
En el histórico escenario del Teatro Nacional Cervantes, Ginette Reynal se reinventa como una de las cinco protagonistas de “Doradas”, la obra escrita y dirigida por José María Muscari con el auxilio de la inteligencia artificial. El espectáculo reúne a Cristina Alberó, Marta Albertini, Judith Gabbani, Carolina Papaleo y la propia Reynal, todas debutantes en este emblemático teatro de Buenos Aires.
Como parte del elenco, Reynal afronta el reto de integrar una propuesta teatral que fusiona tecnología y vivencias personales. La obra explora el paso del tiempo, la fama y la transformación en la escena artística, permitiendo a la actriz compartir su visión sobre creatividad, resiliencia y cada etapa de su carrera.
—¿Cómo describirías tu presente profesional con “Doradas” y qué te atrajo de la propuesta de José María Muscari?
—Mirá, yo trabajé muchas veces con José María Muscari. Estuve en “La casa de Bernarda Alba”, en “Sex” y siempre me interesó lo que hace, porque me gusta mucho su forma de abordar el trabajo, tanto en un clásico como García Lorca en “Bernarda Alba” y también habiendo hecho cosas como “Sex” o esta obra, que no es solo de él, es algo en lo que participa también la inteligencia artificial. Me interesó mucho cuando me llamó, la propuesta entera.
—Además, nunca habías estado sobre las tablas del Teatro Nacional Cervantes.
—Para mí es un honor trabajar allí como actriz, especialmente habiendo sido una “chica Sofovich”. Llegar a este teatro tiene mucho significado. Esta obra es un hito en mi camino, suma a mi carrera. Disfruto los desafíos y me gusta trabajar en proyectos que me exigen salir de mi zona de confort. Ojalá me invitaran más seguido a papeles diferentes. Creo que todo lo que se hace en la vida sirve si se realiza con seriedad, y cada paso forma y forja nuestra identidad. Ese es uno de los motivos por los que acepté este reto de Muscari. Para mí, él es un gran director, muy personal. Me gustan las propuestas originales y el trabajo de nicho.

—¿Cuál es tu participación en “Doradas”, cómo te involucraste?
—“Doradas” sucede en el marco de los treinta años de carrera de Muscari, que celebra este año. El teatro lo convocó para dirigir y crear un espectáculo inédito. Para el proceso, hizo entrevistas a todas nosotras. Salimos a almorzar y él grabó nuestras charlas; tiene una manera muy particular de preguntar, su mente es divertida y poco clásica. A partir de esas entrevistas que realizó, volcó el material en la inteligencia artificial y escribió un texto. Junto con Cristian Morales, trabajaron sobre ese texto y nos enviaron el guion. Empezamos los ensayos a fines de enero. La obra fue tomando forma, elegimos la música, los movimientos, cada decisión se fue sumando. Muscari trabaja de forma muy orgánica.
—¿Qué contenidos abordás en tu parte? ¿Qué cuenta “Doradas”?
—El espectáculo está profundamente centrado en nuestras carreras, nuestras experiencias, en lo que significa el dorado de manera abstracta y también aplicado a momentos de la vida, a la filosofía, incluso al contexto argentino. La obra crea un pasillo entre nuestras historias y cómo se manifiesta el dorado a lo largo de la vida. No es fácil de explicar: es muy performática, es una experiencia destinada, sobre todo, a gente de nuestra edad. Tal vez para el público más joven es más difícil aprovecharla o disfrutarla a fondo, porque tiene mucho que ver con el pasado. Pero también incorpora la novedad de la inteligencia artificial, hablamos bastante de eso, de la luz, de la novedad, de la velocidad de la información. El gran valor es que une esas energías, lo retro y lo nuevo.
—Mencionabas tu época dorada como modelo, ¿extrañás algo de ese tiempo?
—No, para nada. Siento que el momento dorado de mi vida es este. Me siento dorada ahora por muchas razones. Primero, porque agradezco siempre la familia en la que nací, la educación que me dieron. Eso me “doró” ya de entrada (ríe). Además, fui construyendo mi camino, me pasaron muchas cosas. Me gusta vivir, entregarme a la vida, y trato de que tanto lo positivo como lo negativo dejen un aprendizaje.
—Eso significa que no renegas de tu pasado.
—Todo lo contrario, no reniego de nada. Todo lo que hice me sirvió. Y como dije al principio, cada experiencia, si uno sabe ver la parte llena del vaso, te deja algo. Para mí, el vaso siempre está lleno, o medio lleno, o llenándose.

—¿El arte te ayudó en la reconstrucción personal?
—Sí, a mí me ayudó muchísimo. Creo que en general se sobrevalora la capacidad artística, porque todos podemos expresarnos de alguna forma artística. El arte es como la energía más profunda, una paleta de colores única para cada persona, y depende de la historia, las circunstancias, el aprendizaje y si uno se profesionaliza o no. La energía creativa es original; surge del instante artístico y del momento creativo, de todo eso a la vez. Cuando uno pasa por un mal momento, el arte ayuda. Por ejemplo, durante toda la enfermedad de mi marido yo pinté. Él venía conmigo al taller y también pintaba. Cuando falleció, atravesé una etapa muy oscura. En ese tránsito, mi pintura reflejaba esa oscuridad. Luego hubo una etapa de frialdad en la que sentía que no podía crear nada, como si estuviera muerta por dentro. Pero aun entonces, pude hacer algunas cosas. Tengo una profesora de pintura, Rebecca Mendoza, que es extraordinaria: sabe ver el hilo para tirar y ayudarte a crear, con ejercicios creativos y lúdicos. Ella fue clave y yo me entregué al proceso.
—Siempre hablás de tu marido y el gran amor que vivieron. Tras esa experiencia tan intensa, ¿te fue difícil abrirte a nuevas relaciones?
—Después de que él murió estuve de novia un par de veces. Fueron relaciones intensas, incluso con un primo hermano mío donde hubo mucho amor. Con el tiempo, llevo bastante sola. No lo padezco, porque aprendí a vivir sola, y lo hago bien. Tengo tiempo para mí, para mi nieto, para mis hijos y mi trabajo. No se da una pareja, por algún motivo Dios me quiere así ahora.
—¿Recibís propuestas o invitaciones para salir, o es por decisión tuya?
—Claramente, soy yo. Las experiencias te cincelan como un pedazo de bronce o mármol. No quiero que se entienda desde la arrogancia, sino por el cambio profundo que hice en mi vida, sobre todo con el tema de las drogas y el alcohol, y por la viudez, me volví muy responsable e introspectiva, y a veces, en la cultura en la que vivimos, no es fácil encontrar alguien que reúna todo eso y te sacuda el piso o la cabeza.
—Mencionabas que quisieras que te llamaran más para actuar, ¿sentiste prejuicio tras hablar públicamente de tus adicciones?
—No, no creo que sea por eso. Pienso que tiene que ver más con la presencia escénica o el “tipo de papel”. En nuestro país hay mucho arte, pero ahora no son años de vacas gordas. Es más fácil para las producciones hacer un casting rápido; no van a ponerme a interpretar el papel de una cocinera paraguaya o una policía.

—Bueno, ese es un tipo de prejuicio...
—Ese es el tipo de prejuicio que enfrentamos. Pero todos somos víctimas de alguno. Lo importante es cómo respondemos a esos prejuicios, cuál es nuestra reacción y si tomamos venganza o no. En “La casa de Bernarda Alba” era la criada, el personaje más pequeño. Muscari le escribió un monólogo a esa criada: trabajaba con un uniforme gris, sin maquillaje, pañuelo en la cabeza. Él supo borrar el estereotipo y buscar que el color saliera de mi interior.
—Fuiste portada de revistas, desfilaste, fuiste un ícono de belleza. ¿Tu historia con la adicción cambió tu percepción de la belleza y los mandatos sociales?
—Absolutamente. Mi marido me dejó la enseñanza más valiosa: hay que disfrutar la vida, porque nadie sabe qué hay más allá. Yo creo en la vida después, pero no sé si existe o no. A mí me tocó quedarme y a él irse. Lo honro siendo feliz, alegre, generosa. Sobre la belleza y los mandatos, sí cambié. Antes seguía más las modas, aunque amo la moda y soy muy coqueta. Hoy solté muchas cosas, especialmente en mi relación con el cuerpo y el envejecimiento. Estoy en paz con los cambios físicos. No quiero convertirme en una muñeca con una cara distinta a la mía. No coincido con el criterio estético actual: ya venía con pómulos, labios gruesos. Mi hija, que también es actriz y modelo, heredó lo mismo. No me gusta lo excesivo en lo estético.

—¿No tenés cirugías?
—Nunca fui de someterme a cirugías. Solo tengo algún retoque mínimo, la nada misma, pero nunca me operé la nariz ni me rellené los labios. Hace treinta y cinco años que me cuida la piel la misma dermatóloga, Laura Alfie. Ella jamás haría algo que no corresponda; si le pido un cambio excesivo, me dice que busque otro profesional. Cuido mucho mi piel.
—Lo que no te bancaste fueron las canas...
—(Se ríe) Las canas no me las banqué, pero encontré un sustituto: estoy en camino de dejarlas, aunque por ahora llevo el pelo claro con mechas, así disimulo el contraste cuando crece el blanco. En mi familia, del lado paterno, el pelo blanco es común.
—En tu recuperación mencionaste que tus hijos fueron fundamentales y que fuiste a Alcohólicos Anónimos. ¿Qué herramientas aprendiste allí y considerás esenciales?
—Mira, lo más importante es entender que un alcohólico se recupera con otro alcohólico. No hay cura, es una enfermedad que no se cura sino que se detiene. Eso fue clave para mí. Te detenés y seguís viviendo una vida normal. Sos una persona recuperada y adaptada a tu entorno mientras permanezcas limpia. El programa de Alcohólicos Anónimos, creado por Bill y Bob, está muy bien diseñado. La diferencia es que los alcohólicos nos readaptamos, no nos curamos. Mantenemos la enfermedad a raya entre nosotros porque reconocemos nuestra vulnerabilidad ante Dios, o ante el poder superior que cada uno elija.
Fotos: Mauricio Cáceres (Prensa Teatro Nacional Cervantes)
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