
La Conferencia de Examen del Tratado de No Proliferación de las Armas Nucleares (TNP), celebrada recientemente en Naciones Unidas, ha mostrado las dificultades que enfrenta el sistema multilateral de seguridad internacional para impulsar acciones colectivas. Por tercera vez consecutiva (2015, 2022 y 2026), los Estados parte del TNP no han podido acordar una hoja de ruta común para reforzar los compromisos de no proliferación, desarme y uso pacífico de la energía nuclear. La falta de un documento final consensuado no es un detalle procedimental, sino un síntoma de desacuerdos profundos sobre la arquitectura de gobernanza nuclear.
La señal más preocupante es que los Estados poseedores de armas nucleares y los Estados no nucleares parecen estar cada vez más alejados respecto a cómo gestionar los riesgos nucleares. “Las potencias nucleares no han avanzado lo suficiente en el cumplimiento de sus obligaciones vinculantes de desarme conforme al tratado” (artículo VI). De hecho, las potencias nucleares están ampliando y modernizando sus arsenales en lugar de reducirlos. Esta percepción alimenta una desconfianza diplomática que dificulta acuerdos sustantivos.
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La escasa disposición de superar diferencias estuvo presente al tratar la seguridad de las instalaciones nucleares en Ucrania y la atribución de responsabilidades, el establecimiento de una zona libre de armas nucleares en Medio Oriente y particularmente el comportamiento proliferante de Irán en materia de uranio enriquecido. Las discrepancias en torno a estas cuestiones bastaron para frustrar un acuerdo colectivo, lo que muestra hasta qué punto el proceso de revisión del TNP es vulnerable a las tensiones geopolíticas.
Tampoco cuestiones técnicas lograron consensos diplomáticos mínimos, como fue consideraciones sobre el fortalecimiento de las salvaguardias del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), mejoras en los sistemas de contabilidad y control de materiales nucleares, ampliar la capacidad del organismo de exigir información más frecuente y detallada sobre los programas nucleares o sobre el tratamiento más intrusivo del OIEA de tecnologías sensibles de doble uso.
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La dificultad creciente para acordar aspectos operativos básicos del régimen del TNP tiene implicancias directas en la arquitectura del multilateralismo. Cuando un tratado considerado como piedra angular del régimen de no proliferación muestra bloqueos recurrentes, se envía una señal de que las instituciones globales tienen menor capacidad de adaptación y resolución de conflictos. Esto si bien no implica su colapso, es una pérdida progresiva de eficacia y credibilidad.
Otro efecto relevante es la tendencia de algunos Estados a explorar marcos alternativos de cooperación, ya sea mediante acuerdos regionales o coaliciones más reducidas y flexibles. Este fenómeno, conocido como “minilateralismo”, refleja una pérdida de confianza en los foros universales, que se perciben como demasiado lentos o polarizados para producir resultados concretos. El auge de esta mecánica diplomática tiene efectos en la gobernanza internacional, incluido en el ámbito nuclear.
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La falta de disposición diplomática a acuerdos mínimos que quedó en evidencia en Nueva York no implica riesgos de desaparición del régimen de la no proliferación, pero sí marca una fase de tensión estructural multilateral. “El mayor peligro para el TNP no es solo controlar la proliferación nuclear, sino el desgaste de la confianza que lo sostiene.” El sistema sigue en pie, pero funciona con mayor debilidad, menor consenso y crecientes desafíos para mantener cohesión en torno a las normas que han sostenido la estabilidad nuclear durante décadas.
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