
“¡Ando bárbara! ¡Mirá!”, dice Camila Sosa Villada y gira el celular. Muestra el balcón de su departamento que da a la ciudad de Córdoba. Se percibe la palidez intensa del cielo, su leve resolana. Luego vuelve a encuadrarse en la cámara frontal. Lleva unos anteojos de sol de marco naranja y la sonrisa fácil. Esta mañana se despertó temprano y con esos mismos anteojos bajó a desayunar a un café. Fue con un amigo. Volvieron comiendo conitos de dulce de leche como quien regresa de una fiesta de madrugada.
“Me comí un omelette gigante y después nos vinimos caminando con un amigo, porque vive en el mismo edificio que yo, comiendo unos conitos de dulce de leche del Nazareno. ¿Viste que hace poco ganó como el mejor alfajor de no sé dónde? Yo estoy en un momento estupendo. Estoy escribiendo mucho y de noche. Como cuando escribí El viaje inútil, de noche, porque aparte de día trabajaba muchísimo. Estoy con ganas de hacer eso, de escribir. Ahora me voy a meter en tu cabeza así, ¡pum!"
La tristeza vital
La excusa de esta videollamada es la reedición que hizo el sello Tusquets del Grupo Planeta de El viaje inútil, la novela que presentará el 2 de mayo en la Feria del Libro de Buenos Aires. Es su segundo libro, el primero en prosa. Se publicó originalmente en 2018 por la editorial Ediciones Documenta/Escénicas. Antes, el poemario La novia de Sandro (Caballo Negro, 2015). Después, Las malas (Tusquets, 2019), una verdadera tormenta de ventas bajo la edición de Juan Forn en la colección Rara Avis. Desde entonces permanece en la categoría de escritora bestseller.

Este libro rotulado como “no ficción” (“a mí el género de lo que escribo verdaderamente no me interesa”, dice), comienza la historia en Los Sauces, Córdoba, donde el narrador, que es deliberadamente la autora, recuerda su vida allá, como niño varón, con una madre joven y muy triste y un padre que apenas ve porque vive en otra cosa, lejos, y con otra familia. Narra lo que fue “vivir en el campo”, “tan lejos del centro, de los otros”, “sin luz eléctrica, sin agua corriente, sin los ruidos de la ciudad que quiebran el silencio”.
Son los años del descubrimiento. El cuerpo, el deseo, las palabras. “Mi papá me enseñó a escribir y mi mamá a leer. Me llevaron a la vera de un bosque y me dejaron sola ahí, esperando que entre y me pierda para siempre”, se lee. Pero “primero supe escribir y luego aprendí a estar triste”, dice en esas mismas páginas. Poco a poco se convirtió en “una hija travesti, escritora, un monstruo de ese tamaño, retorcido de sí mismo, prisionero del mundo, siempre proclive a caer en pozos cada vez más hondos”.
“La tristeza es muy vital”, dice ahora Camila Sosa Villada. “Mirá toda la gente que hace cosas estando triste en este país, en el mundo. Es un afecto muy vital la tristeza. Fue un libro que escribí estando triste. También teniendo mucha vergüenza... Y se puede estar enojada y triste. Es lo más natural del mundo. Las personas que están con bronca también están muy tristes, por lo general. En el libro también me di cuenta que yo hablaba como una trabajadora, que estaba describiendo un oficio, que es el de escribir”.
Enfermarlos a todos
Mientras se prende una tuca en el silencio de su departamento, Camila Sosa Villada dice que sí, que por supuesto, sí, sí: “Yo decidí hacer mi carrera así”. Estamos hablando de la figura del autor, no del narrador, sino de quien escribe: sea personaje, marca intelectual o celebridad. Su imagen es avasallante y ella tiene pleno conocimiento del asunto. “Cuando me van a ver al teatro o me escuchan cantar o en una entrevista, hay algo que se cuela en quien me recibe, que está bien hecho: es una elección“.

“Y a veces tonteo —continúa—, a veces no soy responsable conmigo ni con las entrevistas y digo ‘no, yo no sabía escribir, yo llegué acá por error’, o ‘yo me quedo acá por la plata’. Pero en verdad sí hay algo que me interesa en eso, que es meterme en la cabeza de todos y quebrárselas. Cuando salió Soy una tonta por quererte muchas de las devoluciones que yo recibía en las redes o que me escribían o de gente que me encontraba, etcétera, era que soñaban y soñaban y soñaban y soñaban..."
“¿Vos hiciste alguna vez análisis? Cuando empezás a hacer análisis, las primeras sesiones que tenés, soñás y soñás... Tenés mucha producción de sueños, porque encuentra un lugar el inconsciente para salir. Entonces a mí me da gusto estar ahí adentro de esas cabezas. ¿Qué clase de escritora sería si yo dijera ‘ay, no, a mí no me interesa lo que ellos reciben, yo escribo para mí’. No, yo quiero poder depositar algún bichito ahí adentro que se propale y los enferme y los vuelva locos“, asegura.
En la tanda de entrevistas que dio el año pasado (“¿El año pasado? Sí, puede ser, puede ser”) se notaba esa premeditación: la búsqueda de la incomodidad, no tanto para contrarrestar la solemnidad del entrevistador, sino para ofrecer algo más que una “charla de literatura”. Ahora lo larga enseguida: “Yo sé que cuando voy a dar una entrevista, voy a tener una pelea. Y eso lo vivo así desde hace miles de años. Es un duelo porque la entrevista no es para mí, la entrevista es para ustedes...”
“Siempre la entrevista es del entrevistador, no de quien responde las preguntas. Y la calidad de la entrevista siempre tiene que ver con el tipo de preguntas. Me toca a veces ir a un par de entrevistas en las que los entrevistadores dan por sentado muchas cosas sobre mí. Y así estén ellos en lo cierto o...” De pronto se interrumpe la argumentación. Acerca su cara a la pantalla y dice: “¿Por qué parezco una vaca?" Ríe, retoma: “Y aun si tuvieran razón, mi tarea es decirles que no la tienen, porque así estoy hecha”.

Ex transescritora
“Un libro es un artefacto”, dice. “Lo que tiene adentro es una parte, después está la tapa, el título. En esta edición le han sacado ‘transescrituras’. A mí me da la sensación de que yo dejé de ser travesti a lo largo de estos años. Entonces, hablar como una transescritora, que era lo que fui en ese momento... Yo estaba creyendo que me salvaba de alguna especie de juicio del otro diciendo que había aprendido a escribir con las travestis, en la calle, por el tipo de lenguaje oral que tienen. No es totalmente cierto”.
“Yo también había aprendido a escribir en la cátedra de Ortiz, acá, en la Universidad Nacional de Córdoba, cuando leí a las escritoras que leí, a los escritores que leí, cuando me editó Gabriela (Halac), cuando me editó Juan (Forn). Hay algo de honestidad que te da envejecer, que te da ser cada vez más vos, o menos vos... La escritura es mejor si se parece menos a vos. Si vos podés usar ese espacio de escribir, no para reafirmarte a vos misma como escritora, sino para ver qué otras cosas tenés para hacer..."
Si toda reedición merece una relectura, ésta es la que ofrece Camila Sosa Villada. Y lo dice así: "El viaje inútil es un poquito narcisista en ese sentido. Hace una reafirmación de todo lo que me contaron de mí misma, de todo lo que me dijeron que yo era. Pero ya no soy así. Entonces dije: bueno, esto hay que sacarlo".
El tema queda boyando. Ante la repregunta, argumenta: “Yo buscaba una expiación a costa de mi historia. Pensaba que si pedía perdón y daba razones por mi ignorancia, porque cuando ustedes iban a aprender a escribir yo estaba trabajando, el juicio sobre mi escritura iba a ser menos doloroso. Lo cierto es que no hubo dolor. Y tampoco es que no sabía escribir más o menos que cualquier otra escritora. Salvo Leila, o la Negroni. Yo sabía escribir. Que ejerciera mal mi escritura porque escribía de más o pedía piedad, eso no me exime de saber escribir. Me guste o no aprendí. Tuve las mejores maestras. La Duras, la McCuller, Sharon Olds o Isabel Allende“.
“No solo se es travesti porque un cuerpo de hombre se vista de mujer”, sostiene. “Creo en la clase, creo en los vientos en contra, creo en la noche de las travestis. Yo estoy en otra noche, y otros vientos en contra me joden al caminar. Pero de ninguna manera puedo llamarme ya travesti como un modo de estar en el mundo. Ahora soy una pioja resucitada. O una negra de mierda. Y nada más”, cierra.

La escritura no morirá jamás
Cuando aparece la palabra coyuntura, la escritora se borra y aparece la actriz, la cantante e improvisa estos graciosos versos con ritmo de salsa: “La Argentina de Milei / guarda que te agarra / guarda que te agarra / la Argentina de Milei”. Pero no, era la coyuntura de la lectura. Entonces cambia de registro y dice: “No tengo el temor de que desaparezcan los lectores. No, para nada. Si desaparecen, desaparecen, y me pondré a hacer otra cosa. Lo que no va a desaparecer es la escritura”, asegura.
“La escritura no desaparece de la vida de nadie, porque está hecha para dominar. Lacan lo dice eso. Y en algún momento apareció un uso estético de la escritura", agrega y recuerda una escena de La casa de las dagas voladoras, una película de Zhang Yimou del año 2004: “Hay unos escritores que escriben sobre la arena los grafismos chinos mientras los atacan con flechas y van muriendo y ellos siguen escribiendo, ¡fa!, ¡fa!, contra la guerra, contra las flechas, contra el desierto donde ocurre esa guerra”.
“No creo que eso desaparezca. Y si desaparecen los lectores, por una cuestión puramente económica me volveré al teatro y seguiré escribiendo. Y la escritura entrará por el oído en vez de entrar por el ojo, o por las manos o por el culo, pero por algún lado les va a entrar. Eso no me preocupa”, concluye detrás de unos anteojos de sol de marco naranja y la sonrisa inalterable.
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