
Cuando nadie esperaba una operación militar por parte de Ucrania, el 6 de agosto cerca de dos brigadas ingresaron al Óblast (región) de Kursk, en territorio de la Federación Rusa, y ocuparon numerosos pueblos y ciudades del mismo.
El primer dato que llama la atención es la falla (una vez más) de la inteligencia militar de Moscú, que no ha detectado la concentración de miles de efectivos y equipos ucranianos en su frontera sur-occidental. En tiempos de guerra y conservando Rusia la condición de superpotencia militar, resulta inadmisible que semejante movimiento de tropas enemigas no haya sido advertido.
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El otro dato que también llama la atención es la falta de contundencia rusa para no lograr que las fuerzas ucranianas capitularan o se retiraran, pues hay que considerar que casi siempre es un riesgo para una fuerza que invade un país la posibilidad de quedar rodeada y aislada. El gran experto francés Andre Beaufre siempre advertía precisamente sobre los peligros que afronta una fuerza expedicionaria dentro de un territorio ajeno y hostil.
El tercer dato está relacionado con la decisión de Kiev de llevar adelante la operación. La periodista especializada Nataliya Gumenyuk sostiene que la operación Kursk estuvo dirigida no solo a detener los ataques de la artillería rusa sobre su país y complicar a Rusia tomar Járkov, sino que apuntó a sus socios occidentales desde una posición de fuerza.
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Sin embargo, es prácticamente imposible que la operación haya sido tomada sin el consentimiento de Occidente. Hace tiempo que el nivel estratégico de la guerra en Ucrania, es decir, la “confrontación” entre Occidente y Rusia, se volvió cada vez menos latente y más directa. Hoy la guerra es entre Rusia y Ucrania-Occidente, al punto que, si cediera la asistencia atlántico-occidental, las fuerzas rusas avanzarían hacia el centro del territorio ucraniano.
La “nueva guerra”, esto es, la que tiene lugar no sólo lejos del este y sur del Donbás (más de 500 kilómetros), sino en territorio de Rusia, se fundaría en al menos dos propósitos por parte de Kiev: debilitar la concentración de fuerzas rusas en la “zona de gravedad” de la guerra, para utilizar términos del suizo Antoine-Henri Jomini, pues Ucrania y Occidente saben sobre las dificultades logísticas rusas para movilizar nuevos recursos humanos y militares desde otras partes lejanas de la Federación Rusa; y en segundo lugar, provocar desavenencias dentro de los principales cuerpos del poder ruso, esto es, Consejo de Seguridad, Servicio Federal de Seguridad, Inteligencia Militar y Ministerio de Defensa.
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Estas columnas de poder sobre las que se apoya el presidente Putin no han mostrado fisuras hasta ahora, siendo el levantamiento del jefe de la milicia Wagner en 2023 el mayor desafío que afrontó tal poder.
Hay análisis que nos dicen que la operación Kursk tiene como objetivo alcanzar un posicionamiento más firme por parte de Ucrania ante un posible escenario de cese de fuego e inicio de negociaciones.
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Posiblemente, el propósito de Kiev se base en lo contrario, es decir, obtener una ventaja (riesgosa) que le permita ganar tiempo hasta recibir las (y si es posible mayores) capacidades de Occidente, particularmente los aviones estadounidenses cazas F 16, un sistema de armas que podría mejorar sensiblemente la capacidad de defensa ucraniana frente a los drones y misiles rusos, aunque, como advierte el brigadier argentino Ángel Rojo, enfrentarán la superioridad de los S-35 y S-57 rusos (de cuarta y quinta generación respectivamente).
La búsqueda de ganancias geopolíticas y mejora de posicionamiento también podría estar relacionada con el curso político en Estados Unidos, el primus Inter pares de la OTAN, pues un eventual regreso de los republicanos al poder podría dejar a Ucrania con el apoyo militar únicamente de Europa.
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Entretanto, la “vieja guerra”, es decir, la que tiene lugar en el este y sur de Ucrania, sigue su curso, logrando las fuerzas rusas muy graduales avances territoriales desde las “Nuevas Regiones”, esto es, las provincias ucranianas incorporadas unilateralmente a la Federación Rusa.
En la “vieja guerra” continúan muriendo eslavos, Ucrania se parece cada vez más a un “Estado colapsado”, su población ha disminuido significativamente y la diplomacia (sobre todo de la “potencia institucional” europea) permanece prácticamente ausente o muy limitada.
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Finalmente, el escenario siempre inquietante relativo con la escalada militar, pues, si como reza su doctrina militar sus fuerzas convencionales se hallaran en peligro ante fuerzas contrarias apoyadas por una potencia o alianza de países, Rusia podría recurrir al dispositivo atómico “limitado”.
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