
En este Mundial de fútbol, los países compiten sin agredirse, bajo normas comunes aceptadas por todos. Si bien no participan todas las naciones, millones de personas observan los partidos simultáneamente. Hay ganadores y perdedores, pero solo en términos deportivos, y emerge una percepción humana de comunidad integrada. En este caso, a través del arte y la convivencia, en el tiempo y el espacio, y sin fronteras aparentes.
Dentro de este gran espectáculo hay un sentido profundo que merece ser rescatado: la aceptación de una competencia compartida bajo el respeto de reglas comunes. Pero este Mundial tiene, además, un ingrediente adicional, nada menor. Existe un jugador icónico que borra, literalmente, muchas de las barreras —ya superfluas— que fragmentan al mundo. Es Messi: argentino de origen, pero devenido en símbolo mundial y en un “10″ en más de un sentido.
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No se trata simplemente de su destreza deportiva, sino también de su integridad personal. Se asume que esos valores son tan o más convocantes que su maestría futbolística, aunque ambos aspectos resulten inseparables. A pesar de su ingente patrimonio, mantiene su escala humana y familiar en lo más alto. No se exhibe como un superior, pero representa un sentido de dignidad apreciado en todas partes.
Dentro de este gran espectáculo hay un sentido profundo que merece ser rescatado: la aceptación de una competencia compartida bajo el respeto de reglas comunes
Cuando millones de personas diferentes reconocen en un mismo individuo virtudes como la humildad, la perseverancia, el talento o la integridad, emerge una adhesión simbólica que trasciende las divisiones políticas. En Bangladesh, por ejemplo, existen casi el doble de simpatizantes de la selección argentina que habitantes tiene la propia Argentina.
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Observamos así una sincronía glocal difícil de encontrar en otros ámbitos. En este proceso se difuminan fronteras, soberanías e ideologías, inaugurando una suerte de idioma común, sin atisbos de guerras ni amenazas, asentado sobre valores universalmente reconocibles.
El esperanto pretendía ser un lenguaje universal capaz de facilitar el encuentro entre los pueblos. El fútbol, sin proponérselo, logra algo similar: culturas, lenguas, religiones e historias diferentes comprenden lo que sucede en un mismo lugar del mundo, en tiempo real.
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El esperanto pretendía ser un lenguaje universal capaz de facilitar el encuentro entre los pueblos. El fútbol, sin proponérselo, logra algo similar
Este evento no elimina los conflictos ni las desigualdades que atraviesan a la humanidad. Sin embargo, ofrece una imagen posible de la condición humana: una pluralidad de identidades que compiten sin destruirse, que se reconocen mutuamente y que aceptan reglas comunes.
Vale imaginar, en estos días, cómo el arte y el deporte pueden rescatar esperanzas, sentido de futuro y una utopía posible: que la diversidad humana puede articularse en una comunidad interdependiente, donde las pertenencias y las distintas escalas se complementan dentro de una misma casa común.
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El autor es ingeniero agrónomo. Participa de la Cátedra Unesco (UNAM) y del Centro de estudios del sudoeste bonaerense (Cesob, Bahía Blanca)
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