
La escuela está preparada para enseñar a los buenos estudiantes, aquellos que siguen el ritmo de lo que la institución planifica. Y quienes no pueden hacerlo, tendrán que buscar otras alternativas, ya sea dentro o fuera del aula.
En su libro “Mal de escuela”, Daniel Pennac, un docente francés, habla de la institución escolar desde el punto de vista del mal alumno, esos chicos que tienen sed de aprendizaje, pero llevan consigo el dolor de ser mal estudiante, a quienes llama “zoquetes”. El zoquete es aquel que siente angustia en el aula por no aprender, aquel que no puede cumplir las expectativas esperadas, quien fracasa en las evaluaciones.
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Lo interesante del libro mencionado es que el pensador cuenta su propia biografía escolar y cuánto dolor y daños colaterales le implicó no comprender. Él mismo se creía nulo, incapaz de memorizar o aprender un idioma, hechos que no compensaba destacándose en un deporte o siendo bueno en música. Hasta notaba que su perro podía hacer razonamientos sencillos y aprender más rápido que él cuando le enseñaban a no sentarse en el sillón.
A esta nulidad para los aprendizajes no le encontraba razón sociológica ya que pertenecía a una familia normal, contaba con una casa con biblioteca y con un entorno cultural acorde con la escuela.
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A su vez, como mal alumno, explicaba cómo se sentía él y seguramente todo niño que no progresa, con una sensación de desecho, de basurero. Afirmaba que nada es más impermeable que el pesar.

En ese sentido, en el transcurrir de no aprender, algunos chicos se convencen de que son “zoquetes” y en su recorrido escolar no encuentran a nadie que los desengañe. Señala Pennac que cuando no se comprende, el alumno se deshace, se desintegra en ese tiempo que no pasa y acaba hecho polvo y el menor soplo lo disemina. Y remarca que en esta sociedad el joven que no aprende queda atrapado en la nulidad y se convierte en una presa.
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Y lejos de buscar culpables; es decir, indagar quién fue que no le enseñó o quién es el responsable que no comprenda lo que lee, es necesario remediar. Es decir, se necesita de maestros y profesores que habiten la clase, que habiliten la palabra, que ayuden a ese niño o niña a quitar la pesadumbre, el miedo, el enojo o los deseos insatisfechos para dar lugar a una mirada de adulto referente para alivianar un poco esa alma. Se requiere conocer la historia detrás de esa personita que no entiende de lo que hablamos en clase.
Ya está claro que no se es mal alumno por falta de inteligencia, sino por múltiples causas que los van convirtiendo en lo que Pennac llama zoquetes, en niños incapaces de cumplir con lo que el sistema estable. Por lo tanto, en la escuela debería haber tiempo para mirarlos, para que los más chiquitos confíen en su maestra y los ayude para que el futuro no sea una condena. Y, a partir de allí, la enseñanza y el aprendizaje fluirán en aulas donde docentes y alumnos encuentren el bienestar.
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