“Entendemos que estamos trabajando contra décadas de historia”, dijo Marco Rubio al dar la bienvenida a Yechiel Leiter y a Nada Hamadeh Mouawad, los embajadores respectivos de Israel y el Líbano en Washington. A su lado, la mano derecha de Rubio, el influyente estratega Michael Needham, y el embajador norteamericano en Beirut, Michel Issa, cerraban el círculo de una reunión insólita que no se había producido desde el 17 de mayo de 1983, cuando se firmó un acuerdo de paz que acabaría siendo fallido. Entremedio, una breve presencia del Líbano en el contexto de los acuerdos de Oslo de 1993 y las negociaciones indirectas en 2022 para delimitar la frontera marítima, pero nada comparable a la cumbre que se acaba de producir en el Departamento de Estado. En este sentido, es evidente que el encuentro de este 15 de abril de 2026 es histórico.
Pero que sea histórico –no en vano ha roto tres décadas de ostracismo mutuo– no implica que haga historia. ¿Qué opciones reales existen para un alto el fuego sostenido en el tiempo, y más allá, unas posibles relaciones bilaterales entre el país de los cedros y el Estado hebreo? Lo primero es saber si realmente hay un interlocutor capaz de hablar en nombre del Líbano y ejecutar los posibles acuerdos, o son muchos los interlocutores y sus intereses son contrapuestos. De entrada, no hay presidente desde 2022 cuando acabó su mandato Michel Aoun, precisamente porque el parlamento se ha visto incapaz de alcanzar un consenso. Por ello, asume el cargo de manera excepcional el actual primer ministro Najib Mikati, que es musulmán sunita. Cabe recordar que por imperativo constitucional, el presidente debe ser cristiano maronita, de ahí que Joseph Aoun, comandante en jefe de las fuerzas armadas, tuviera muchas opciones, pero su candidatura ha sido reiteradamente bloqueada por Hezbollah, que lo considera demasiado cercano a Estados Unidos. Además de ellos, está el presidente del parlamento, el chiíta Nabih Berri, líder del grupo Amal y principal aliado de Hezbollah.
Ese es el primer escollo: no existe un gobierno que centralice todo el poder y sea capaz de implementar los acuerdos asumidos. El ejemplo más penoso fue la decisión del ministro de Exteriores de declarar persona non grata al embajador de Irán y exigirle el abandono del país. No solo no ha marchado, porque Irán ha dicho que “el embajador se queda”, sino que ha tenido el apoyo incondicional de Hezbollah y Amal. Es decir, sin el permiso de Irán, el gobierno del Líbano no ha podido ni tan solo expulsar a un embajador. Qué decir de la decisión de un plan de desarme de Hezbollah, aprobado en septiembre pasado, y cuya efectividad se resume en los 1.400 misiles que ha disparado Hezbollah contra las poblaciones del norte de Israel desde el 2 de marzo. Los últimos, el mismo día de la cumbre en Washington.
Lo cual nos lleva al siguiente escollo, la madre de todos los obstáculos para cualquier acuerdo de paz: el dominio que Irán ejerce en el Líbano desde 1982 a través de Hezbollah, un grupo terrorista fundado por clérigos iraníes con el apoyo de 1 500 instructores de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica, y cuya estructura ha acumulado más de 50.000 combatientes activos, que alcanzan a los 100.000 con los reservistas. Todo un ejército que, además, ha llegado a tener un contingente de más de 200.000 proyectiles, desde misiles de medio y largo alcance, drones, antitanques e incluso los misiles de precisión Fateh-110. Es cierto que con los ataques israelíes, la organización terrorista ha perdido sus principales liderazgos, ha visto muy diezmado su arsenal y su estructura ha quedado muy debilitada. Pero continúa teniendo capacidad militar, poder político (con capacidad de bloqueo) y fuerza de movilización en la calle. Sin olvidar que es Irán quien dirige sus movimientos. Y tanto Irán como Hezbollah han considerado esta cumbre en Washington como un acto de traición. Así se refirió Naim Qassem en su alocución televisiva: “rechazamos las negociaciones con la entidad usurpadora israelí (...), este acuerdo ni nos concierne, ni nos obliga a nada”.
El tercer escollo se deriva del anterior: la negativa de Israel a frenar sus ataques contra Hezbollah, si la organización no se desarma. Ayer mismo el teniente coronel Eyal Zamir, jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel, fue muy explícito en su visita a la División 162 desplazada en el sur del Líbano: “Toda el área del sur del Líbano hasta el río Litani será una zona prohibida para los agentes de Hezbollah”. Y el propio Netanyahu ha dejado claro que no habrá alto el fuego si no hay desarme, recordando que ha sido Hezbollah quien ha metido al Líbano en la guerra, y no tiene intención de pararla.
Con toda la situación, la reunión de Washington parece más una suma de buenas intenciones que una cumbre con capacidad para imponer un acuerdo de paz. A pesar de ello, el solo hecho de haberse producido ya es un paso de enorme importancia. En su favor juega que el liderazgo libanés no chiita quiere restaurar la soberanía estatal y frenar el poder de los proxys iraníes, y que una parte muy importante de la ciudadanía está harta de Hezbollah y quiere la normalización con Israel. De ahí que la cumbre añade el carácter simbólico de separar al Estado libanés de la organización terrorista.
Un apunte final: el triste papel que ha hecho Macron, desesperado por ofrecer París como sede o, en su defecto, estar presente en la cumbre. En ambos casos, Israel se negó. “No quiero que los franceses se acerquen a estas negociaciones; deberían estar lo más lejos posible. No son necesarios, y no son una influencia positiva”, declaró tajante el embajador Leiter. En el trasfondo, la convicción de que el papel de Francia durante décadas de ser “el guardián del Líbano” solo sirvió para que Hezbollah creciera como una potencia militar letal y desestabilizadora para toda la región. Cabe decir que el Líbano no salió en favor de Francia, cuando Israel expresó su rechazo.
En definitiva, ¿habrá acuerdo de paz pronto? Parece muy difícil a corto plazo, a no ser que realmente cambien drásticamente las circunstancias. Pero sí cabe la esperanza ante un Líbano que intenta resurgir más allá del dominio y la vampirización que ha sufrido por parte del régimen de los ayatolás. Tanto la caída de los Assad en Siria, como el debilitamiento de Irán y el propio de Hezbollah, ayudan a desbrozar ese camino hacia la estabilidad. Pero mientras la organización terrorista tenga capacidad letal, no será posible.
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