidad de construir sistemas tecnológicos que definirán cómo funciona la realidad (Maçães)
No solo los Estados participan en esta competencia, sino también -y cada vez más- las grandes empresas tecnológicas que lideran el desarrollo de la inteligencia artificial, como OpenAI, Anthropic, Google, xAI, Palantir, Nvidia y, en China, Huawei. La sociedad se enfrenta a un sistema híbrido. Las empresas desarrollan capacidades críticas, mientras que los Estados intentan regularlas, influir en ellas o asociarse con ellas. El poder surge de esa interacción.
Lo ocurrido con Anthropic ilustra este fenómeno. Una empresa privada desarrolla una capacidad con implicancias globales, evalúa sus riesgos en términos cercanos a la geopolítica y decide restringir su difusión. Hace apenas una década, esto parecía impensable.
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La geopolítica clásica se apoyaba en la geografía: mares, fronteras, recursos naturales. Hoy, el eje se desplaza hacia el código, los datos y las arquitecturas digitales. Quien controla los sistemas, controla los flujos de información -incluso los más íntimos-, los sistemas financieros y las infraestructuras críticas. La inteligencia artificial se convierte en el centro de esa transformación.
Confianza, vigilancia y fragmentación tecnológica
En este nuevo entorno emerge un factor principal: la confianza. Con el avance del Internet de las cosas -autos, redes eléctricas, dispositivos médicos, incluso electrodomésticos- cada objeto se convierte en un nodo de información. La pregunta central deja de ser tecnológica y se vuelve política: ¿quién controla esos datos?
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En sistemas fuertemente centralizados como China, la ley obliga a las empresas a colaborar con el Estado en materia de inteligencia. Compañías como Huawei o BYD, que operan en sectores estratégicos, son consideradas portadoras de tecnología dual (civil-militar).
Con el avance del Internet de las cosas -autos, redes eléctricas, dispositivos médicos, incluso electrodomésticos- cada objeto se convierte en un nodo de información
Imagina un auto con cámaras de visión 360° que registran tus movimientos, observan tu rostro, captan tus gestos, escuchan tus palabras y, mediante inteligencia artificial, infieren incluso tus estados de ánimo; toda esa información termina disponible para el Ejército Popular de Liberación. Esta situación genera suspicacia. Se percibe ya en las restricciones de Estados Unidos y Europa a las redes 5G de Huawei, o en las medidas de Polonia para limitar la circulación de autos chinos en zonas estratégicas.
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En un mundo donde cada dispositivo puede ser un sensor, la confianza se convierte en un activo valioso. La ausencia de confianza conduce a la fragmentación: restricciones, desacople tecnológico y bloques que funcionan bajo reglas distintas. No habrá un único sistema global, sino varios simultáneos.
Transformación del mercado laboral y educación
Este proceso no se limita a la seguridad o la geopolítica. También afecta al mercado laboral. La inteligencia artificial no elimina el trabajo, pero lo transforma a una velocidad nunca vista. En la era de aceleración, el desafío no es el empleo en sí, sino el desajuste entre habilidades y oportunidades.
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La economía siempre ha reasignado recursos, pero ahora esa reasignación debe hacerse en plazos mucho más cortos. Allí surge el verdadero cuello de botella: las instituciones.
La economía siempre ha reasignado recursos, pero ahora esa reasignación debe hacerse en plazos mucho más cortos
Los sistemas educativos vigentes fueron diseñados para la era industrial, cuando el trabajo y el conocimiento variaban más lentamente. Ese mundo ha quedado atrás. Hoy el conocimiento se vuelve obsoleto en años, o incluso meses. Tratar de responder a este fenómeno con estructuras rígidas y centralizadas resulta, en el mejor de los casos, insuficiente.
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Desde la tradición de los economistas austríacos Friedrich Hayek y Ludwig von Mises se sostiene que el conocimiento está disperso. Ninguna autoridad central puede anticipar las necesidades futuras, y menos aún en un contexto de cambio acelerado.
La única alternativa viable es la libertad: libertad para que diversos modelos educativos surjan, para innovar en contenidos y métodos, y para que las instituciones compitan y se adapten. Solo los sistemas abiertos consiguen adaptarse con la velocidad que requiere la actualidad. Los niños se aburren en la escuela. Como afirma Elon Musk: “Education should be as close to a video game as possible… You don’t have to tell kids to play video games - they just do it”.
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La libertad deja de ser una aspiración filosófica para convertirse en una condición práctica de supervivencia y prosperidad
La IA no es simplemente una nueva tecnología. Es el inicio de una era en la que el mundo deja de concebirse como algo dado y comienza a construirse activamente, haciendo de la libertad una condición práctica de supervivencia y prosperidad.
En este contexto, la libertad deja de ser una aspiración filosófica para convertirse en una condición práctica de supervivencia y prosperidad. Avanzar hacia una Ley de Libertad Educativa que permita a familias y educadores innovar con la misma rapidez que el mundo actual es una necesidad.
El autor es director general de Fundación Libertad y Progreso
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