
Estamos al borde de la aprobación del Acuerdo de Libre Comercio entre el Mercosur y la Unión Europea por parte del Consejo y el Parlamento Europeo.
Es un hecho histórico que expresa la voluntad de apertura de la región, concretando el espíritu original de “regionalismo abierto” que inspiró el Tratado de Asunción en 1991.
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Por otro lado, Argentina y Brasil somos los “Principales Aliados Extra-OTAN” de Estados Unidos. Chile (miembro asociado del Mercosur) tiene acuerdos de libre comercio con EEUU, la UE y China.
Tanto Chile como Uruguay, Paraguay, Brasil y Argentina tenemos a China como nuestro primer socio comercial.
Esta red de vínculos marca el intenso intercambio entre nuestra región y los mercados más importantes del mundo.
Cuando vemos el índice de riesgo país, Argentina ha logrado en los últimos 2 años bajarlo de 2.000 a 630 puntos, mientras Brasil tiene 180 puntos, Paraguay 116, Chile 92 y Uruguay 59 (en Bolivia, el solo cambio de signo ideológico de las últimas elecciones produjo una caída de 2.110 a 930 puntos).
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Todos nuestros vecinos tienen abundantes reservas en sus bancos centrales -las más voluminosas, en Brasil, suman u$s 380.000 millones-.
Lo mismo ocurre con los crecientes índices de inversión extranjera, baja inflación -todos muy debajo del 10% anual- y los crecimientos del empleo y el salario real.
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Argentina tuvo tres “salvatajes” en el curso del último año: en julio del 2024, China nos refinanció un crédito de u$s 5.500 millones que, si exigían su pago, nos hubiera arrastrado al default; en mayo de este año, nos refinanció los vencimientos el FMI y los reforzó con u$s 20.000 millones; y en ocubre llegó el turno de la Secretaría del Tesoro estadounidense, que nos otorgó un crédito SWAP por u$s 20.000 millones (del cual ya se activaron u$s 2.000 millones para el repago de la asistencia cambiaria de emergencia antes de las elecciones del 26 de octubre).
Todas las ayudas deben ser agradecidas, pero es claro que el definitivo despegue de Argentina ocurrirá cuando encontremos la forma de movilizar los extraordinarios recursos humanos y naturales con los que contamos. Las inversiones -internas y externas- ocurrirán cuando generemos las condiciones de credibilidad que hemos postergado por privilegiar el eterno péndulo alimentado por la grieta fratricida que venimos profundizando desde hace 50 años.
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Seguimos ignorando el mayor elemento de confiabilidad y estabilidad que tenemos al alcance de la mano: la integración con nuestros vecinos, que han aprendido durante los últimos 20 años a vivir con alternancia política e ideológica, logrando un proceso acumulativo que nos ha dejado relegados a ser “los peores del barrio”.
Por décadas, nos considerábamos los mejores… la realidad nos enseña que, si esto fue cierto, es parte de un pasado que tenemos que superar, sumándonos con entusiasmo a una realidad regional que nos prestigia y nos suma fuerza para negociar en conjunto. Juntos, tenemos 300 millones de habitantes, con 20 millones de kilómetros cuadrados, y somos la sexta economía mundial.
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La integración está por encima de las identidades políticas e ideológicas, que serán siempre cambiantes y sujetas a la voluntad democrática de nuestros pueblos.
Sepamos pedirles perdón a nuestros vecinos por la soberbia con la cual supimos tratarlos, y gracias por el apoyo, la confianza y, muchas veces, la admiración que nos han profesado.
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