
Ya hace algunos años, en el marco de otro gobierno, escribí un artículo sobre los vicepresidentes. No es novedad, entonces, la trama novelesca que atraviesan los presidentes y sus compañeros de fórmula. Sobran ejemplos en nuestra historia que relatan los juegos de traiciones -en todas las épocas y de todos los colores partidarios- de ese matrimonio por conveniencia que, en pocos casos, llegó a buen término: renuncias, sucesiones, peleas abiertas, han dominado la escena.
Hace muchos años, Mario Serrafero publicó un libro titulado El poder y su sombra. En él describía esta institución particular del presidencialismo, destacando que, en contextos presidencialistas, el vicepresidente ha sido estudiado como un actor de reparto y que los estudios sobre los vices son escasos, a pesar de su relevancia institucional.
En América Latina, 17 países cuentan con la institución Vicepresidencia. En épocas recientes, un estudio muestra que entre 1985 y 2012 (dato más reciente, si lo es), 110 personas ocuparon dicho cargo, lo cual es un indicador claro de la inestabilidad y de las recurrentes crisis que atraviesa la región. En muchos de estos países, el vice es electo junto con el presidente. Aunque la necesaria reforma de esta institución nos podría llevar a una temprana pregunta: ¿debemos cambiar la forma de elegir al vice?
Las consideraciones sobre la vicepresidencia, decíamos, no abundan, pero en general los vices latinoamericanos son herederos de la tradición norteamericana expresada en El Federalista por Hamilton, quien le asignaba un rol central en la sucesión del presidente y la presidencia del Senado, como su función permanente.
En esa línea es que los vices, al frente del Senado, contribuyen a facilitar las relaciones políticas y ser un fiel amigo y consejero autorizado del presidente. Así, los vicepresidentes norteamericanos ayudan a sus presidentes a sortear escollos en el Congreso y a neutralizar el veto de ciertos actores del sistema político, fundamentalmente. Son hábiles negociadores y expertos en disuadir al Congreso.
En su obra, Serrafero distinguía el tramo electoral, es decir, la etapa de conformación del binomio presidencial y la carrera electoral, del tramo de gobierno, o sea, la relación entre el presidente y su vice una vez llegados al poder.
En el tramo electoral, tradicionalmente los presidentes eligen a su vice por la tracción de votos que ellos generan. Por lo tanto, la vicepresidencia ha sido un espacio estratégico para el armado de coaliciones, o su ampliación. En el tramo de gobierno, la relación cambia y oscila entre la cooperación y el conflicto, llegando al enfrentamiento abierto.
Acertaba Serrafero cuando escribía que el vice juega a la deslealtad, que estar a la sombra del presidente lo invita, más tarde o temprano, a la traición. Ganar elecciones es solo una parte de la lógica del presidencialismo, pero estos “matrimonios por conveniencia” muchas veces no encuentran forma de convivir una vez pasadas las elecciones.
Puesto así, la vicepresidencia es un espacio estratégico en el entramado institucional, pero, sobre todo, en la dinámica y funcionamiento diario del ejercicio presidencial.
Un vice leal, ocupando la presidencia del Senado, y con amplios poderes de negociación, puede asegurar la gobernabilidad en contextos de gobiernos minoritarios, como el actual. Aquí, el presidente puede ser el líder de una coalición que gravite sobre los gobernadores aliados, que propicien el diálogo federal cuyo punto de encuentro y convergencia sea la Cámara Alta. Un vice desleal, minando la estabilidad del presidente, puede poner en jaque a todo el sistema.
Lo cierto, y como conclusión, es que la vicepresidencia supone una tensión en el presidencialismo y que, como tantos temas pendientes en la Argentina, invita a debatir su rediseño.
Así, recordando la historia reciente, ¿podríamos pensar si en un contexto de balotaje los vices pudieran ser seleccionados por cada candidato en esta precisa instancia, incluso modificando la fórmula original? O, quizás, ¿ser elegido por el presidente una vez este haya ganado la elección? ¿Podría ser un espacio para formar o reconfigurar alianzas? ¿Facilitaría este procedimiento la gobernabilidad o generaría mayor inestabilidad? El debate no solo está abierto, está pendiente en nuestra agenda.
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