
Durante décadas, la escuela fue pensada -y vivida- como un lugar donde ocurría lo sagrado. Un espacio separado del mundo, protegido de sus conflictos, con ciertos rituales, donde valores considerados universales y sacros ordenaban la tarea educativa. François Dubet (2006) describió con precisión ese idea-eje que sostuvo a la escuela moderna: la vocación docente, la autoridad incuestionada, la disciplina como vía de liberación y la promesa de que obedecer era, paradójicamente, el camino hacia la libertad. Hoy, ese modelo de institución está en declive. Y no porque la escuela haya fracasado, sino porque el mundo que le daba sentido cambió radicalmente.
La crisis que atraviesan las instituciones educativas no es solo organizativa ni pedagógica, sino que es simbólica, ya no pueden sostenerse como un espacio “fuera de lo social” cuando las desigualdades, las identidades, las tecnologías y las emociones atraviesan sus muros. También el aula dejó de ser un espacio de neutralidad y se convirtió en un territorio de tensiones, demandas y pluralidades.En la escuela lo que se resquebraja no es solo la autoridad, sino el modo mismo de socializar; ya no produce sujetos a partir de un orden único y trascendente, sino que trabaja con experiencias fragmentadas, trayectorias diversas y biografías atravesadas por la incertidumbre. Esto genera desconcierto, nostalgia y, muchas veces, una sensación de impotencia en docentes que fueron formados para una escuela que ya no existe.
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Sin embargo, el declive de estas ideas no implica el fin de la escuela; sino una transformación profunda de su sentido político. La escuela dejó de ser un santuario, la vocación docente ya no se expresa en el sacrificio silencioso, sino en la profesionalidad crítica, en el trabajo colectivo y en la defensa de condiciones dignas para enseñar y aprender.
A su vez, la autoridad ya no puede apoyarse en lo sagrado ni en el hecho de “representar valores superiores”, debe construir el vínculo con capacidad de habilitar la palabra y reconocer al otro como sujeto. La escuela debe ser el lugar donde no se niegue el conflicto, sino que se lo trabaje pedagógicamente; donde la diversidad no sea tolerada como excepción, sino reconocida como punto de partida; donde la disciplina no sea sinónimo de obediencia ciega, sino de construcción de acuerdos y responsabilidad compartida.
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La institución escolar está llamada a formar sujetos capaces de comprender el mundo, intervenir en él y transformarlo. Esto supone abandonar la ilusión de neutralidad, de sacralidad y asumir que educar siempre es una toma de posición. La escuela de hoy ya no “instituye” sujetos a partir de certezas absolutas, educa en la intemperie. Y quizá allí radique su desafío más potente: acompañar a niñas, niños y jóvenes a construir sentido en un mundo sin verdades únicas, pero con una urgente necesidad de justicia, inclusión y horizonte común.
El problema no es que la escuela haya perdido su carácter sagrado. El verdadero riesgo sería que, en nombre de esa pérdida, renuncie a su responsabilidad ética y social. Porque, si el santuario se ha derrumbado, lo que queda en pie -o debería quedar- es la escuela como espacio de humanidad compartida.
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