
Las crisis que enfrentamos hoy no conocen fronteras. Guerras comerciales, pandemias, conflictos bélicos, inseguridad alimentaria o desinformación se expanden a través de un planeta interconectado. Para resolver los múltiples problemas que hoy enfrentamos, necesitamos una acción coordinada. El caso de la crisis climática es un claro ejemplo: las acciones de conservación de un país benefician a sus vecinos. Esto nos recuerda que el destino, tanto de países como de personas, es interdependiente: estamos todos en el mismo barco. Por eso, necesitamos más cooperación internacional.
En ese espíritu, esta semana participé en el encuentro de Montevideo, donde líderes de distintas regiones y disciplinas coincidieron en que no hay progreso sin cooperación, ni cooperación sin confianza. Desde el Panel Internacional para el Progreso Social (IPSP), del cual tengo el honor de formar parte, trabajamos precisamente para delinear esos horizontes: pensar cómo reconstruir el tejido social, revitalizar la democracia y reimaginar el desarrollo en clave global.
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Sin embargo, el contexto actual juega en contra. Estamos transitando de un orden mundial unipolar (centrado, durante décadas, en la hegemonía de Estados Unidos) hacia un escenario más multipolar, en el que distintos actores pugnan por influencia, legitimidad y poder. Este cambio multiplica las tensiones, fragmenta la gobernanza global y dificulta la coordinación de respuestas colectivas. En lugar de actuar unidos frente a los riesgos comunes, muchas veces los países compiten, se repliegan o bloquean mutuamente. Y así se configura un círculo vicioso: cuanto menos cooperamos, más se agravan las crisis que justamente requerirían cooperación para ser resueltas.
Si no logramos reconstruir la confianza y la legitimidad de un sistema que habilite la cooperación internacional, nos encaminamos a un escenario de riesgo existencial. Hoy convivimos con múltiples puntos de no retorno: la crisis climática, el peligro nuclear, la pérdida acelerada de biodiversidad, las nuevas zoonosis y la erosión de la democracia. Cada uno de estos límites tiene un umbral que, una vez cruzado, no admite regreso. La humanidad no puede permitirse ese salto al vacío.
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Frente a esto, la única estrategia sensata es fortalecer los pilares de legitimidad y eficacia, tanto de los Estados como del multilateralismo. El corazón de la legitimidad es la eficacia: hay que mostrar resultados concretos, transformaciones que mejoren la vida de las personas, para recobrar su confianza en las instituciones. Reforzar la efectividad (y, por ende, la legitimidad) requiere más democracia: instituciones transparentes, rendición de cuentas, participación ciudadana efectiva y políticas basadas en evidencia. No hay desarrollo posible sin democracia, y no hay democracia duradera sin desarrollo. Ese equilibrio es el ADN de CIPPEC y el núcleo de nuestra convicción: la eficacia del Estado y la cooperación internacional solo florecen cuando están sostenidas por instituciones legítimas, inclusivas y abiertas.
Pero también necesitamos algo más: imaginar un futuro que nos guste para poder construirlo. En tiempos donde el miedo al colapso parece dominar los relatos sobre el porvenir, es urgente recuperar la capacidad de soñar con un mundo distinto, donde las personas y el planeta estén en el centro de las decisiones. No se trata de ingenuidad, sino de estrategia: las transformaciones más profundas nacen de quienes se atreven a imaginar alternativas.
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En definitiva, el futuro no está escrito. Pero sí sabemos algo con certeza: solo saldremos adelante si lo escribimos juntos.
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