
Las elecciones, para quienes nos interesa el manejo del estado, son como la final de la Copa Libertadores o el Super Bowl (en los EEUU) o, para generaciones más jóvenes, la final del Campeonato Mundial de League of Legends. Uno espera con ansias los resultados; luego, con los primeros números, aparecen los asombros; y, finalmente, con toda la información en la pantalla, llegan las cavilaciones acerca de lo ocurrido.
El resultado obtenido por Javier Milei entiendo se explica con toda claridad cuando nos detenemos a mirar el mapa de la Argentina que cuenta con los colores que indican quién ganó en cada provincia. Milei se impuso en 16, de las 24 jurisdicciones que integran la Argentina.
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Alguien podría decir que las personas que habitan esas jurisdicciones están en contra del acceso a la educación y salud gratuita y a favor de la venta de órganos y el acceso irrestricto a las armas de fuego. Ciertamente no lo creo así. Tampoco me parece pretendan “acabar”, aprovechando el verbo al que acude Milei, con sus políticos y políticas.
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Córdoba, Neuquén, Jujuy, para nombrar sólo algunas provincias, son una prueba acabada de ello. Son jurisdicciones donde al candidato de la Libertad Avanza le fue muy mal, consagrándose opciones con clara representación local y con poca o nula a nivel federal. Es decir, los y las provincianas cuando tienen que elegir una persona que dirija los destinos de su jurisdicción eligen a quien sienten que los y las representa.
Sin embargo hace rato que no encuentran esa representación a nivel nacional; y tienen razón. Todas las personas que han sido elegidas para ejercer la presidencia desde el año 1999 en adelante han gobernado teniendo en miras al AMBA, o el AMBA y un poquito más de la provincia de Buenos Aires. Han gobernado con un claro centralismo de caja, y sin ninguna intención de fomentar y fortalecer el sistema federal adoptado para nuestro país. Vayamos a los datos. De los cuatro Jefes de Gobierno electos para ejercer ese cargo que ha habido en la CABA, dos llegaron a ser presidentes, uno a precandidato y el otro fue removido por juicio político, o sea, no tuvo ocasión de intentarlo.
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Alguien me podría decir que Néstor Kirchner venía de gobernar una provincia patagónica. Eso es indudable, pero no convierte a su gobierno en uno que hubiera tenido por objeto fortalecer el federalismo, ni ello ocurrió. Se ocupó de fortalecer su representatividad en la Provincia de Buenos Aires.

Incluso dos años después de haber dejado la presidencia, en el 2009, se presentó a candidato a diputado por esa provincia. Había decidido representar los intereses de los bonaerenses, no los de los santacruceños y santacruceñas. Una decisión similar tomó Cristina Fernández. Dos años después de haber terminado su último mandato, se presentó como candidata a senadora de la Provincia de Buenos Aires, o sea, decidió representar los intereses de la Provincia que la vio nacer, Buenos Aires.
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Ninguna de todas esas personas se ocupó de seriamente de los problemas federales que acucian a la Argentina. Por ejemplo, nadie se preocupó por promover la sanción de una nueva ley de coparticipación que cumpla con la manda Constitucional. Se mantiene la ley sancionada en 1988, cuyo reparto de recursos no observa ningún parámetro objetivo de distribución, y cuyo texto no contempla, entre otros, la sanción por parte de las provincias, por ejemplo, de impuestos ambientales destinados a atender compromisos internacionales.
Todas las personas que ejercieron la presidencia desde 1999 en adelante prefirieron distribuir recursos, vías ATN u obra pública, entre correligionarios o aliados o como un modo de negociación política. Centralismo de caja.
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En ese contexto, el voto a Milei desde las provincias no es más que un grito pelado en defensa del federalismo. “Acabar con la casta” no significa un “que se vayan todos” al estilo 2001. Encarna el enojo que hay con el destrato que el gobierno nacional le dispensa al resto del país. La “casta” son las personas que no encarnan una visión federal de gobierno nacional.
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Somos el octavo país en extensión en el mundo y el federalismo se ha mostrado como la herramienta más eficiente de gobierno. Basta con mirar a los EEUU, Alemania, o la misma Unión Europea para caer en la cuenta de ello.
Quedan 70 días para las elecciones generales. Es un tiempo más que suficiente para escuchar el legítimo reclamo, y atenderlo, no mediante la declamación de intenciones, cosa muy habitual, sino con la convicción de que es el único modo de poder pensar y construir un país en serio.
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