
Hablar del alfajor en Argentina es, en realidad, hablar de algo mucho más profundo que una golosina. Es hablar de cultura, de hábitos y, sobre todo, de cómo consumimos los argentinos. Las cifras oficiales suelen quedarse cortas porque los sistemas de medición tradicionales capturan supermercados, cadenas y parte del canal kiosco, pero dejan afuera un universo enorme: panaderías, producción artesanal, marcas regionales y consumo informal.
Cuando se amplía la mirada, el número cambia por completo. Relevamientos privados estiman un consumo cercano a 12 millones de alfajores por día, lo que proyecta unos 4.380 millones al año. En un país de unos 46 millones de habitantes, esto equivale a un consumo per cápita cercano a 100 unidades anuales, una cifra que ubica al alfajor entre los productos más consumidos del país.
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En contextos económicos desafiantes, los hábitos alimentarios se transforman. Datos del Indec muestran cómo el consumo se reconfigura hacia opciones accesibles y de satisfacción inmediata. En ese escenario, el alfajor gana protagonismo porque combina precio relativamente bajo, porción individual claramente definida y un alto componente de gratificación.
Más del 80% está en manos de pymes, algo poco frecuente en el universo de consumo masivo
En muchos casos deja de ser un gusto ocasional para convertirse en un reemplazo de comida ligera, especialmente entre adolescentes y jóvenes adultos, el segmento que más lo consume. No es un detalle menor que el 50% del consumo se concentre en el AMBA, donde la lógica es el consumo al paso, el kiosco y la inmediatez forman parte de la rutina diaria.
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Lejos de retraerse, el mercado muestra dinamismo incluso en crisis. Durante 2025 la categoría creció alrededor de un 12% en volumen, en línea con ciertos repuntes en consumo masivo detectados por Scentia dentro de un contexto general contractivo. El dato más relevante es que el crecimiento no se dio en los extremos, sino en el segmento medio. Algunas marcas registraron subas superiores al 30% interanual, impulsadas por innovación, nuevas líneas y una conexión directa con consumidores jóvenes. Esto confirma una lógica muy argentina: aun cuando se ajusta el gasto, el placer no se abandona, simplemente se redefine.
Otro aspecto central es la estructura del mercado. Más del 80% está en manos de pymes, algo poco frecuente en el universo de consumo masivo. El liderazgo de algunas marcas conocidas convive con una enorme fragmentación donde participan desde grandes fábricas hasta pequeños productores artesanales. De hecho, aunque existen cientos de marcas, hay menos de 40 fábricas activas en todo el país, lo que habla de un ecosistema productivo concentrado pero con una diversidad comercial enorme.
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El alfajor funciona como un termómetro silencioso de la economía real
El alfajor también tiene algo que pocas categorías logran: genera identidad. Los consumidores no solo compran, sino que defienden, recomiendan y discuten marcas, en un comportamiento más cercano al de bebidas o tecnología que al de un alimento.
La aparición de nuevas propuestas demuestra que todavía hay espacio para innovar y captar públicos jóvenes sin desplazar a los clásicos. Esa convivencia entre tradición e innovación es una de las claves del crecimiento sostenido.
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En paralelo, comienza a abrirse una nueva oportunidad en el frente externo. Durante años, las condiciones macroeconómicas dificultaron la exportación, pero con un tipo de cambio más competitivo el alfajor vuelve a posicionarse como producto exportable. Existe una demanda creciente por productos con identidad cultural, y el alfajor reúne todas las condiciones para convertirse en un emblema argentino en el mundo.
En definitiva, el alfajor funciona como un termómetro silencioso de la economía real. Cuando los indicadores macro resultan lejanos, su consumo revela cómo se comporta el día a día. Es pequeño, accesible, indulgente y, sobre todo, constante. Por eso, más que una golosina, es una respuesta concreta a un contexto cambiante y, quizás sin proponérselo, uno de los indicadores más honestos de cómo late el consumo en la Argentina.
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El autor es director de Marketing y Comercial de Fantoche
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