
Las sociedades cambian y los Estados deben adaptarse. Vivimos en un mundo donde la expectativa de vida crece, pero, paradójicamente, las personas mayores siguen enfrentando barreras que limitan su participación, su autonomía y su propósito. En la Ciudad de Buenos Aires viven más de 500 mil personas de más de 65 años y otras tantas la visitan cada día, y si bien es una de las mejor preparadas en cuanto a servicios y programas que mejoran su bienestar, está claro que todavía tenemos desafíos pendientes.
No vamos a resignarnos a que envejecer sea sinónimo de quedarnos en casa, inactivos, aislados o dependientes. Estamos repensando las políticas públicas para garantizar que cumplir años sea sinónimo de oportunidades y no de restricciones. Durante los últimos 17 años, las personas mayores estuvieron siempre en el centro de las prioridades de la gestión. Son innumerables los programas y políticas públicas que venimos implementando para construir una sociedad que valore la experiencia y acompañe el crecimiento de la expectativa de vida. Se estima que hoy 1 de cada 4 porteños es adulto mayor.
El desafío es doble: debemos acompañar a quienes más lo necesitan, garantizando cuidados, accesibilidad y derechos, y también ofrecer herramientas a quienes siguen activos, brindándose a otros y compartiendo en comunidad.
Por eso, fortalecimos los programas que ya existen y también abrimos nuevas puertas: hoy, miles de personas mayores acceden a la atención médica sin moverse de su casa gracias a la telemedicina; desarrollamos espacios de formación digital para quienes quieren aprender a manejar nuevas herramientas; trabajamos con el sector privado para generar oportunidades de empleabilidad y articulamos con distintas áreas del gobierno para generar entornos accesibles y facilitar el acceso a trámites, servicios y beneficios de forma más simple y con menos burocracia.
Este año, implementamos “Fila Cero” en los 48 CESACs y en todas las sedes comunales, porque queremos seguir eliminando barreras y que las personas mayores encuentren en la Ciudad el mejor lugar para vivir. Y hacia adelante, la accesibilidad en el espacio público será uno de los pilares. Pensar una Ciudad caminable, segura, con bancos de descanso, cruces semafóricos adaptados, rampas accesibles, transporte inclusivo y espacios verdes diseñados para todas las edades no es un lujo: es una necesidad.
Una Ciudad amigable con las personas mayores es una Ciudad más justa para todos. Ser realistas implica reconocer que el mayor desafío no es solo técnico, sino cultural. Hay que animarse a cuestionar el viejismo que todavía persiste: esa idea de que la vejez es solo sinónimo de enfermedad, fragilidad, dependencia o descarte.
La realidad es mucho más diversa: hay personas mayores que requieren apoyo, y otras que buscan desafíos. Nuestro objetivo es atender esa diversidad a través de un enfoque integral. Hablamos de promover el envejecimiento activo, pero también de entender que para mejorar nuestra calidad de vida es fundamental tener un propósito. Para muchos, ese propósito es trabajar, seguir formándose, ser parte de proyectos comunitarios, dedicarle tiempo a otros o transmitir sus saberes y su experiencia. Y el Estado tiene que estar a la altura generando condiciones para que eso sea posible.
Las sociedades que envejecen necesitan más creatividad y menos prejuicios. Y, sobre todo, necesitan políticas que no los inviten a resignarse, sino que los acompañen y entiendan que la experiencia, la trayectoria y los saberes acumulados no son un peso, sino un recurso valioso.
El envejecimiento es una realidad demográfica, pero también una oportunidad colectiva. Construir una Ciudad Plateada es construir una sociedad más justa, más humana y preparada para el futuro. Una sociedad que valore la experiencia de quienes han dado tanto y que hoy siguen teniendo mucho para aportar.
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